domingo, 27 de mayo de 2012

Hablar de Foucault con tu vecina rubia. Jugar a Bwin en la liga indonesia, y tantas otras movidas tras una noche de merca

Los años pasan y los usos y costumbres también. Hace menos de una década la gente era capaz de hablar del mismo tema de conversación durante más de 10 minutos. Pero claro, apareció whatsapp y todo se volvió como más difuso y aburrido. Hace tres años, cuando me drogaba de Speed el aterrizaje era otro que el de ahora. Cuando llegaba a casa, a eso de las 12 de la mañana, visitaba a mi vecina rubia y hablábamos de Foucault un rato y luego sacaba la zambomba y ella le sacaba brillo mientras mis pupilas y mi respiración seguían en Pekín, sumergidas en un bazar de tecnología pirata. Luego regresaba a mi apartamento en el Born y subía al tejado a leer manuscritos escritos por mí mismo y gritaba en voz alta: JOOOODER, este tío sí que VALE. Lo publicaremos para la campaña de navidades y junto con el libro regalaremos un recetario de platos veganos. Cuando estaba ya deshidratado por el sol inclemente y aburrido de decidir publicar TODOS mis manuscritos (algunos de página y media a doble espacio) bajaba a mi casa y me conectaba en chats de perracas y estaba machacándome el prepucio hasta las cuatro de la tarde. Luego me quedaba sobado escuchando Digitalism y me levantaba en otra vida. 

Hablar de Foucault con tu vecina rubia.
Ya nada es igual, para bien o para mal. Ahora el Speed me produce una eclosión de maravillosos efectos responsables. Lo primero que hago al llegar a casa es poner incienso y pensar en Berghain. Limpio la cocina con quitagrasas y luego friego los platos, de dos en dos, y bebo un zumo de naranja y también limpio el vaso del zumo. Luego paso el aspirador, especialmente dentro de los ceniceros. Sería más fácil vaciarlos en la basura, pero es mucho más divertido ver una máquina esnifando ceniza. Luego hago una reunión de agentes literarios con mis peluches, conseguidos en ferias de gitanos de manera honesta. 

Este agente literario siempre confía en mí y me ayuda  a limpiar el inodoro.
Terminada la reunión, todos contentos por mi porvenir literario, preparo una "Ruta de los Campeones". Esta tierna ruta consiste en pasear victorioso por todos los baretos del Raval, especialmente los que no cumplen con las condiciones de salubridad, saludando a los clientes, especialmente los carajilleros en el paro, y repartiendo folletos con el busto de Stalin. 
Con esto ya dan las seis de la tarde, momento en el cual toca jugar un poco a la PS Vita por Internet e insultar a todos mis contrincantes con blasfemias quijotescas.
A eso de las siete friego el suelo con la fregona, pensando en el Club der Visionäire. Y bebo un par de litros de cerveza, cuyos vasos limpio a los pocos minutos. Luego me ducho con jabón de Té verde.

Me conecto a mi blog y entonces escribo poemas como los que escribía con doce años, cosas así:

Vaya berzas tiene
mi profe amargada por
un marido con el pene prematuramente
fláccido. 

Los mando a concursos literarios de ambición nacional y luego juego a Bwin en la liga Indonesia.

Hecho todo esto, leo. Leo unas cuatro horas seguidas a Stewart Home, la biografía de Steve Jobs y veo un capítulo de Dexter en alemán.

Para bien o para mal, el día siguiente siempre es soleado.


viernes, 25 de mayo de 2012

Aldous Huxley y una performance Valium en gallumbos



He tomado unas cervezas a la fresca en una galería, charlando con un colega y un tipo argentino que vino a España en 1976, perseguido a muerte en la chunguísima Argentina de la época. La birra se ha multiplicado por cuatro y luego hemos hablado de libros y hemos comentado las últimas novedades y el colega me ha dicho que desde que toma Valiums está on fire, ya no le preocupa la pasta ni nada por el estilo. Así que llamamos a Aldous Huxley, previo contacto por Whatsapp.


-Qué pasa Al. Aquí, petándolo antes de hora, ya sabes.
-Joder, mozo, hacía tiempo que no te veía lo suficientemente colocado como para que me pegaras un toque-responde Al mientras escucho a alguien esnifar por el auricular.
-Espera, viejete, que pongo el altavoz y montamos una performance.
-De puta madre, Vanity. 

Abrimos la puerta corredera de la galería al máximo y me quito los pantalones. Conectamos la salida de audio del móvil con el soundystem de la sala.

-Ya puedes hablar, Al.
-Me interesa la verdad. Amo la ciencia. Pero la verdad es una amenaza, y la ciencia un peligro público. Tan peligroso como benéfico ha sido. Nos ha proporcionado el equilibrio más estable de la historia. El equilibrio de China fue ridículamente inseguro en comparación con el nuestro; ni siquiera el de los antiguos matriarcados fue tan firme como el nuestro. Gracias, repito, a la ciencia. Pero no podemos permitir que la ciencia destruya su propia obra. Por esto limitamos tan escrupulosamente el alcance de sus investigaciones; por esto estuve a punto de ser enviado a una isla. Sólo le permitimos tratar de los problemas más inmediatos del momento. Todas las demás investigaciones son condenadas a morir en ciernes. Es curioso -prosiguió tras breve pausa- leer lo que la gente que vivía en los tiempos de Nuestro Ford escribía acerca del progreso científico. Al parecer, creían que se podía permitir que siguiera desarrollándose indefinidamente, sin tener en cuenta nada más. El conocimiento era el bien supremo, la verdad el máximo valor; todo lo demás era secundario y subordinado. Cierto que las ideas ya empezaban a cambiar aun entonces.

-VIEJO AL. NO PUEDES SEGUIR VIVIENDO DEL PUTO MUNDO FELIZ. No nos leas un fragmento ahora, joder.
-Lo siento...espera, que me hago una clencha en las nalgas de esta chica negra tan mona.
-OK.

Aldous Huxley se entrega en las perfomances de sus amigos.


Al vuelve al rato. Mi colega charla con dos guiris interesadas en la galería.

-Bueeeeno, sí, luego, sobre las nueve, cerramos y hacemos una copita para comentar la jugada y ver las obras con más....detalle -y zamba su mirada en el escote de la más delgada.

Vuelve Al.

-Vanity, ¿Alguien me escucha?
-Sí, nosotros y dos guiris. Háblandos del Valium. Queremos una performance sobre el Valium. Yo bailaré en gallumbos como si se tratara de un espectáculo de la danza del Valium.

Y Al, entusiasmado por la movida, lo da todo:

Vale, Valium, no sé si tomarte de dos en dos 
trocearte como un puré e invitarte a mi
                                                             rave nasal.

Conocerte junto al polvo colombiano me ha hecho
un hombre mucho más presentable para los tiempos que
                                                                                        vomitan encima de nosotros.

-Vanity, ya no sé qué más decir.
-Nada, te ha quedado genial. Ya puedes seguir con el culo de tu amiga negra.
-No es mi amiga. Es mi sobrina.
-Estás on fire, como siempre.

viernes, 18 de mayo de 2012

Nueve horas en Berghain. El infierno paradisíaco del techno on fire


Es el Dj residente.
El impacto del sello con forma de mano abierta en el antebrazo sacude mi sangre blanquecina.  La tinta se expande por el brazo. Respiro hondo, miro al techo y, al fondo, la oscuridad se presenta dándome la espalda. Un segurata de dos metros me cachea y me recuerda que está prohibidísimo sacar la cámara. La memoria, por muy dañada que entre, es la única garante de lo que ocurre aquí dentro.  Si algo define este lugar es que nadie está por historias. Nada de fotos, ni de mamoneos, hay que dejar que los cuartos oscuros y las celdas metálicas funcionen a su ritmo imparable e imbatible.

El sello me acredita honrosamente para poder estar, si se tercia, de viernes a lunes en el epicentro de la cultura techno más importante de la Historia; el infierno hecho música y el placer liberado y desbocado y sin tregua. Habitar en las catacumbas de la libertad más trash que uno pueda llegar a imaginar: esto es Berghain, Berlín. Sí, hablando en plata, el club abre durante 72 horas sin descanso . Ríete de discotecas alrededor del mundo, de raves en la montaña, de fiestas molonas en casa de amigos. Todo se vuelve un gran FAIL cuando comienzas a caminar por las angulosas salas de la central eléctrica reconvertida en el infierno, de decenas de metros de altura, con suelos de hormigón y columnas que se pierden machacadas por el humo y el sudor. La cúspide de la electrónica, un icono insuperable. Pero ya, entremos de una vez.

Son las 5 a.m del sábado, hora decente para entrar, después de una serena y paciente cola de hora y media. He fumado tres cigarros y el aire sabe a azufre. Desde el exterior del complejo se iluminan, difusos, los ventanales rectangulares de Panorama-Bar, en la segunda planta. Es la sala de arriba, la del acid house y el deep techno, en la que todo es posible. Durante la espera en la cola, tíos vestidos con faldas de cuero y con gafas de aviador y sombrero de paja. Hacemos apuestas sobre los futuros rejected. En Berlín, o en el mundo, existen dos tipos de personas. Las que entran en Berghain y las que son expulsadas al segundo, las que nunca podrán entrar, hagan lo que hagan. Está en los genes de cada uno el ser admitido en Berghain, el club con más estricta política de entrada. En cuestión de dos segundos, con un seco gesto y un dedo índice señalando la nada, te quedas en la calle. Porque en la puerta está Dios. El portero oficial, el que se ocupa del purgatorio; tiene la cara tatuada y una edad indefinida de más allá de cuarenta años. Es como tres armarios del siglo XVIII y posee una mirada capaz de revolver tus entrañas sin pestañear. Tiene un secuaz que interpreta su mirada, y ellos deciden si estás preparado para vivir dentro o mejor te vayas a cualquier otro club de segunda. 

Todos los clubs son de segunda ante Berghain

-Esto ha sido el paraíso de los rejected-comenta Dominik rebuscando su merca en su bolsillo del pantalón militar. Esperaremos un poco para ir al baño. Vayamos a la sala grande. Verás.

Levanto la vista, estamos en una sala de paso, con unas escaleras metálicas que llevan directamente a la pista de technobaile. En la misma sala, a lo lejos, un seguido de bancos de cemento se pierden hacia una de las zonas oscuras cuyo acceso puede terminar en un rodeo de gayers en gallumbos dándolo todo. Gallumbos, tatuajes infinitos y cuero. Hay humo a mi alrededor, y sí, unas cervezas medio llenas indican que hay gente trabajando sus anos al final del laberinto. Pasemos de largo, mejor.

Al llegar arriba, el pecho es lo primero que vibra. Luego, las neuronas revientan y paso a procesar inconexamente los cientos de inputs random que recibo como balazos lanzados por un francotirador licenciado en blackouts. Los altavoces bordean y custodian cada ángulo del espacio. Caras largas, barbas de meses, bailes tribales, movimientos ácidos y camisetas chorreando. El techno que suena no deja respirar, es omnipresente y no me lo quitaré de encima a lo largo de semanas, quizá nunca. Y eso es una buena noticia. Es un techno pensado exclusivamente para este lugar, como que las novelas de Bret Easton Ellis no saben igual si no vives en Los Ángeles. La fiesta aquí se confunde con una penitencia catártica. Un estado superior de la concepción de la existencia.

-Zwei Bier.

Lo primero que hacemos Dominik y yo es hidratarnos con birras de medio litro. Las clenchas del hotel nos han sentado de maravilla, pero aquí toda droga es poca. Los altavoces petan tanto como Leghman Brothers. Hay tantos pivones como días tiene un año, y eso por metro cuadrado. Pero Dominik hace la pregunta clave.

-Mira estos treinta tíos cachas en gallumbos y cueros atados en el pecho. Ese de ahí es un Skin Gay. ¿Qué hacen durante el resto del día?
-Supongo que siguen petándose el culo con fervor, sin descanso- y siento un profundo respeto por los huevos que tienen, nunca mejor dicho. Son unos osos cariñosos en modo psycho. Y, además, juegan en casa, ya que Berghain es, ante todo, un club gay. Me gustaría ver a los panolis hulais del Arena de Barcelona mezclándose con esta fauna, su recto no duraría ni dos minutos. PAM. Por suerte, la fiesta gayer viene a ser un 30% del total de la gente, colectivo con el que nuestra afinidad es más, digamos, natural.

Delante del baño hay unas sillas. Me siento y una chica negra me saluda desde el otro lado. Me pide fuego, se lo doy. Me siento a su lado y se queda dormida en mi regazo. Tiene las pupilas blancas y tiene estertores. A otra cosa vamos. Entramos en Panorama Bar. Son las siete de la mañana. Una chica espera a nada ni nadie de pie, con falda y mirada perdida. Puede ser una dealer, o una chica que viene aquí cada fin de semana y se pasa veinte horas de pie sin hacer nada, ni bailar. Una adicta al infierno berlinés. No me sorprendería.

Un travolo baila enseñando media teta on fire. Y luego los alemanes más aguerridos se plantan delante del DJ con las mandíbulas rollo 11S. Las alemanas se contienen. Bailan, sonríen a medias. Rubias y morenas gozan de un techno con una elegancia que pocas españolas podrian siquiera paladear.


Momento baño

En el baño no hay separación entre tíos y tías. Lo consabido es que entrar mezclado no es para nada un problema de intimidad. Todo lo contrario, de esta manera se puede follar más y mejor, y las drogas no pasan por tantas manos.

Dominik prepara unas clenchas en su pantalla del iPhone4. Mi nariz reluce al barrer el polvo por esta mierda táctil tan multitask que ninguna app puede igualar este nuevo uso Berghain. El club no tiene ningún espejo. Otra decisión sabia, puesto que no debería ser legal mirarse al espejo cuando llevas 15 horas de fiesta. Grupos de cuatro personas salen del baño y entran otras tantas. De dos en dos, tres en tres. Este es el flow. Este es el rollo. Le prometo a Dominik que la próxima vez no entraremos solos.

Regresamos a la sala 1, pero la contemplamos desde las alturas, desde arriba de las escaleras que conectan con Panorama. Lo que veo me retuerce la mente, la potencia visual de los lásers rojos y el humo y los contoneos y los bajos de un indescrifrable e inclemente techno me aceleran. Será la coca, será Berghain.

Al mirar el reloj, veo que son las diez de la mañana. Llevamos dos horas sin hablarnos, únicamente bailando Acid. Sin previo aviso las persianas que dan a la calle, las de los ventanales gigantes, se abren y explotan y entra la luz directa del exterior y esto me provoca cierto delirio que soluciono pidiendo la quinta birra y gritando y arañando una columna vertebral. Dos chicas me saludan. Muy afectuosamente .

Van de M y están on fire

Inglesas. Mañana siguen al Club der Visionäire al que, of course, nosotros también iremos. Hablamos de Berlín y una de ellas lleva un vestido de topos que parece que me buscan.
Nos situamos en la parte de la barra con Dominik y una alemana morena con los labios pintados de rojo, muy delgada y seria y me está mirando como pidiendo que le diga -Hola morena con los labios pintados de rojo y muy delgada qué tal están tus Berzains esta noche.

Así que la saludo y le digo que soy de BCN y me presenta a su amiga española que va dobladísima y tiene una barriga algo chunga. Así que esta se la endosaremos a Dominik que tiene otro concepto de las mujeres, más generoso, digamos.

-¿De qué váis? -Pienso que me está vacilando. Pero no, aquí es una pregunta habitual preguntar de qué va colocado cada uno.
-Coca.
-Nosotras de M. Y me apetecería mucho algo de coca.

Hablo con Dominik y gestionamos el trato. Lo prometido es deuda, ya nunca más iremos solos al baño de Berghain.

La alemana saca su mini embudo de plástico lleno de piedras de M y chupamos uno a uno apretujados en el baño. Luego Dominik saca su iPhone4 y hace lo propio con nuestra merca. La alemana esnifa a la perfección, con una rigidez y potencia admirable. La felicito. Y luego la patosa de la española hace lo que puede y luego se pone a mear mientras nosotros seguimos dentro. Me ha preguntado ya cuatro veces las mismas cosas. Es la coñazo del grupo pero Dominik parece encantado con ella. No hay churris feas sino drogas de menos.

El techno subsiste en Panorama, ya son las 12 de la mañana y nos hemos perdido todos. Doy una vuelta por las celdas que quedan detrás de Panorama y qué a gusto se queda uno viendo a dos tías pegarse el lote como si les fuera la vida. Nos encontramos los cuatro de nuevo. La tensión sexual con la morena alemana aumenta, y su mirada de psicópata social me fascina. Es seria, elegante, lo controla todo, todo el rato. Es headhunter. Caza talentos por el mundo para las mejores empresas.

A la una del medio día salimos al jardín.

Techno Garden Berghain

Ahí, a esa buena hora para cambiar de aires, comienza otra fiesta en la que pincha Monika Kruse. Otra perla del techno oldschool. El impacto con el sol directo es criminal. Mis ojos no están preparados para tal paliza. Me dejo caer en el césped y respiro hondo y mi cabeza da vueltas y veo a la alemana secándome el sudor con un pañuelo de seda que ha sacado de su bolso. Dominik ha desaparecido de nuevo con la española. Momento de silencio entre la headhunter y yo. Llega Dominik con la bragueta bajada y una propuesta sensata.

-Vamos a intentar dormir unas tres horas para luego llegar bien al otro club del canal.
-De acuerdo-respondo incorporándome al mismo tiempo que Monika comienza su show.

Hemos estado 9 horas en Berghain seguidas. Entonces recuerdo que hemos pasado por el baño muchas más veces. De dos en dos y de tres en tres o algo así. Nos despedimos de nuestras amigas.

-Qué sea en Berghain donde nos volvamos a encontrar.
-Qué Berghain vaya con vosotros.

lunes, 14 de mayo de 2012

Todavía es posible

Y aquellos años en que nada importaba más que tú y tu merca y tus amigos y tus borracheras y las churris 
y dormías en cualquier lugar y nunca escuchabas. Lanzabas a trompicones tus movidas por todas partes y rara vez soñabas con algo que no fuera posible. 
Pastabas por la vida como si hubiera algo realmente esperando. Y te reías de cada error como si ello fuera una especie de premio que justificaba tu derrota anticipada. 


Te sabías el estribillo de tu propia soledad y gozabas lamiendo el rechazo. 


Tenías una erección con la ignorancia y todo sabía a 
carne cruda.


Lo sabes. Sí sabes, en según qué amanecer, que todavía es posible seguir ahí.

sábado, 12 de mayo de 2012

Stereo



Hoy me he levantado pensando en Google+ y en el dinero invertido en esta "fake social" que bien podría haber servido para producir tomates biológicos y amenizar las ensaladas de las oficinas de Silicon Valley. El valle de la silicona es un concepto de tunning corporal que se merece todos mis respetos. Con lo bodrios que son los informáticos algún secreto tenían que tener, a saber, les encantan las berzas operadas. El secreto de su creatividad pasa por una 120.

Y ayer me acosté pensando el verano que llega y cómo sobrevivir a él. Es una pregunta sin respuesta, pero me temo que desde la velada con barra libre de ayer hasta septiembre dormir será una tarea simbólica. Las fiestas se suceden, y eso que en BCN vamos de horarios amateur:

-No puedes salir con la birra a la calle.
-A ver, mozo, segurata sobrio, estamos saliendo de esta puta fábrica de birra gratis, después de escuchar a The Pinker Tones y ponernos hasta el culo de doble malta. ¿Y me dices que no puedo salir con este vasito de plástico?
-No.
-¿Conoces Berghain?
-No.

Me he pasado todo el concierto de Pinker mandando Tweets esquizo a la pantalla gigante.

Chorbas molonas soy el chico que lleva peluca rosa en la fiesta.
¿Alguien sabe dónde está el baño?
Los Pinkers son a la electrónica lo que Keynes a las crisis en tanga.

Cosas así, como frescas, para amenizar la velada y sudar cerveza. He comido gratis, también.

Los Pinkers son gente maja, que saben lo que se traen entre manos, y no como un banco, por ejemplo. Los bancos ya no saben qué se traen entre manos. Mis reservas de tabaco han terminado. Y eso me indica que a) debería comer ya y b) decir a Google que dejen ya de dar el coñazo con Google+ y se pongan de una vez con el tabaco natural. Y las 120.



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