viernes, 11 de abril de 2014

La noche en que Paul Kalkbrenner, Ellen Allien y Sascha Funke convirtieron sus firmas en tatuajes con Happy Face en mi espalda


La nostalgia en dosis moderadas es interesante. Rememorar gestas que solo puede disfrutar el que las ha vivido es un poco rancio. Pero algo se puede tolerar si la ocasión está justificada, o pretende estarlo. Ese día eramos unos 1.000 bailando en Nitsa. 2007. Cuando se podía fumar, el aforo se petaba al máximo, hacía calorazo, la cola no tenía cintas en el exterior ni 20 seguratas por metro cuadrado. Y, los precios, eran incluso asequibles. Además, era también Abril. Hará ahora, pues siete años.

Mi estrategia groupie entregado fue sencilla y altamente efectiva, quizás porque al estar poco considerada en el mundo de la electrónica resultaba más fácil manejar el asunto. En la parte trasera de mi armario he encontrado, tras años de pensar puntualmente en ella, la camiseta firmada por Ellen Allien, Sascha Funcke y Paul Kalkbrenner. La misma noche, uno detrás de otro, estamparon el rotulador que yo llevaba preparado previamente en el bolsillo y en una camiseta gris sencilla que sabía que iba marcarse bien.

Paul, por aquellos tiempos, no es que no fuese conocido, es que sencillamente a la gente se la sudaba. Era Ellen Allien 100%. Recuerdo a la gente confundiendo a Sascha con Paul, o viceversa, y mirándome raro al verme pegando saltos y chillando sus nombres con dicción casi correcta. El primer en pinchar fue Sascha Funke. Fue, por lo tanto, el primero en firmar.

Me situé en un lateral del escenario y a grito pelao le llamé cuando estaba cerrando la sesión. Sonrió, vino e hizo en mi pecho el garabato más extraño de los tres. Con Paul fue algo parecido. Pacientemente, como el monje Zen que llama durante meses a la puerta del templo hasta que dejan que entre, bailé a mi rollo durante toda la sesión y, cuando Kalkbrenner cerró el chiringuito, se acercó y estuvimos comentando la jugada. Le dije que tenía un vinilo suyo. Se puso contento. Pee a tener el peor nombre, firmó con bastante precisión. 7 años después sigue leyéndose el trazo de este Dj incombustible que tan bien coquetea con el famoseo sin dejarse llevar (del todo). Recuerdo, ya en la salida, Paul caminando con aspecto cansando hacia un taxi, diciéndome que durante el Sónar volverían a Barcelona y que posiblemente pincharían en la playa. Sí, en 2007 todavía podían pinchar en modo chiringuito oldschool sin 200 controles de todo tipo y más.

Las firmas algo desgastadas de Paul Kalkbrenner y el señor Sascha Funke.

Sobra decir que Ellen Allien era la musa de mis delirios electrónicos. Me encantaba verla pinchar y bailar. Como ponía cara seria pero sonreía en cualquier momento y saludaba al personal. Pese a ser delgada como el grosor de un vinilo, imponía respeto a su alrededor. Será aquello que algunas personas célebres poseen, el aura de fuckers. Por aquel entonces bPitch Control estaba que echaba humo, repartiendo junto a Cocoon el lado más colorido del miminal. Y Ellen Allien se salía, todo el rato.

Abren las luces y la euforia se va liberando con tonos rojizos que emergen de las luces que rodean la pista de baile.

—¡Ellen! ¡Elleeeeeeeeen!

Me mira, sorprendida por el griterío. Desde donde se encuentra soy incapaz de decirle que me firme la camiseta. Mi voz se pierde por entre el gentío ebrio. Saco mi rotulador, se lo muestro, la miro a los ojos y hago el gesto de garabatear el aire. Entiendo —cómo no— y se acerca y la gente que ya se iba se gira al verla tan cerca. Me mira el pecho y pone cara de disgusto. La parte frontal de la camiseta la han copado sus dos colegas, con lo que Ellen me agarra de los hombros y me gira, poniéndome de espaldas a ella y mirando a la peña marchándose a por una vida mejor.



Ellen me firmó esto, justo antes de que un tropel de manos intentasen agarrar el rotulador mío para que les firmase cualquier cosa que llevasen encima. Su nombre, con letra de niña pequeña, y un happy face

Al encontrar la bolsa con esta camiseta he viajado exactamente a la emoción que sentí al salir de Nitsa garabateado por mis ídolos. Con el sudor todavía en la frente, el corazón acelerado, una media sonrisa y sin ninguna prisa por llegar a casa. Noto, justo ahora, un leve cosquilleo en la espalda. Me pregunto si, en vez de una firma, Ellen prefirió hacerme un tatuaje.





sábado, 5 de abril de 2014

Un poco más huérfanos

He pasado la semana arrastrándome por casa. Durmiendo más horas de las que tiene el día. Sin fumar. Y para que yo no fume algo grave tiene que estar pasando. Hoy ya sale el sol en Barcelona, vuelven los escotes y los guiris son, un año más, los amos de la ciudad. Me encuentro mejor físicamente, hasta el punto de que he podido pelear una vez más contra el espejo. Me duele la nuca. Pero sigo triste. Esta semana ha sido triste y dolorosa para todos. Hemos perdido a una madre, me atrevería a decir que generacional. Porque todos la conocíamos y todos la queríamos y todos la seguíamos. No pude conocerla en persona, cosa que me reprocharé la vida entera. De algún modo, saber que varios libros que he recibido en los últimos años ella los había tocado, y había decidido que eran para mí, me hace sentir afortunado, querido, pensado. Y yo la pienso a ella, muy fuerte, desde mi fuero interno y con aquellos con los que me siento cómplice de nuestra maltrecha supervivencia. Y esto, y tantas otra cosas que he aprendido desde la distancia, no se olvidan. Más bien todo lo contrario, se reivindican, y nos acompañarán, a mí y a toda una generación de huérfanos. Ya solo nos queda admirar la belleza de la Luna. Cada noche posa sobre los descarriados una mirada tranquilizadora y con futuro. Lágrimas fuera, es nuestra obligación seguir o hacer ver que lo hacemos.

Despido este breve post con una ráfaga electrónica. La música, ese invento de locos que siempre nos queda, incluso tras la derrota.




viernes, 4 de abril de 2014

«Planteo mi música como una narración. Me encantan los cambios de estado dramáticos» EgoDrôme con Blanali, la sofisticación electrónica personificada



Le conocí primero a él y luego a su música. De hecho, hasta me costó atar cabos. Luego, la asociación entre el talento de Blanali y su savoir faire como persona de bien me pareció indisociable. Con motivo de su último lanzamiento, un EP llamado Breath, comentamos y repasamos algunos de los puntos clave de su trabajo. Conozcan a Blanali, bailen con él y dejen mecer sus tímpanos con sus estructuras electrónicas sofisticadas que narran historias bien urdidas y opuestas al sarao del techno zapatillero o a la música con fórmulas y 0 creatividad.

Vanity: Nos conocimos en una poco animada fiesta hará cosa de un año, en Barcelona, donde pinchaba Michael Mayer. Pese al pasotismo general recuerdo que nosotros lo pasamos bastante bien,
¿qué ha pasado por tu vida en estos últimos meses? ¿Sobrevives en Barcelona?

Blanali: Hace ya un buen tiempo, durante el que han nacido muchos proyectos y hay aún más que están por venir. Sobretodo es momento de repensar mi sonido y la forma de hacer música.

V: Ya son varias las personas que me han hablado, desde distintos sitios, de tu último trabajo, Breath, calificándolo de excelente, visión que yo también comparto (por eso te estoy atosigando a preguntas). ¿Cómo ha sido el proceso de gestación? ¿Has partido de trabajos anteriores tuyos o has querido innovar por completo?

B: Es un trabajo que fue pensado como una unidad. La verdad es que hacía mucho que no tenía la oportunidad de trabajar en algo enteramente mío, ya que durante un par de años estuve más concentrado en remezclar a otros artistas que en sentarme de nuevo a producir material completamente original. Esto ha hecho que durante esta etapa anterior mi sonido y mi manera de producir también haya ido transformando. De ahí que el sonido sea un poco híbrido y refleje diferentes estilos musicales a los que me he acercado.



V: Me llama mucho la atención que, de los dos tracks, Breath es mucho más ambient y suave y, en cambio, The Night, sin ser tampoco muy cañero, parece estar más enfocado a la pista de baile. ¿Los has concebido de forma diferente pensando en cómo y dónde deben ser escuchados?

B: En realidad, aunque fueron creados pensando en momentos diferentes (Breath tuvo un periodo de gestación de mas de 6 meses, y después apareció The Night), ambos fueron concebidos
especialmente para el EP; están pensados para su reproducción uno después del otro, como si fuesen dos momentos diferentes de una historia. Aunque este EP solo cuenta con dos canciones, forma parte de una narración más grande en la que estoy trabajando. En unos meses aparecerá la segunda parte. Del mismo modo, me ocurre algo parecido con el cómo me gusta concebir las sesiones. Los podcast especialmente. Al estar desvinculadas de un contexto de noche se prestan para ser más narrativas. Me encantan esos cambios dramáticos de un estado a otro.

V: Ubicas entre tus referencias a artistas tan dispares como Sonic Youth o Stravinsky. ¿Cómo se construye a través de sus influencias tu propio sonido?

B: La música electrónica llegó a mi inicialmente como un medio y no solamente como un estilo que quería aprender. Sonic Youth y Stravinsky tienen en común el deseo de experimentación y la búsqueda de nuevos caminos sonoros. La música electrónica permite precisamente eso: si sabes hacer las conexiones adecuadas, puedes crear melodías complejas sin utilizar instrumento alguno. 
Cuanto más pasan los años más creo en que lo realmente importante de la música se encuentra en la sinceridad de su composición y no en el afán por pertenecer a la escena de un tipo de música en particular; es más, así es como los diferentes géneros han sido creados: algunas veces por error, otras por malentendidos y a veces casi conscientemente, pero todos ellos están basados en la mezcla de influencias e intereses diferentes de los artistas que los han empezado.

V: ¿Y qué hay de la música electrónica actual que te llame la atención, que sigas regularmente? ¿Quizás hay algo que te cabree en especial o, por el contrario, algo que te flipe mucho y que
veas con potencial? (ya sabes, como periodista hago a veces preguntas tan asquerosas y ambiguas como esta…)

B: Una de las cosas que más me atrae ahora es la relectura que muchos géneros están empezando a hacer sobre su pasado. Esto es ir mucho más allá de quienes lo producen sin entender de dónde viene y solo copian el sonido de algún artista en particular. Este fenómeno suele ser bastante complejo, y un poco un arma de doble filo. La búsqueda en el pasado suele venir cuando las formulas innovadoras se han agotado y hay que volver al tiempo donde los sonidos modernos se gestaron. En mi opinión, lo malo se da cuando esto genera artistas que llevan al extremo el concepto de ir hacia atrás, y actúan como conservadores afirmando que todo lo que no está hecho como se hacía en ese momento es banal y de fácil factura. Eso resulta paradójico, ya que es precisamente lo mismo que se afirmaba cuando apareció la música electrónica. El público "tradicional" afirmaba que si una batería no la tocaba una una persona, si era por el contrario secuenciada, resultaba bastante fácil. Aparentemente, cualquiera puede hacer una secuencia… Algo similar sucede ahora con la vuelta a los sintetizadores analógicos. Soy un fanático de los sintetizadores, y creo que el sonido que producen tienen una calidad inimitable, pero al mismo tiempo no comprendo a los que dicen que si la música electrónica no se hace con sintetizadores, si no haciendo uso de micro edición, procesos de sampleo y automatizaciones imposibles en un aparato real, no tenga el mismo valor. En términos generales creo que la música tiene su valía en base a lo que pueda generar al público, en su capacidad por comunicar, y no en marcas concretas de instrumentos.


V: ¿Hay publicaciones de música electrónica, tanto nacionales como internacionales, online u offline, que sigas para mantenerte up to date?

B: Me gusta mucho XLR8R en general; me gusta el tener acceso a tantos artistas independientes que es en quienes recaen finalmente los sonidos de vanguardia. Además, hay muchísimas cosas
de muy buena calidad y todas descargables.

V: Como comentabas, trabajas también en el campo de los remixes, ¿cómo abordas cada trabajo que se presenta en tu bandeja de entrada?

B: Siempre me ha gustado entender las remezclas como una posibilidad de reconstruir la creación de alguien otro; es un ejercicio interesante el poder ver por dentro una canción que alguien ha hecho, y luego tener el permiso para reinterpretarla. Normalmente el proceso que sigo se centra en escuchar la versión original, ver de qué va y qué es lo que me transmite a mi. A partir de ahí pienso qué posibilidades sonoras tiene. Como en la música que hago, me gusta que las remezclas tengan un carácter narrativo, y eso suele producir un sonido bastante íntimo y personal.

V: Preparas, también, algunos conciertos, ¿dónde y cuándo podremos verte en acción con tu nuevo trabajo?

B: Siempre hay cosas por allí rodando. Últimamente he estado presentando un poco más mi faceta experimental en espacios que lo permiten, como por ejemplo Mutuo en Barcelona. Ha sido un local que me ha permitido trabajar y enseñar ese lado menos conocido mío. Estoy preparando nuevas actuaciones más tipo concierto y con un directo renovado y, por otro lado,  pienso también en un formato banda. 

martes, 25 de marzo de 2014

Recuerdos acelerados de un finde festivalero made in Barcelona: In Local Techno We Trust

Aquello era el no-va-más. Miraba desde la tarima, detrás del dj, bailando como si me fuese la vida, todo el gentío festivo que, a pesar de ser ya las cinco de la madrugada, seguía bailando risueñamente y sin líos al son del italodisco más fresco que recuerdo haber escuchado en un club. Creo que esa noche llevaba una boina, de color marrón-anaranjado. Y una sudadera Adidas que compré una vez ciego por internet a precio de saldo. Mantenía un gintonic en la mano y le daba sorbos cortos pero constantes, como un niño pequeño hiperactivo que no para de meterse el pulgar en la boca. Había dormido de media 4 horas en los últimos dos días. Recuerdo vagamente que el viernes por la mañana, tras una noche en un club del gótico sin pestillos en el baño, me puse a ordenar toda la habitación. Sacos de ropa que daría a la beneficencia, motas de polvo gigantes con vida propia, gafas de natación. A más colocón, más cosas quería ordenar. En el comedor dormía TVB (The Valencian Boy). Sus viajes a Barcelona son espectaculares: siempre se las apaña para venir cuando hay percal en la ciudad. Y se las apaña para estar a la altura del pitote sin despeinarse. Dice que tenemos jazz por estas tierras. Que somos todo jazz. Será la primavera, será que no hay mucho que perder. 

Mientras sigo en backstage bailando, sonriendo y abrazando al mundo entero, aparece Il Capo y me dice «hey, me tengo que pirar para el after, tú te ocupas de las chaquetas». ¿Yo, chaquetas, qué putas chaquetas? ¿Hay chaquetas? ¿Dónde, qué?. Me dejo mecer por los flashes y las luces estroboscópicas y mi iPhone tiene menos batería que Fukushima y dan las seis y se acabó lo se daba. Abrazo a los Djs y las 700 personas que deben quedar en la sala aplauden y las luces blancas que alertan del cierre se encienden y, en realidad, todo sigue en llamas. Lo siguiente que recuerdo es estar llamando a gente con unas 10 chaquetas en las manos que pesan como un cadáver y entonces vienen a por mí y finalmente las chaquetas regresan a sus amos. Es domingo de madrugada. Salimos del club y caminamos hacia el metro. Como 15 minutos de pateo hablando y comentando la jugada. Todavía recuerdo lo guay que ha sido la tarde, en un antro cercano al barrio de Sant Antoni, deambulando entre las dos salas llenas de gentío con barra libre de Jäger que te daban en un tubo como una probeta.  Y, claro, es demasiado gracioso que unas chicas amables y de negro te den una probeta llena de líquido negruzco-radioactivo gratis y luego te saquen una foto la mar de chula que te dan al momento en modo Polaroid. En el metro somos muchos, creo, y va muuuuuy lento y cierro los ojos y sigo detrás de la tarima pero esta vez hay más humo y todo se vuelve sinuoso y oscuro y me aferro a un altavoz para que no pase nada.

En el after hay cola. El sol es espléndido, algunos cretinos han decidido desperdiciar un domingo por la mañana saliendo a correr. Hay tipos mayores que van con rubias del Este. Si hay tipos estilo Cristiano Ronaldo Pureta con tías Cuore es que el sitio es lo suficientemente sórdido para pasártelo en grande. Entramos, el local es más grande de lo que pensaba. Volvemos a salir, intento llamar a más dealers. No hay suerte, andarán todos dormidos o en la cárcel. No pasa nada. Es momento restos. Forzar el plástico verde con la tarjeta para hallar algo de felicidad polvorienta. El set que nos espera en el garito es de puro acid. Acid style del bueno. Quedan pocos supervivientes del grupo, y tengo la visión borrosa pero llena de afecto por aquellos que me voy encontrando dando tumbos y contorsionándose con menos soltura que hace unas horas. 

Las horas de domingo que quedan por delante cumplen un lema que no recuerdo de que anuncio es: expect the unexpected. Y así fue. 




domingo, 2 de marzo de 2014

¿Cuantos minutos aguanta un fiestero ocasional bailando delante de la sala mientras pincha Marcel Fengler?

Hay dos días al año en los que la falta de gusto, pudor y dignidad siembran la noche de este país más que ninguna otra, que ya es decir. Hablo de Halloween y Carnaval. Tonto de mí por haber salido de fiesta ayer y dar a entender, de este modo, que no me importaba participar del esperpento nauseabundo omnipresente en toda la ciudad y, cómo no, con su parte proporcional en Tazz Clubs. 
Pero pinchaba Marcel Fengler y había que aprovechar sí o sí la ocasión para disfrutar del techno arrollador y asfixiante que parte cerebros como el ganador de un concurso provincial de cortar melones con hacha. 

Por lo que pude ver durante las dos horas y media que estuve en el club, disfrazarse significa mucho para bastante gente. Supongo que es la misma gente que asiste con ánimo a las cenas de navidad o  a los encuentros de excompañeros de clase. Algunos forman grupos temáticos y otros van por libre, pero el resultado es igual de nefasto. Y luego hay muchos niños y niñas que intentan pasarlo bien sin atreverse a comprar drogas duras.
Carnaval es ese día señalado en el que puedes dar la nota más de lo habitual y en el que por fin tendrás un tema de conversación con los desconocidos: ¿eh, tú eres Pedro Picapiedra? ¿Vas de Walking Dead o de Guarra Zombie?
Marcel Fengler, acostumbrado a pinchar los domingos por la mañana durante unas 5 o 6 horas en Berghain, con decenas de tipos disfrazados de musculados skins bailando completamente idos y entregados a su sonido, tiene que sentirse algo confuso al ver el circo que le recibe cuando sale en escena a las cuatro de la madrugada. Este es mi escáner particular del panorama que reina en la sala y en la terraza de fumadores. Un desfile animado de trapos y pringosos ropajes y maquillaje del chino y ánimos por los suelos y borracheras amateur. Let's go. 

1. El grupo de amigos que se crecen y se pasan al rollo chungo: recordemos la figura del pagafantas convencional, ese tío que se queda en la barra all night long y apenas mantiene el ritmo con el pie, incapaz de bailar y/o interactuar con otros seres; vivirá como uno de los hits eróticos de su vida el momento en que la Erasmus borracha de turno caiga encima de él y este la agarre sin querer casi por las tetas y roce sus pezones con los pulgares. Ahora imaginemos a cuatro pagafantas pasando totalmente inadvertidos, fin de semana tras fin de semana, en las discotecas del centro y del extraradio de Barcelona. ¿No hay ahí mucha frustración? Llega Carnaval y lo tienen claro: «nos disfrazamos de los tíos de la Naranja Mecánica y a por todas, eh. Eso, sí, grande, tío». Ya ves a los cuatro engalanados con ese traje blanco y los bastones y el sombrerito, incapaces de asaltar a un perro, redefiniendo su propia estética hacia Pagafantas Mecánico. 

2. Submarinista low cost: lo peor de un disfraz que precisa buen material para mantener la verosimilitud es tomártelo a la torera. Bombonas de oxígeno hechas con algo así como con restos de hueveras amontonadas. Y, claro, mola ir de submarinista pero, ya de paso, ¿por qué no te pones los pies de pato y acabas de bordarlo haciendo la conga, sudando a mares con tu traje de neopreno, delante del inclemente Marcel Fengler?

3. Maestro Roshi tocahuevos: que seas el único que se ha tomado la molestia de disfrazarse de una serie de infancia que solo los freaks mayores de 25 años reivindican en serio no significa que puedas pavonearte con tu mierda de caparazón dando golpes al resto de peña que te mira, eso sí, asombrada. Porque entre los que optan por disfrazarse se respiran dos tipos de sensaciones contradictorias: a veces gana el reconocimiento y aprobación («mola tu vestido de tía, tío») y, en otras, humillación («buah, vaya petao este tío de budista, si lo sé me disfrazo de Jesucristo»). En lo que a mí respecta, el asombro es más bien una profunda falta de empatía y comprensión que no dudaré en comunicar a codazos si no queda otra.

Caparazón tus muertos.
4. Pelucas y va que chuta: el mundo está lleno de gente resolutiva y sin complejos. ¿Para qué me voy a complicar la vida con vestidos si puedo ir al chino y pillarme una peluca to'wapa? Este tipo de 'disfrazados' suelen sentirse, paradójicamente, más integrados que el resto. La peluca, piensan, les da un toque desenfadado que conecta con el espíritu de los que se han disfrazado de verdad pero haciendo el mínimo esfuerzo. ¿Qué más se puede pedir?

5. V de Vendetta no lo peta: si la peluca es precaria pero efectiva, una capa negra sacada de las cortinas del comedor de tu abuela y un antifaz que te deforma el resto de la cara es un verdadero fail. Es como un disfraz que no puede competir con las hueveras submarinistas o el desenfreno del Maestro Roshi. La idea era buena pero, chico, la práctica es lo que define la calidad de tu idea. No hay épica ni atisbo de liderazgo popular y justiciero en el mondongo que te has montado.

6. Mecánico pajillero: V de Vendetta tiene, por lo menos, un toque de fantasía. Pero, ¿mecánico? ¿En serio pensabas que ponerte un mono de currela era una buena idea como disfraz? De acuerdo, las enfermeras, gracias al imaginario del porno, tienen siempre una aceptación unánime. Pero el imaginario del porno siempre deja al mecánico como un salido carroñero que vive de pósters guarros todo el año. El año que viene opta por Don Draper, trata de recuperar lo antes posible el terreno perdido y censura todas las fotos de Facebook en las que te etiqueten.

Enhorabuena por elegir un disfraz que todo el mundo asocia con tíos así.

7. Chandal Wins. Simple, Sporty & lumpen style: Esto sí es actitud carnavalera, clase y valor. Un chandal a conjunto, de los que se usan para entrenar en las barriadas de Badalona o en los pueblos de la periferia de Glasgow. Si apuramos un poco, podría ser que pudieses entrar en Berghain. En serio, el coqueteo con la estética urbana de segunda vinculada al deporte físico y al macho de gimnasio podrían llegar a funcionar. Congratulations, eres el tipo que va más cómodo de todo el club y el que menos se ha complicado el atrezzo.

Eh, ¿Y la pregunta del título? Lo de los minutos de Marcel Fengler, va.

Respecto a la llamativa pregunta del título, siempre en busca de la viralidad suprema y la socarronería  gratuita, la respuesta es entre 3 y 5 minutos. Llegas fácilmente a la valla que separa al Dj del público. Simulas entusiasmo y te mueves en plan duro unos 20 segundos como dándolo todo, buscando complicidad de tu grupo de colegas. Pero luego resulta que la música sigue exactamente igual durante unos 6 minutos que se te hacen eternos y, claro, con el cambio de graves tampoco le ves qué coño hay que hacer. Tus ánimos se desploman y Marcel Fengler prosigue su travesía. Pronto regresas a la sala grande, dónde suena ininterrumpidamente Common People de Pulp desde el día de la apertura del local, hace más de 10 años. Lo peor es que nunca te las apañas para corear a ritmo el estribillo. 

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