El poderoso día que comprendí "de verdad" el final de Trainspotting

En los últimos años la droga ha sido un componente esencial en mi día a día. En concreto, las maravillas dopamínicas del speed me han permitido alcanzar cotas de productividad, lucidez, verborrea y dósis tremendas de líbido sexual —sumada a los efectos de no dormir, que te convierte en una especie de adicto al trabajo y al sexo a partes iguales— antes insospechadas. Estoy muy agradecido a la merca y a todos los dealers que han trabajado diligentemente para proveer mi consumo, que fue creciendo a medida que mi tolerancia y mi ritmo de vida se aceleraban casi alcanzando lo sobrenatural. 

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Tocamos aquí la primera palabra clave, sobrenatural. Lo sobrenatural apunta siempre a lo divino, por un lado, pero también a lo que está más allá de la naturaleza, es decir, lo inerte o, en otras palabras, lo muerto. Los efectos positivos de la droga son maravillosos, dilatan tus posibilidades como el sol en medio del desierto puede dilatar el plástico de un vinilo hasta fundirlo con la tierra. Pero, claro, el mundo upside down de alcanzar lo divino es tocar los infiernos, especialmente cuando el ciclo de recuperación hasta que vuelves a ponerte fino se va acortando. Pasas de una lucidez tremenda a una tensión corporal parecida a la de volver de la guerra —es una comparación muy inexacta, ni quiero estar en una guerra ni pretendo comprar estrictamente ambas cosas, you know—, de un autocontrol supremo a poder quedarte mirando por la ventana durante horas, porno, Aliexpress, ordenando los libros de tu casa de veinte maneras diferentes, y olvidándote de comer. Pasas de una sociabilidad extrema a quedarte en la cama, del tío que fluye a cada paso que da al tío que decide apartarse a codazos porque el mundo parece no darse cuenta de hoy no estás para hostias. La felicidad decrece, la infelicidad estira sus posibilidades hasta frustraciones antes desconocidas.

En mi caso, lo bonito del proceso ha sido toda la intensidad con la que ambos mundos se iban intercambiando los papeles, especialmente pasando algunas semanas durmiendo 3 o 4 horas, trabajando todos los días, saliendo un par de ellos, y todo ello sin mayores estragos que algunos amigos y conocidos preocupados, problemas relacionales, una cuenta corriente que flojea un poco y una nariz que pide un tabique. Pero hay que seguir explorando, intentar controlar el consumo es absurdo, porque lo único que haces es volver a espaciar los ciclos, haciendo un esfuerzo tremendo por controlar que te deja agotado. Es solo al dejarse llevar y al asumir el verdadero flow del yonki, afrontar tu soledad y el consumo onfireista hasta que pierde todo su sentido, todo su efecto positivo.

Ahí te estás acercando a esos dos terribles días en los que no duermes, apenas comes, en las que tienes tanta droga en la cajita que pierdes la cuenta de cuál era la raya que está seca y cuál es la que está húmeda.

Ahí es cuando el techno ya no te despierta nada, ni tienes libido, ni sabes qué hacer salvo dar vueltas y más vueltas en la habitación. Y, lo peor, es que tampoco puedes dormir. Has alcanzado el umbral, ni eres sobrenatural ni estás en el infierno, estás en un vacío extremo, un lugar en el que ya no distingues el bien del mal, en el que sabes que tu cuerpo podría decidir mandarte al hospital en cualquier momento.

Es el momento, por fin has traspasado los límites que la mayoría de gente que te ha sermoneado con el asunto, incluyéndote a ti mismo, ha intentado evitar de un modo más torpe que correcto. Pero era un error, había que llegar a conquistar este espacio, este no lugar, el único en el que ves que, efectivamente, decidir avanzar hacia la muerte es una decisión, y no una consecuencia. Por lo tanto, el miedo a acabar como un yonki desaparece, porque puedes elegir serlo o no.

Entonces, lo entiendes. Ese final feliz con moraleja de Trainspotting —la primera—, en el que el protagonista cierra el ciclo del inicio diciendo: choose life, se convierte en tu elección, no se convierte en un claudicamiento sino en una victoria tremenda. Porque choose life es, en realidad, I choose not dying now, because I know that I can. If I would, I am be ready to die too, no one could stop me. Entonces cierras la cajita de la droga, te preparas para estar una semana de bajón, pero te vas a dormir con una sonrisa. Porque lo has comprendido, has alcanzado ese poder, has logrado ponerte face to face con la muerte —que comenzó siendo un placer con algunos efectos secundarios, pero has logrado desnudar hasta encontrarte solo con el núcleo de su oscuridad, y no sus vestimentas hottie—.

Y te despides de tu preciosa amante blanca, ácida y pegajosa, y respiras hondo recapitulando la tremenda y abrumadora relación cuyo mayor recuerdo es el rulo metálico que representa algo así como el anillo de boda de vuestro amor. Pero jamás la vas a odiar, en realidad, sabías que podía salir así, que hay relaciones que se tornan tóxicas, precisamente las más exigentes, pasionales y fascinantes, aunque no siempre. Pero no es su culpa, Torrente lo sabe, la droga no muerde. Tu dealer lo sabe. Ahora, además de saberlo, tú lo controlas. Has entendido todos sus secretos, has alcanzado cada uno de los puntos G de sus efectos. Y todos sus defectos y mentiras y torpezas y trapos sucios. Te has convertido en el Wikileaks del laboratorio de tu cerebro y has encontrado la corrupción en cada uno de tus paraísos fiscales neuronales. Es hora de que alguien pague sus impuestos, y tú ya estás al día con Hacienda y tu conciencia. 

Hasta nunca, baby. I will always remember you, and I am glad we've spent few years together. but we're done, I'm not gonna miss you. C'mon, get out, it's late and I need to rest. My life is waiting, and its something too huge to be late for dinner. 

Hace años me reía de la frase del FBI Winners don't use drugs. Y lo sigo haciendo, pero por otros motivos. Los ganadores, por lo menos de esta batalla, son los que no solo han "usado" o "tomado" drogas, sino que las han amado devotamente hasta el hastío. Hasta que la rutina ha destrozado la mágica relación —como suele pasar—. Soy de los que piensa que una convivencia sin intensidad no merece la pena y, como eso, cuando decides pasar toooodo el día con tu pareja, es bastante imposible porque depende tanto de ti como de otra persona (que no controlas ni debes intentar controlar), lo mejor es estar solo y libre. Y salir de casa sin un par de gramos en el bolsillo ni un par de ojeras. Mejor con los dos auriculares bien puestos, un acid smile en la face y dos temas frescos y listos en la tracklist. Choose life y que Tuesday Paranoia de Jennifer Cardini sea el mejor recordatorio para pensar en los viejos tiempos, sin haber dejado de bailar el temazo.

 

 

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