Vivir

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El cielo se componía de densas nubes, que oscilaban entre tonalidades de una escala de grises amplia y matizada. El viento las hacía circular atropelladamente, algunas montaban encima de las otras, cual animal en celo libre de ataduras impuestas por su amo o cuidador. Alicia corría sin tregua, sin fijarse en el estado del cielo ni en la inminente tormenta que se avecinaba sobre el monte, no tenía otra opción. Alejarse tanto como pudiera, de ese lugar, de esos locos, de ese absurdo que había tenido que sufrir durante semanas. Encerrada, clausurada en una habitación cochambrosa, tratada de enferma, de loca en el punto de no retorno, Alicia había estado al borde de ceder al pulso de los médicos. Drogada hasta las cejas, durmiendo parte del día y toda la noche, a punto estuvo de desfallecer, de dejarse atrapar por todas las fuerzas que la oprimían y obligaban a aceptar lo que era, una loca, una demente. Alicia corría con prisa, sudando pese al frío, escapando, huyendo. Luchaba por salir de todo ello, para volver a ser ella, retomar las riendas, vivir, con o sin locura. Vivir. Sin más.
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