Vanity D. Diario de Suiza I

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Distinguidos lectores, 

recién regreso del periplo por suiza. Cómo no, he tenido tiempo para escribir, pinchar, charlar, beber e ir en trineo. Sí, tiempo para follar también, pero no ha habido medios para hacerlo (no hay putas a domicilio que suban a 1200m en un teleférico de altura para chupártela). Os percataréis que mi prosa, durante estos días, se ha suavizado y ha derivado hacia un "light style" que, espero, no os desagrade del todo. El cambio ha sido fruto de la dinámica de grupo, armónica y pacífica... Durante estos días colgaré el material producido y, aparecerá por en medio un texto decadente como los que suelen ser norma en este blog.

Tema vídeos...grabé una bajada en trineo con accidente de por medio y algún detalle más...Fotos, sin duda, estarán todas en Vanity Dice

Antes de pasar a la primera parte, agradezco efusivamente los comentarios del post anterior.



Por un momento pensé que no llegaríamos al chalet y que dormiríamos en el raso. Ambient y yo salimos del aeropuerto de Barcelona con 2 horas de retraso, a eso de las 14. Llegamos a Basilea sobre las 16 y Kent llegó al aeropuerto a las 18. Esperamos una hora más hasta la llegada de su amiga.

Una vez en el coche, a las 19:30, salimos en busca de otro amigo. Llovía, hacía frío. El Opel de Kent era suficiente para todos, pero nadie nos sacaría de ir 4 en el asiento de atrás. Encontramos al chico en frente de la estación de tren. Venía de Londres, supongo que en algún lugar de Francia cogió el tren. En la city ejerce como brocker para un banco internacional. -Mal momento- me decía- mas siempre salen nuevos trabajos que hacer. Antes de proseguir la ruta, salimos fuera para fumar un cigarro. Cuando nos disponíamos a entrar, un coche de policía pasó por nuestro lado. Uno de nosotros fingió despedirse. Dimos una vuelta a la manzana y le recogimos de nuevo. Un mal presagio. Los suizos son amantes del orden y cualquier cosa que salga de la normalidad les perturba. Especialmente, como no, a los grises.

Nos metimos por la autopista dirección el chalet. Kent nos advirtió que cuando venía a buscarnos, a unos 10km antes de llegar a Basilea, nevaba abundantemente. Por fortuna, el coche tenía unos neumáticos para la nieve así que, por la autopista, pese a haber más de 10cm de nieve, podíamos circular.

Durante el trayecto, me senté al lado de La Belle, la chica llegada de Nice. Guapa y sencilla, sin demasiados humos. Tampoco un pivón, pero agradable de cara y con un cuerpo esbelto y bien proporcionado. (mientras escribo esto está sentada a mi lado). Charlé brevemente con ella, Estudia periodismo con la novia de Kent. No me pareció ni introvertida ni extrovertida y despertó en mis impresiones una áurea de misterio. Imposible saber realmente lo que pasaba por su cabeza.

Encendí el Mac para poner un poco de música y relajar a Kent, que andaba concentrado mirando la carretera y blasfemando contra los conductores noveles y lentos que temían resbalar con la nieve. Cruzamos un túnel largo y al salir todos emitimos un grito de consternación. Cero visibilidad, nieve cayendo y nieve a nuestro alrededor.

Mal augurio. Seguimos como pudimos durante más de una hora hasta que nos desviamos hacia el pueblo que albergaba el teleférico que nos llevaría al apartamento. Kent advirtió que llegaba la peor parte. El silencio se fue apoderando del vehículo. Mis rodillas tocaban las piernas de La Belle y me sentía reconfortado por ello. Parecido a cuando rozo una teta con el codo en alguna discoteca llena de chicas escotadas.

Las primeras curvas las sorteamos bien pero cuando la carretera empezó a tomar la empinada montaña el coche emitió las primeras señales de fallida. Resbalaba.

Apenas había tráfico. La nieve seguía cayendo sin cesar. En una de las curvas, flanqueada por abetos recubiertos por una abundante capa blanca, Kent empezó a quemar embrague. Un olor a chamusquina se extendió por el interior del coche. Estábamos jodidos. Bajamos del coche para empujar. La cosa no funcionaba. Los nervios se apoderaron de Kent, que era el que supuestamente tenía que sacarnos de ahí. Decidimos vaciar el maletero y procurar hacer retroceder el coche para aparcarlo en un lateral amplio. Evidentemente, la marcha atrás no nos serviría de nada, la única solución viable sería dejar caer el coche lentamente para luego hacerlo girar. Kent se puso de nuevo al volante y dejó caer el coche. Al frenar, el coche no respondía, resbalaba considerablemente. Y ahí ocurrió algo que sería equiparable a un nuevo nacimiento. Sí, el típico caso en que la frase “volver a nacer” cobra su pleno sentido. Kent bajó del coche con la intención de aguantarlo con todos nosotros. Empujábamos sin descanso para evitar que resbalara. Por muy musculado que esté y por mucho empeño que pusieran los demás, evitar que 1500kilos de plástico y metal con ruedas resbalen no es tarea fácil.

Perdimos el control, el coche giró y giró sobre si mismo y comenzó a acercarse al borde de la carretera dónde, detrás de una empinada cuesta, se encontraban árboles, nieve, y el vacío. El acojone fue general. Varios intercambiamos miradas de pánico. Nuestro Opel estaba a punto de pasar a mejor vida, junto con nuestras pertinencias (como el Mac en el que escribo esto). Las dos puertas delanteras estaban abiertas de par en par. Fuimos 3 los que saltamos dentro del coche para intentar frenarlo. Entré por la puerta del conductor e intenté frenar el coche con el freno normal, con tan mala fortuna que la mano solo me alcanzaba al pedal del embrague. Por el otro lado-la puerta del copiloto- La Belle hizo una aparición magistral. Desde fuera, escuchamos los gritos “¡El freno de mano, el freno de mano!”. Y es lo que ella no dudó un segundo en hacer. Tiró del freno de mano con sangre fría y fuerza. El coche fue reduciendo su velocidad hasta detenerse. Silencio. Risas. Aullidos. Abrazos. Pensaba que follaríamos allí mismo (no fue así).

Salvados.

Quedaba, no obstante, la mejor parte. Estábamos a 4km del teleférico. O nos paraba un coche o no teníamos demasiadas posibilidades de llegar. Nevaba sin cesar. Por órdenes de Kent, dejamos la mayoría de las pertinencias en el coche, que finalmente conseguimos meter en la cuneta.

Un coche familiar pasó lentamente por la carretera. Se detuvo. Una mujer mayor que hablaba alemán se ofreció por llevarnos. God. “Los suizos son de puta madre”, sentenció Kent. “Sí, y tienen unos relojes de puta madre”, añadí yo a modo de tópico prescindible.

En 10 minutos, llegamos a nuestro destino. Bajamos del coche y caminamos otros 15 minutos más para alcanzar la salida de las cabinas. Eran más de las 22. Ambient y yo llevábamos 12 horas de viaje. Con ése mismo lapso de tiempo podríamos haber llegado a las Barbados. La cabina era para 4 personas y nosotros éramos 6. Entramos todos y Kent fue el último ya que tenía que darle al botón que estaba fuera. La Belle se sentó en mi regazo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me siento algo cursi al escribirlo, pero la verdad es que fue una sensación agradable. Lo más probable es que no pasara nada entre nosotros (se olía a millas su espíritu recatado) mas nunca está de mas cierta confianza basada en la sensualidad cordial. De hecho, me di cuenta que llevaba puesto su anorak y ella el mío. Posiblemente el cambio tuvo lugar en el momento del caos, y ninguno de los dos se percató del error. En uno de los bolsillos, tenía su DNI, y al escrutarlo lo que más me llamó la atención fue que había nacido en Mónaco.

 

Hoy le he sacado una foto en blanco y negro en la que sale leyendo un libro en francés grueso y de un autor que desconozco. Es bastante fotogénica.

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