Vanity en: narcisismo líquido. Las tardes del flow de París

Navegando entre los mares del estrés y los compromisos, en Barcelona, rodeado de profesores flatulentos y nauseabundas reminiscencias de la mediocridad cotidiana que pretende adueñarse de mi espíritu libre y letrado-que no lo consigue, of course- , recuerdo con intensidad y viveza lo que fueron aquellas tardes parisinas, durante este verano, que ya pasó, pero que dejó una mella en mí que marca un punto y aparte en mi actitud ante la vida. (Constato de nuevo mi predilección por las frases eternas sin puntos, sí, este blog y su idiosincrasia tienen sus exigencias).
Por aquel entonces, meses atrás, mi paseo comenzaba saliendo de la estación de metro Trocadéro, delante de la Torre Eiffel, a un punto elevado. Solía comprar decenas de figuritas en miniatura de la Torre -5 por 1€-, que luego colgaba en las ramas bajas de los árboles más enfermos.
Llegaba al Palais de Tokyo sin prisa, a veces circulando por el medio de la calle para cabrear a los conductores. Algunas veces iba con el torso desnudo, para broncearme durante la caminata y marcar ciertos pectorales ante las miradas discretas de las frígidas francesas.
En el Palais, me sentaba siempre en la hilera de sillas que daba a la plaza de abajo, en la que algunos skaters de poco nivel pasaban la tarde grabando penosamente sus tricks. Sacaba un libro, como €r0$, de mi querido Eloy Fernández Porta, y escribía algunas notas al respecto acompañado de varias Heineken de lata. Todo era sencillo y natural. Mi posición ante mi propia soledad era de mero observador complacido por lo que veía y sentía. Vanity brillaba ante el reflejo del Sena, en el destello de los píxeles de su pantalla mientras tecleaba ansioso uno de sus posts esperpénticos de las movidas nocturnas. Vanity pasaba las páginas de los libros con la celeridad de una monja después de un polvo sucio con un chaval del orfanato. 
En una clase de psicología motivacional, la profesora, una especie de psicóloga de pacotilla con brotes histriónicos y una pésima concepción histórica, que ha leído a Bauman y pretende hacer creer que está a la altura de Deleuze y Foucault y Sloterdijk (sin conocerlos, lo que lo hace todavía más ridículo), nos habla del narcisismo líquido.
Vanity sonríe cuando la profesora más light de su vida traza una dibujo de lo que es un narcisita "frívolo". Y sabe, una vez más, que la Matrícula de Honor le está esperando, sin que sea necesario estudiar. La cabeza la tiene entre París y su futuro, en tierras del sur, y también en la pantalla de su Macbook, que tanto ama reventar a sablazos literarios. Frívolos o no, narcistas o no, son lo que son, y no es trabajo de uno mismo dedicarse a perder el tiempo con semejante verborrea analítica de pacotilla.
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