Vanity el cortesano del S.XVIII escribe en Twitter

En mi anterior existencia en este planeta, por allá el siglo XVIII, fui un cortesano francés aburrido. Aburrimiento es lo que sentíamos todos al pisar nuestros lugares de reunión. El poder nos ablandaba, y sentíamos un cierto desasosiego al ser tan perfectos y estar por encima de tanta gente, el lamentable "pueblo", que comía ensalada cruda y corazón de cordero. No existía la inversión bursátil, pero todos teníamos algunos zumbados en los países colonizados que trabajan diez horas al día haciendo cafés. Todo este sistema injusto, no demasiado diferente del actual, nos generaba melancolía. Y entre copas de buen vino y poesías de La Rochefoucauld pasábamos ratos casi agradables. En mi caso llevaba una peluca gris, especialmente senil, y follaba cada dos por tres con mujeres con vestidos imposibles. Se fumaba todo el día, entre reflexión y reflexión tratábamos de ocultar nuestros sentimientos. Hacernos como una pared. Gracias a ello, en mi existencia actual, puedo ser tan cínico y desagradable con los seres con sobrepeso.

El cortesano pensaba demasiado, eramos demasiado inteligentes por la época que nos había tocado vivir. Nuestra riqueza crecía y no podíamos gastarla en tantas sandeces como ahora. Pero, como he dicho, podíamos leer cosas y matar el tiempo. Pensábamos en Rosseau y en el Leviatán de Hobbes, y de vez en cuando nos permitíamos un chiste barroco. Teníamos un sirviente personal, atento a nuestros caprichos y desprecios. Todo era más o menos bonito, salvo la tuberculosis, nadie se escapaba de la tuberculosis. Los médicos eran sucios y aun no existían las operaciones de pecho o pene. Miami no era lo que es ahora. Eran cuatro casas mal hechas cerca de la costa. Y era imposible cruzar el Atlántico en buenas condiciones. No teníamos Twitter, pero usábamos un artilugio parecido llamado Courttier. Cada uno, cuando tenía una buena frase de 160 letras, la escribía a mano en un tablón hecho a medida, colgado en una pared de la corte al lado del cuadro de un poderoso rey. Mi mejor frase fue ésta:

La vanidad de nuestro siglo XVIII, que tanto hemos trabajado junto a nuestro aburrimiento, es un entremés para lo que vendrá después.

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