«Until your eyes get use to the darkness» Crónicas desde Berghain

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1. Exordio techno
 
Algunos colgados, gente que entiende la experiencia mística como propia de la naturaleza, que siente que caminar por puebluchos de mierda a través de valles muertos y poniéndose ciegos de fabada en pensiones de mala muerte es algo bello para esta nueva década de este ridículo nuevo milenio, hacen el Camino de Santiago, felices. Les ponen unos sellos raros en cada tramo, y cuando completan los tropocientos kilómetros más aburridos de la historia se sacan una foto apestosos y con botas muy feas y guarras y se la enseñan a sus amigos sedentarios que exclaman un ¡oh! lleno de admiración. A eso le llaman el carné del Peregrino, a eso le llamo una seria pérdida de tiempo, miopía pura para sentir lo que ocurre en las catacumbas de nuestra Decadencia Espectacular, y de qué es lo místico a estas alturas de la (auto)destrucción humana. Los románticos han muerto y lo que queda de ellos está enterrado bajo los altavoces de Berghain, el trullo electrónico más potente que el ser humano ha sido capaz de crear, el aullido de muerte más estéticamente miserable al que uno puede acudir en busca de la salvación desesperada.
Si queremos misticismo clásico, vayamos a las bacanales romanas. Orgías, ingerir uvas como pastillas de ácido, vomitar y, muy deportivamente, a seguir la juerga, y todo con unas túnicas que ni Louis Vuitton en sus mejores tiempos. Si los romanos más onfireistas regresasen de entre muertos, las colas en el descampado que circunda el club de los clubes alcanzarían desde Berlín hasta Siberia.
Chuck Palahniuk, autor de El club de la lucha, se inspiró en la política de acceso a los monasterios Zen para crear el código de conducta que permite a los futuros aspirantes a entrar a recibir las enseñanzas de Durden en la choza abandonada. Todos tenemos en nuestro imaginario a Tyler Durden, encarnado en un Brad Pitt hecho mierda y mazas, insultando y maltratando a los cadetes que quieren entrar al club. Si Palahniuk fuese europeo, se hubiese pasado semanas correteando por entre la maleza del exterior de Berghain para mejorar la política de acceso en su novela. Y, una vez dentro, ya podemos armarnos con la más bruta de nuestras energías para no sucumbir ante el delirio. Vamos a ello.
Sábado 3:30 a.m.
Suena el despertador del iPhone. Dominik entra al comedor, donde yo he dormido unas tres horas rancias, y se dirige al tocadiscos para caldear el ambiente. Mete en el Technics lo último de Shackleton. Yo, en pijama, es decir, con una camiseta con la hoz y el martillo y la estrella roja, y unos gayumbos de seda negra, enciendo un cigarro y miro por la ventana. Un tranvía descolgado mantiene su servicio nocturno con diligencia, y no hay ni una luz encendida en el vecindario. Me visto. Nunca sabes cómo putas tienes que vestirte para entrar a Berghain. Es decir, o tienes unos pantalones militares, una barba de tres meses y unas ojeras como un iPad,  o ya puedes rogar a Mike Banks para que el segurata vea en ti que puedes dar la talla. Pitillos negros, bambas negras, sudadera negra. En el iMac de Dominik chequeamos la dirección de nuestro fichaje para la noche, Lucio. Él conoce a uno de los hombres de seguridad de la sala y posiblemente podamos saltarnos las tres horas de cola que nos esperan.
Preparamos las billeteras, como si fuésemos a dejarlas a punto para recibir el carné del peregrino de las raves. Tarjeta sanitaria, tarjetas de crédito, bastante pasta, algunos papeles aptos para rulos, condones y un par de bolsitas de plástico destinadas a albergar buena merca. Los nutrientes para la noche, y el día siguiente.
-¿No quieres keta para comenzar la jornada?-Dominik está obsesionado con la keta, la cocina un amigo suyo de Berlín que trabaja para una agencia de publicidad que hace anuncios para cereales infantiles y compresas extrafinas, entre otros clientes igual de loables.
Me desperezo, voy al baño, me tomo mi tiempo para respirar hondo, unos estiramientos, y le digo que no, que no quiero keta, not yet.
Pillamos un taxi sin esperar, justo al salir de casa, y eso me obliga a tirar el segundo cigarro al suelo, a medias. Al llegar a nuestro primer destino, nos encontramos a Lucio entrando también a su casa. Él viene de otra fiesta.
-Ponían techno del 2005, pero no estaba mal. La gente estaba entregada, porque son nuevos djs que van a darse a conocer. Y eso está bien. Nos saludamos con dos cordiales besos y entramos en su choza.
Lucio es australiano. Su padre tenía una empresa de yates que vendió a una multinacional hace diez años. Ha vivido en Londres, Sidney, y ahora Berlín, lugar del que no piensa moverse por una gran temporada. Trabaja gestionando una comunidad online de compradores de productos bio. Sobra decir que estas cosas en Alemania funcionan bastante bien. Es bajito, de piel morena, sonrisa confiada y mirada lúcida. Es gay. Es el hombre Berghain.
Este club, que ahora cumplirá diez años, nació como un feudo gay bastante potente, y ellos siguen siendo los amos y señores del lugar. Este es el juego, hay que saber adaptarse a las reglas de la movida. Y si vas con un experto, un tío que ha estado en Berghain 100 veces, como él mismo afirma con la primera clencha de coca en la cocina, let it flow.
2. Acceso. First Round. 

Todo cambia cuando entras en un taxi y pronuncias la palabra Berghain. No hace falta ni que saludes al taxista. Acto seguido, pone el taxímetro en marcha y se hace silencio. Chequeo el iPhone y saco una foto de la torre emblemática berlinesa, en la que arriba hay un restaurante giratorio para pasar el rato. Nos acercamos a la zona 0, y ya veo desde la ventanilla del coche cómo las luces de Panorama Bar, la sala superior de Berghain, emiten destellos mientras el día comienza a clarear. Son las 5 pasadas. Buena hora para arrancar en Berlín.
Hay unas cien personas haciendo cola pacientemente para entrar al Santuario. Nosotros vamos directamente hacia la puerta lateral. Dominik y Lucio se adelantan y me quedo contando futuros rejected, gente que no va a entrar en su vida. Y no pasa nada, todos nos hemos llevado un chasco alguna vez. Mi peor chasco fue cargar el iPad en un enchufe que no funcionaba, hará cosa de dos meses, y cuando lo saqué estaba sin batería, y eso me ralló, claro. Pero, cuidado, todo se complica en un abrir y cerrar de ojos. El segurata, un postsoviético de dos metros, mirada gélida y pelo rubio y corto, como de actor porno ya retirado, dice que YO NO ENTRO. Mierda, demasiadas cosas pasan por mi cabeza. Barba excesivamente arreglada, cara con pocas facciones de vida extreme, por ser eternamente joven, bambas demasiado casual, chaqueta excesivamente clásica. O, por qué no, no está bien visto sacar fotos en la entrada de las chicas, ni de nada. Siempre me olvido de los detalles importantes, como aquella vez en la que fui a un bar a leer y resulta que, en realidad, había quedado con una chica para traerle un látigo con el que azotar a su perro. Así que ella tuvo que esperar dos horas a que terminase el libro y luego se lo di para que azotase al perro con él. No acabó de gustarle la idea. Nos miramos los tres. Nada que hacer. Dominik sonríe.
-¿Qué se siente al ser un rejected, chaval?
-We will come back later, we are not in the mood yet- eso afirma Lucio, que desde ese momento asume el rol espiritual de la noche, de manera inapelable y necesaria.
Y es cierto. No estaba en el mood, no suficientemente mentalizado como para entrar en la madre del cordero electrónico como si nada. Otro taxi, dirección Club der Visionäire. Nos plantamos en la puerta sin problema. Un par de pivones colocan la ropa de los apestosos clientes en su sitio. Una de las chicas, morena, gafapastas, algún collar y dos tatuajes, no me cobra, cosa que no le replico. Bajamos las escaleras de madera. No hay ni media entrada, la música siempre suena baja, son las siete de la mañana. Buscamos un lugar para proseguir la ingesta de coca. Elegimos, primero, el baño. Cruzamos la sala y pasamos por la pequeña pista de baile, que queda como dentro de una habitación con techo muy bajo, esa zona sí está llena. En la barra del bar pillamos unas birras, Lucio un Red Bull, y giramos para encarar las escaleras del baño. Siendo francos, a esa hora, Visionäire es una fiesta de rejected de Berghain. Como si hubiese absorbido todo el excedente de fracasados. No perdamos la esperanza, Lucio cree en nuestro mood conjunto, así que es cuestión de esperar un rato para volver a Peregrinar en la puerta de El Club.
En el baño hay un jaleo tremendo de italianos y españoles, gritos, algunos eructos, que contrastan con la serenidad con los cuatro normales que sencillamente van al baño a por unas clenchas y a mear, y listos. Se nota mucho más el garruleo made in Spain cuando estás fuera del país. En el baño usamos el iPhone de Dominik como farlopero. Todo en orden con mi tarjeta del supermercado. Hay que cuidar los alimentos en todo momento y a todas horas. Hacemos nuestro particular snort a tres bandas y salimos para darnos una vuelta por el lugar. Y entonces,
Pequeño Gran descubrimiento

En Visionäire han habilitado una especie de techno-merca salas. Una cabañita escondida al final de una terraza cubierta, con luz rojiza y casi imperceptible, que dibuja figuras de gente alrededor de una mesa mejor iluminada. ¿Y qué es lo que hacen? Preparan cosas, no sabes si keta, crack o poniendo a punto el M. Misterio máximo al que nos sumamos avanzando hacia otra sala, todavía más pequeña, en la que también hay una mesa de madera al uso. Un tipo con el pelo blanco, de unos cincuenta tacos, engalanado con estilo entre kitsch y post-nazi, trabaja material encima de la mesa. Bolsitas arriba y abajo, y dale. Hay un par de chicas interesadas en el tema, momento que aprovechamos para entrar a la tercera y última techno-merca room. En esta última sala hay incluso estanterías para dejar la birra y un par de bandejas de plata bastante usadas. Puede haber una mezcla de varios productos químicos la mar de interesantes. Dos tíos están dándole a la keta, unos filetes sencillos, finos, como de reenganche. Uno de ellos, francés, el otro Moldavo. Nos presentamos. Sacamos también nuestra movida. Y la compartimos entre todos. Si en la época hyppie todos compartían amor y canutos, y luego follaban sin condón y la natalidad bizarra se disparaba aberrantemente, en la era de los 2000 la gente comparte rulos y drogas, poco más, y eso está bien, porque luego el techno unifica todo esto de manera holística, totalizante, y las libertades limitadas en la vida socio-política del exterior de los clubes cae hecha pedazos por unas horas en las que la bestia humana se libera por completo, sedada por los bajos interminables de equipos de sonido del futuro, que ya está aquí. Y no le llamen alienación o lo estaremos entendiendo todo al revés. Salimos de las merca-techno salas dispuestos a aguantar un poco más en Visionäire, con paciencia. Nos sentamos en unos bancos, en una terraza cubierta, tranquilamente. Dan las 8 de la mañana. Nos sentimos más a gusto los tres, Lucio me cuenta más cosas de él, un tipo fascinante. Hay risas, y más coñas sobre mi rejected moment. La fe regresa a nosotros, todos confiamos con todos, y los dos sensei conmigo. Llega la hora, son las 9. Es hora de dejar a los italianos y españoles bailando la conga con techno barato para regresar a

3. No hacen falta terceras oportunidades

El segurata que conoce a Lucio nos pilla justo llegando a la cola. Se saludan muy afablemente. Nos presentamos Dominik y yo. SALVADOS POR EL TECHNO. A partir de ahí, llegamos a la entrada renovados. El segurata deja pasar a Lucio, y luego se me queda mirando con una sonrisa. Es otro nuevo segurata...y me pregunta:-¿Are you high?

En 3 segundos puede definirse de nuevo mi definitivamente traumático rejected y rechazo FINAL a esta aventura. Así que, como iluminado, con toda la serenidad que soy capaz de emanar, respondo-I'm ok -sonrío levemente, con complicidad, con toda la seguridad en mí mismo que he podido acumular desde que aprendí a liar cigarros quitando el pegamento del papel con los dientes.

En Berghain, si muestras el menor síntoma de ir ciego en la cola, te quedas fuera. Hay que entrar con el mismo flow con el que uno va a trabajar a la fábrica. Como la cara de un orbrero fordista de los veinte, o de un fiel seguidor a la era fabril stalinista. Y si puedes poner actitud de obrero de la Primera Revolución Industrial en Inglaterra, tanto mejor. Aunque lo óptimo, claro está, estando en Alemania y en 2012, es que hayas estudiado la cara de los trabajadores de Volkswagen un lunes a las 9 de la mañana.

El segurata, muy lentamente pero sin teatralidad, da un paso a la derecha y me cede el paso. We are in.

Me registran y me recuerdan el tema de las fotos. Pago religiosamente y feliz la entrada, y ya me veo adentrándome en las gigantescas dimensiones de cemento de la entrada, con sofás repartidos caóticamente, lamiendo las paredes y con un guardarropia que podría ser el almacén de las catacumbas de una secta de un mundo apocalíptico a lo Blade Runner.

Me quedo únicamente con la camiseta, lisa, de un azul-verdoso con cuello en pico, y los pitillos negros. Como decía, el vestuario ha sido un medio acierto. La próxima vez tendré que seguir la estética pro, la del cuero.  Pero una vez dentro, ya al cruzar la puerta con el beneplácito in extremis del portero, todo esto se vuelve irrelevante y a medida que piso el cemento oscurecido y diluido por luces fluorescentes de colores inexplicables y de origen desconocido, que no consiguen ganar a la penumbra, me despojo de las montañas de mierda que suelo acumular en mi chepa mental.

Lo más interesante de estar en Berghain es que el lugar te posee, y no es que se junte lo peor de cada casa, sino todo lo contrario; la vulgaridad, el mamoneo, las tonterías y el ruido se quedan fuera, y dentro se congregan la flor y crema de lo extremo que, como sabéis, es en algunos casos lo más interesante. Si buscamos más paradojas random, podemos comentar que para aguantar y sobrevivir en el extremo Berghain hay que mantenerse en un punto medio. Ni dejarte llevar por las drogas para estar hecho mierda en tres horas, ni quedarte sentado en un sofá embrutecido al lado del baño -so pena que se sienten dos osos amorosos y te inviten cordialmente a la cena en los cuartos oscuros-. Para los que vamos una vez cada meses, en mi caso esta es la segunda, hacer lo que puedes ya es una gran qué o si no sigamos leyendo

4. IN FLAMMEN (traducción literal al alemán de on fire)
 
Subimos las escaleras hacia la sala principal. La caja torácica inicia sus primeras resonancias, entre la nicotina, los restos de polvo blanco y el escaso oxígeno que queda en El Club. Los primeros torsos musculados gay extreme aparecen por entre los humos. Una japonesa con los ojos en blanco sonríe sentada en una de las tarimas. Dos chicas tatuadas hasta las cejas se cruzan por delante de Dominik y yo, a lo que nos giramos como autómatas atentos a repasar sus traseros en minifalda de cuero. Vamos a la barra a por una birra. Techno durísimo. Ya está Speedy J dándolo todo. OMG. OH MEIN GOTT. La pared de cristal que separa la sala de la barra se extiende hacia los altos techos. A mi derecha quedan unos columpios en forma de cama. Columpios gigantes en los que uno se puede sentar muy cómodo y hacer cosas que se hacen en una cama pero en un columpio. Es decir, para no seguir hablando como Tao Lin, lo que puedes hacer en esos columpios es zumbarte a la peña mientras el techno te penetra los oídos y la birra resbala por tu torso dañado por los golpes que le metes a tu entregado ejemplar de carne humana de turno, y cruda. ¿Sí?
Birra en mano, circulamos hacia el otro lado de la sala y nos acercamos al altavoz lateral. Cerca de los cuartos oscuros gays. Los que tienen un rollo más hetero están en la sala de la entrada, o eso afirma Lucio. Están casi tocando a los guardarropía; parece que haya un mundo nuevo y más bizarro que el anterior a cada paso que das dentro de El Club. Berghain nunca parece lleno del todo, la política del club no es pensar en un lugar al que sacarle el máximo rendimiento, a lo Madrid Arena (Djs de mierda con promotores con una concepción McDonald's de la música electrónica y un público adolescente más locamente ciegos por no tener ni idea de lo que significa la noche). Se trata de que los que están dentro estén bien, mejor que en cualquier otro lugar.
 
Momento baño. Tercera puerta. Los tres dentro. La pequeña luz alumbra el movimiento rápido que hacemos todos para sacarnos tarjetas, rulos y bolsitas, como unos trileros pero en modo merca. Un poco de M, algo de coca, y a seguir jugando.
Dan las 11 de la mañana cuando subimos a Panorama Bar. La noción del tiempo comienza a desdibujarse. Se funde como los cuerpos que se retuercen al compás del deep techno. Los altavoces que tocan a las "celdas" emiten una tralla descomunal. Se filtra la luz del día por entre las persianas, ahora cerradas, que se abren súbitamente generando un alarido vampírico general. Nos situamos en la barra central, detrás de la pista de baile. Y pedimos nuestra siguiente cerveza. La coca me ha acelerado lo suficiente como para que mi cuerpo no pueda parar de moverse. Como un hiperactivo rodeado de sus semejantes, me dejo llevar hacia el centro de la pista. Y ahí sonrío como un buen dominguero al recibir su carajillo habitual. Y lamento que únicamente pueda visitar Berghain unas 4 veces al año.
(el párrafo siguiente es un momento místico con tintes postbeat algo oxidados. Si el lector se pregunta ¿pero va a follar o no? puede saltarse dos párrafos y continuar leyendo)
En medio de la sala. Ya ubicado en un no lugar confortable, únicamente rodeado por berghainers, cierro los ojos. Pasan los temas y los minutos y sigo agarrando la cerveza en una mano y un cigarro eterno en la otra, apenas siento la presencia ya de personas a mí alrededor. La música, los bajos, los flashes que perciben mis párpados en trance, todo se convierte en ese Uno que tan difícil es de encontrar cuando sales en otras partes del mundo. Estos momentos de enajenación consciente bañados de música electrónica solo pueden lograrse en dos ocasiones. O bien en Berghain, o bien en un país donde la electrónica está despegando, la gente sigue todavía atenta e ilusionada y el mercado no ha pervertido todavía el mundo de la noche. Me reencuentro con Dominik. Lucio ha bajado a la sala principal a darse una vuelta a su rollo. Nosotros hacemos otro happy toilette. Bajamos, por eso, al baño trash, que no es el de la sala Panorama, sino el que está más cerca del infierno. Sacamos la coca y, MEIN GOTT, está ya en las últimas. Intentamos apurar y guardarnos otra ración para, no sé, las dos o las tres del mediodía. Dominik me sirve mi ración de M en un mini tubito. Para que pueda mantenerme por mí mismo en caso de pérdida. Agradezco el gesto a mi mentor y salimos más enchufados que un paraíso fiscal antes de 2008. Bajamos a por Lucio, y Dominik insiste en que debería hacer una visita a la oscuridad, a los cuartos hardcore gayers, para verlo. Pues claro que sí, qué ostias, me digo tratando de convencerme de que mi culo puede salir indemne si voy acompañado por Lucio.
Apartamos una cortina mientras Len Faki revienta los bajos, y de golpe desaparece todo en mi campo de visión.
-We have to sit down and wait until our eyes get used to the darkness.
Eso es. Es imposible definir mejor el espíritu de Berghain en una sola frase. La misma actitud que tienes que tener en la puerta es esta. Esa mirada impertérrita, paciente, pausada, sin parpadeos innecesarios ni movimientos oculares improvisados. Tienes que estar acostumbrado a la oscuridad, respetarla, entenderla, convivir con ella. Fluye con ella, piérdete con dignidad por la tercera puerta de los baños. Quizás al llegar más abajo de lo que pensabas que era posible estés ya en situación para sentarte cómodamente delante de unos tíos que se están petando el culo como si les fuera la vida. Y tú quédate quieto, que se siente Ella a tu lado, como si os conocierais de toda la vida, o mejor aún, cómo si no fuese nada que te viniese de nuevo. Pasamos a la segunda sala. Por primera vez en mucho tiempo tengo miedo. El corazón se pone al ritmo de la música. La coca ha hecho su proceso, mi riego sanguíneo el suyo. Y el M me provoca ciertas disfunciones espaciales que con la oscuridad generan sombras que se mueven a mí alrededor. Comienzo a ver algo. Otra cortina. Lucio la abre y entramos en otro espacio. Con su mechero, Lucio rueda la piedra y se ilumina durante unos instantes la claustrofóbica habitación. 5 tíos, sin camiseta, mirando fijamente hacia nosotros, sentados. Time to go. Por suerte, estamos al lado de otra puerta que ya da acceso a la sala principal. Salgo de ahí con la misma alegría que un náufrago recordando que le queda una botella de aguda dulce en su cabaña, justo antes de palmarla. MEIN GOTT. Una de aquellas cosas que haces una vez en la vida. Hay que verlo, pero no creo que vuelva a cruzar esas cortinas otra vez en mi vida. La humedad me estaba resquebrajando la piel, y los que ahí se encuentran no están interesados en las visitas de curiosos con ganas de experiencias morbosas. Vayan siempre acompañados de una persona local.
Es mediodía. Regresamos a Panorama con Dominik. Comienzo a tener vacíos de memoria estando despierto. Ya no recuerdo lo que he hecho hace media hora, o hace tres, todo queda mezclado en un cerebro que procesa desconsoladamente lo poco que es capaz de organizar tras 10 horas de viaje, con el rejected included, no previsto en el plan.
5. Dies ist es
De golpe, toda la tensión que gravitaba en los cuartos oscuros se desploma dentro de mí, y noto los efectos del ácido emerger, ganando la batalla a mi bloqueo general. Avanzo sudoroso por entre la gente y me sitúo delante del dj. No sé quién pincha, suena razonablemente bien. Miro a mi alrededor las formas con vida. Por entre la gente, cerca de mí, cruzo miradas con una chica morena y bajita. Baila sincopadamente, visiblemente borracha, naturalmente colocada. Todo el resto, a parte de ella, desaparece, se difumina; ella me ha visto que la he mirado de esa manera, y ella responde con la misma mirada. La distancia entre nosotros se va acortando, la sala se ha hecho más pequeña, sobra gente. Cabello liso hasta los hombros, muy Uma Thurman, en Kill Bill, y una camisa de corte masculino, blanca y con rayas, de pico, que queda cubierta por un jersey negro fino que disimula unas tetas pequeñas que completan su delgadez y figura delgada. Me contoneo absorto en su áurea y en mi ácido y nos amarramos el uno al otro, secamente. Lista de ella, se coloca entre una de mis piernas, brazos en mi cuello. Cierro los ojos y siento nuestros huesos lubricándose. Coqueta ella, apoya dulcemente la cabeza en mi pecho. Supongo que es lo más parecido al amor que voy a vivir en mi vida, a un crucero de parejas recién casadas. De nuevo un blackout. Ah, sí. revivo del éxtasis estético de golpe. Noto las manos de Petite Brunette Kill Bill recorriendo mi espalda. Tiene los ojos maquillados de negro, y los labios, finos de un rojo apagado. Los tonos chillones se quedaron atrás en Berghain. No es necesario llamar la atención en un contexto como este. Me abalanzo sobre el cuello de Petite Brunette y ella retrocede sonriendo, en un gesto de seudoprotección lasciva. No hay intercambio de palabras. Es bueno saber que a veces no es necesario. No hay mucho que contar verbalmente a las tres de la tarde de un domingo en esas latitudes, con tal percal armado. Salvo si hay drogas de por medio que ofrecer. Su lengua es también pequeña, pero no sus ambiciones de metérmela entera en la boca. Mis manos, grandes en contraste con sus proporciones, acaparan sus nalgas a discreción. Hay dos maneras de sonreír. Con cara de gilipollas o con cara de vicioso correspondido. Opten siempre por esta segunda opción, patrocinada en este caso por Petite Brunette. Berghain pone el lugar, la música, y usted sus neuronas, su salud, su buena fe y la voluntad. Cuando se haya ido todo esto a la mierda por las esquinas roñosas de los cuartos oscuros, comenzará usted a pasarlo bien. Tenga paciencia, el proceso de desprendimiento de sus cualidades habituales puede tardar unas 10 horas. No desespere. Hay techno de verdad al final del túnel.
Le ofrezco en un idioma que no recuerdo a Petite Brunette M de mi ración. Parece tímida, más bien introvertida; más bien está en aquel estado en que se la suda todo. Menos nuestra misión: llegar al baño  sin arrastrarnos. Cerramos la puerta, ahí fuera todo Berghain en plena ebullición. De puertas adentro, dos cuerpos dispuestos a merendar, alrededor de un aclamado váter sin taza. Antes de que saque la bolsa de M y ofrecérselo a Petite Brunette, nos empotramos contra la pared lateral del baño. Resbalamos hacia una esquina. Ya fijos, nuestras bocas apenas aciertan entre ellas, el lametazo desquiciado gana la batalla. Tiro de su pelo, araño su nuca, levanta la cabeza. En Berghain nadie llama a tu puerta en el baño, metiéndote prisas. Si estás inconsciente, ya te levantarás. Si estás drogándote, tómate tu tiempo hasta que tengas la clencha perfecta. Si estás dándolo todo, pues dale hasta que te canses. Petite Brunette susurra cosas que no entiendo, que ni me esfuerzo en entender. Ni ella espera que yo le responda. Posiblemente ni que yo las entienda.
Respiro hondo, miro al techo mientras Petite Brunette se regodea en mi cuello con su Petite lengua y restriega sus Petite senos contrar mi pecho. Me concentro para poder sacar del bolsillo el M sin entorpecer la erección. Cuando lo tengo en la mano, agarro cariñosamente a Petite Brunette por el cuello. Me mira desde abajo, sonríe y entiende. Nos entendemos. Cuando el techno corta la comunicación verbal, los cuerpos y lo que queda de ellos se entienden con mucha más facilidad. Cruzamos las lenguas de nuevo, abro la bolsa de M y la sitúo entre nuestros labios. Un fino polvo de cristal cae encima de ellos y nuestra saliva la absorbe y la mezcla expande el ácido por toda la boca. El sabor agrio y duro nos corroe los dientes. Quien dice que el primer beso es el mejor y más intenso de todos es [escriba usted, experto lector, aquí]. Nos llega de fondo el retumbar de los bajos. Vibra el edifico entero. Vibra mi polla y vibran los firmes y pequeños senos de Petite Brunette Kill Bill.
Al salir del baño, nos separamos, tras haber salido, sin darnos cuenta, cogidos de la mano, con nuestras bocas rezumando ácido, nicotina y placer. Al avanzar por el pasillo hacia Panorama Bar, Petite Brunette gira la cabeza y me mira unos segundos mientras se aleja. Sonríe. Sí, es una chica tímida. Es perfecta. Por eso no volveré a verla nunca más.
Recorro los pasillos angostos hasta llegar a la zona 0. Sala principal, al lado del gran altavoz izquierdo,  delante de los cuartos oscuros. Ahí está Lucio con los ojos cerrados bailando para sí mismo. Eso es el techno, bailar para uno mismo. Y dejarse de hostias. Mi ciego, a estas alturas, cuatro de la tarde, es descomunal. Me muevo esquizoidemente al compás de un bajo que no remite desde que hemos entrado, hace siete horas. Repito, son las cuatro de la tarde. En Berlín ya cae la luz. "Llegas de noche y sales de noche. No veas cómo jode eso, a veces", comentaba Dominik el sábado a mediodía, hace ya 24 horas. Dominik no aparece. Salimos Lucio y yo a una escalera exterior acristalada para ver la puesta de sol. Un tipo con camiseta sin mangas, al que no consigo verle la cara, es una forma borrosa, me pregunta si tengo fuego.
-Nein, I'm sorry.
Al decirle eso, recuerdo que sí tengo, no sé donde, y pienso que es la primera vez que hablo desde que he entrado a Berghain. Aunque no estoy seguro.
Nos encontramos a un grupo de osos amorosos dándolo todo en una de las paredes de paso hacia Berghain la sala 1. Lucio me dice si me apetece ver el cuarto oscuro del piso de la entrada, que es más rollo hetero. Asiento. De perdidos al techno.
Es más un laberinto que una sala. Hay cuartitos pequeños, como zulos, en los que veo gente en el suelo, como durmiendo, como follando, cuesta discernir cualquier cosa a estas alturas. Me lío un cigarro delante de una pareja que está follando, ella a horcajadas, el tío gritando cosas en alemán que parecen poco amables. Pero claro, los alemanes hablan del tiempo y parece que estén hablando de cosas muy feas.
La cabeza tiene montada su propia rave; me duelen la frente, la nariz y el cuello. Pero todo ello confluye en una calma que se acerca a la de un ser agonizante que poco tiene que hacer salvo dejarse llevar para encontrar la paz en una especie de destino indeterminado.
Seis de la tarde. Me sorprendo a mí mismo estando vivo, es decir, consciente y de pie, dándolo todo en Panorama. Es de noche, así que las persianas están abiertas y se vislumbran siluetas urbanas en el exterior. La sala está a petar. Esta es la hora a la que suelen llegar los berlineses, el domingo a eso de las cinco de la tarde. Me encuentro, pues, rodeado de chicas que huelen bien y de tipos vestidos PostAmericanApparel impolutos. Por suerte, ahora también podemos afirmar que me acompaña lo mejor de cada casa. Pasan dos chicas por delante mío vestidas de novia, y un travolo baila a lo lejos en sujetador. Darlo todo es la regla a esta hora, no importa bajo qué condiciones.
Me siento algo dañado. Mis funciones neuronales están sudando por primera vez en mucho tiempo, quizás desde que intenté escribir el post más largo del mundo solo en la casa de campo y no lo conseguí porque era bastante aburrido, y no quedaba cerveza.
Siete de la tarde. Fumo mi enésimo cigarro. Mi garganta es un horno de Pizza Hut durante la final de la SuperBowl. O como el asador de salchichas de Frankfurt en el Oktoberfest. Todo está preparado para que llegue a pinchar Soffi, a las nueve de la noche. Deambulo sin rumbo, manteniendo cierta compostura. Dominik se ha pasado a la keta hace rato. Voy al baño, solo esta vez, a finiquitar mi M. Hago cola y espero pacientemente hasta que el mismo baño en el que he estado horas atrás con Petite Brunette Kill Bill queda libre. A modo de solitario homenaje a Petite Brunette, me meto unos cristales en la lengua a su "salud". Cierro los ojos. La banda sonora para este postmomento es la que sigue
Al salir del baño, miro el reloj. Me he pasado media hora en el baño, medio dormido, medio delirando. Salgo con dolor físico y éxtasis mental. Mein techno. Ha comenzado Steffi. Resuena Yours. Las dos próximas horas las paso con la cabeza mirando al suelo, párpados entreabiertos, sacudiéndola a un ritmo que ya no puedo controlar.
A veces pasa, muy pocas, en estas noches tan largas, o días, a parte de estar acelerando la muerte física, algo más muere dentro de ti. No pasa nada, bienvenido sea. Las catarsis consisten en eso, más o menos. No hay avance sin dolor. Y no hay dolor sin placer.
Domingo 11 p.m.
Dejamos Berghain atrás con el taxi Dominik y yo. Sin mediar palabra. Hemos perdido a Lucio. No sabemos si sigue dentro, o si se ha ido antes que nosotros. Qué más da. Él ya forma parte de esta historia. Gracias a él entré, gracias a él recorrí lo más oscuro de todo esto. Dejamos atrás veinte horas de bacanal de las que recuerdo aproximadamente un tercio. Mi retina apenas distingue nada en el interior del coche. Sombras, luces, formas. La realidad no está hecha para Berghain. Salir de ahí es regresar a la nada.
Tardé dos días en recuperar mi sentido acústico de nuevo. El zumbido me acompañó durante el vuelo de avión hacia Barcelona. Termino el post una semana después. Y algo, de nuevo, vuelve a morir.
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