Una trepidante historia bastante verosímil de por qué pasan tantas cosas random por la noche delante de mi casa al caer la noche

Hay una febril pero subterránea actividad delante de una de las tres ventanas que da al comedor, véase living room, de mi brand new choza. Entro en contacto con estas movidas especialmente de noche, que es justamente cuando todo debería estar calmado y, como mucho, en el patio de puro cemento grisáceo debería haber un par de latins dándole al güisqui cola-wey con una chorba que, a pesar del clima, irá escotada y con un tanga rojo amenazando en mostrarse en toda su bershkalidad. Pero ellos siempre desaparecen cuando la cosa se pone rara.
De noche, cuando no estoy barriendo iPhones con la tocha, suelo leer entre humo y techno que suena a través de unos auriculares Sennheiser de tamaño de un ass para gangbang, que me los tengo que poner para no atormentar todavía más a mi compañero de piso, El Filósofo, enfrascado en estos momentos en pintar un cuadro bicolor en el que Nietzsche, Sloterdijk, Zizek y -no estoy seguro del todo- Habermas fuman opio con una cachimba gigante que lleva la cara de Karl Marx con orejas de Mickey Mouse.

Es en estos momentos de contacto by night con las letras, en estado físico, en papel, cuando, al pasar de página -habiendo perdido el hilo del texto por enésima vez, y aburrido de leer mal y repetidamente el mismo párrafo todo el rato, cambio de página por hacer algo-, un coche municipal se da una vuelta por el patio. Y a partir de ahí, es un no parar.

Esto acaba de pasar hace apenas una hora. El coche era un Prius mierdoso de los ecológicos ocupado por un único enfermo que ha hecho una vuelta de reconocimiento bastante fugaz. Ha dado una vuelta sobre una pileta rectangular y grande que es donde se apoyan los latina-wey y su chorba al caer la tarde. El coche se ha pirado.

Vistas diurnas postmodernas desde una de las ventanas del comedor, living room, de mi brand new choza

Pero vuelve. Y vuelve cuando un gordo con un anorak gastado y de colores chillones abre una puerta. ¿Qué puerta? Eso es lo interesante, lo verdaderamente interesante. Una puerta que da a una chozilla de obras. Porque delante de esa ventana, la más grande de las tres de mi comedor, living room, están construyendo mucha merca para agrandar, o algo así, la Estación de Francia. Y a las 2 de la noche, al no estar nosotros en China, nadie trabaja. De ahí lo febril y subterránea, amigos y muy estimadas lectoras, ¿qué pinta un colgado metiéndose con llave propia, es decir, sin forzar la puerta con su grasa, en la caseta muerta, especialmente cuando mañana es un día de fiesta? Pues no lo sé. O sí. Pero lo sorprendente es que el tipo actúa como si fuese un acto furtivo, ya que mira a ambos lados de la puerta antes de entrar, para asegurarse de que no está siendo observado. Cosa estúpida, porque el tochazo de edificio que tiene detrás está iluminado en la primera planta, en la que me encuentro yo sentado escuchando a Nick Fanciulli en SoundClound, fumando un Manitou Organic la mar de fino y muy necesario, leyendo Emociónese así y también cosas sobre la tradición literaria y las rupturas de las vanguardias de los veinte, y jugando al Porn Angry Birds. Pero el gordo da por hecho que en las casas estas, nadie estará pendiente de su grasa articulada abriendo la puerta. Segunda pregunta, más importante, o más paranoica, ¿qué pinta el buga municipal codeándose con el gordo y sus torpes gestos? No lo sé, tampoco. O sí.

Mi idea de todo ello es que dentro de la caseta de las obras hay muchísima merca. Y que llega toda en tren desde la Estación de Francia. Un conductor corrupto carga la merca en la frontera, que ha llegado a Francia vía PyanAir, que a su vez llega con Turckish Airlains, y esta viene en carro desde un laboratorio secreto en Birmania, concretamente en una región concreta del norte [sic]. El gordo no es en realidad gordo, sino anoréxico, por eso le han contratado. Siempre va de gordo pero lo cierto es que lleva toda la merca alrededor de su cuerpo. Incluso puedo añadir que morirá de sobredosis en pocos días, agravada por haber emprendido una huelga de hambre para reclamar un aumento de sueldo que, obviamente, sus jefes ignoran, y dejan que el tipo se muera y contratan a otro parado con cualidades similares.

Esta historia está bastante bien. Pero hay un tema que hoy me ha llamado todavía más la atención.

Es una historia mucho más triste, con un final poco feliz. Un final más bien fail. Bueno, lo del gordo no es un final feliz, pero sí podemos generar emoción al contar la historia, motivarnos, reírnos de él, etc. Pero no en lo que ha ocurrido justo un poco antes. El eje temporal, para no perdernos es:

1. Latins-güsquicola/bershka
2. Lo que voy a contar ahora
3. Coche ecológico de mierda con un enfermo dentro
4. El gordo anoréxico+coche de mierda.

Un par de colgados, una media hora antes de la incursión del gordo-anoréxico (paradoja solo solventada gracias a la incorporación de cantidades ingentes de merca entre el anorak de mierda y las costillas flotantes del tío), han aparecido, uno con boina y el otro con capucha, no demasiado animados y han ido, oh terror, a la puerta de la caseta. Pensaba que irían también a por merca, o quizás son una minimafia local que va a robar o mendigar algo sobornando al conductor de tren -que vive permanentemente en la caseta, rodeado de merca y chorbas, siempre que no tenga que trabajar ese día. Pero no, tras haberse ubicado delante de la puerta, la han palpado, y han mirado a los dos lados. Es como si esa puerta solo pudiese ser abierta si miras a los dos lados. Pero no la han abierto. Han hecho un par de pasos sincronizados hacia la derecha, donde hay una tela que funciona como verja que limita la visión de las chapuzas masivas de las obras. Y, ahí, han sacado un spray y han hecho un único graffiti. Si son dos, y solo lo ha hecho uno, cosa que he constatado, significa que, técnicamente, como profesional, uno de los dos estaba en el paro. Así que en la zona de Barceloneta Borne hay una alta tasa de paro graffitero por la noche. Como en Ceuta, o peor. Pero eso es un tema que se lo dejamos a los intrépidos reporteros de El Economista.

¡MIRAD LA B!

La pintada que han hecho era, para seguir con el tono del relato, una auténtica mierda. Decepcionante, vaya. Una "B" mayúscula. Nada más. Encima con un solo trazo, ni en efecto 3D ni pérdidas de tiempo similares. A secas. 

La B es el mismo logo que el de la pegatina de la puerta del buga municipal, lo que podría ser una clara amenaza al cártel de merca que circula en esa mágica caseta. Y ahí hay tantos hilos abiertos que prefiero no continuar. La cuestión es que los tíos se han pirado. Sin más. Y eso es una historia triste. Unos graffiteros muy low profile.

Esta foto no tiene nada que ver con nada. De hecho, tiene más filtros que un porro de un choni. Y es malísima, pero tiene su impacto. Especialmente el PacMan de la Moleskine.

Estoy esperando al viernes para comprarme una pistola de balines y poder participar activamente de esta especie de actividad febril y subterránea.

Imaginaos un gordo anoréxico abriendo puertas. Un conductor corrupto rodeado de chorbas y merca. Un coche de mierda con un colgado dentro. Dos graffiteros, uno de ellos en paro, y, además, un tío random con el pulso de un iPhone en modo No Molestar (iOS6, por supuesto) pegándole balazos a todo lo que se mueve.

Lo ideal, reconozcámoslo, es la latingirl bershkanizándose, pero eso solo ocurre antes de las 12 de la noche. Y es muy pronto para acostarse, todavía, así que, después de las mujeres, la guerra.

http://feeds.feedburner.com/PuraVanidad-VanityDust
BlogVanity Dust