Una tarde de paseo con Paco Pritchter y sus plantas.

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Estoy cansado de darle mosquitos a la planta carnívora. Primero, me pican a mí. Chupan mi asquerosa sangre. Así mi planta se alimenta mejor. Da un poco de mal rollo, por eso suelto dos o tres por la habitación mientras me la pelo, es una forma de distraerme mientras ellos hacen su trabajo. Y, sobra decirlo, placentera. Mientras toda la sangre se concentra en mi miembro viril, los mosquitos se abalanzan sobre mí, en la espalda, brazos, donde pueden. Mi planta me lo agradece con un crujido amistoso, yo acaricio sus espinas raras. Una planta carnívora es como un amigo. Si pudiera, te devoraría, pero se conforma con los resquicios de tu vida que le vas suministrando para que te joda alegre y lentamente. Los enemigos son como las plantas normales. Molestan, están ahí, no paran de crecer, y son casi inmortales. Las flores son como las tías. Huelen bien, cuando las riegas se ponen escotes de colores, y cuando menos te lo esperas, se pudren. 
Después del trabajo tomo una caña solo. En la calle. No me gustan los bares ni las terrazas, prefiero la calle. Un banco, una plaza, una esquina. La entrada de un cine. La entrada de un parvulario. Mi cerveza y yo. Siempre acabo con ella, y esto me da sensación de seguridad. En la vida solo puedes acabar contigo mismo y con la cerveza. Aun diría más, la cerveza puede acabar contigo. Una simbiosis ideal. Acabo de llegar a casa. He estado bebiendo delante de una floristería. Me interesaba ver el tipo de clientes un viernes por la tarde. Básicamente, tíos demacrados y viejas con la nieta en el hospital por sobredosis. Los tíos demacrados se pueden dividir en dos grupos. Los que están más jodidos suelen venir con una idea fija en la cabeza. "Quiero estas". A esto le llamo yo experiencia. Son muchas las veces que han utilizado el recurso floral y, en una larga trayectoria de ensayo-error, eligen de serie las que más polvos les han aportado. A esto le llamo yo superstición. Los otros, menos demacrados, no son tan hábiles a la hora de elegir. Miran precios. ¿Las más caras? ¿Quizá pensará que estoy demasiado desesperado? ¿Unas baratas? ¿Y si piensa que soy un rancio? Ante estas disyuntivas, prueban una segunda estrategia. Las huelen, no sin disimulo. Se hace tarde. Eligen con la mano temblorosa. Pagan. Y se sienten un poco ridículos. Si fuera un poco más sociable, les desearía un "suerte". Pero prefiero seguir bebiendo mi cerveza. En cuanto a las abuelas, tampoco les deseo "suerte". Paso de flores, prefiero quedarme con mis agradecidas plantas carnívoras. 
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