Una mañana de mierda

He dormido 14 horas. Al levantarme, mi cuello era como un contenedor de basura ardiendo tras una huelga general. La cocina, como es habitual siempre que El Filósofo trata de hacer algo parecido a comida —recordemos que es vegetariano—, está hecha una mierda. Cazos por todas partes, restos de arroz, manchas de aceite, trapos sucios, cebollas sin envolver tiradas por la nevera. Tampoco ha puesto ninguna lavadora con sus gayumbos llenos de tropezones de mierda ni me ha devuelto los 45 pavos que me debe. Me pregunto de qué cojones sirve leer 200 páginas al día de libros como 'Justice in the XXI Century' o 'Blowing Kant' o 'Be Descartes my friend' si luego eres incapaz de coordinar dos acciones ordenadas en tu vida real. Y encima te pasas la mañana en pijama. No conozco mayor crimen ni mayor pérdida de tiempo. Si los filósofos tienen que ayudarnos a ver las cosas más claras, o a cambiar el mundo, prefiero irme a vivir a Valencia, apuntarme a un gimnasio, meterme ciego de coca y de esteroides y follarme a analfabetas tetudas rubias de pote en un Hummer alquilado. Vaya que sí. 
Sigo con ganas de meterle un gramo entero de MDMA en su mierda de desayuno de kellog's y que se pegue un buen viaje. Encontrármelo arrastrándose por el suelo del comedor, riéndose por primera vez en seis meses, sin estudiar ni poner cara de asesino en serie amateur al amorrarse a sus libros comprados en Amazon a precio de oro e importados de talleres chinos camuflados de honestas casas de edición (respirar aquí). 
He perdido toda la mañana revolviéndome en las sábanas, maldiciendo para mí mismo una serie de traumas adolescentes. La prostituta rumana. Razzmatazz cuando tenía 17 años. Mis negocios con el hash. Mi moto sin frenos. Lo que encontré en el bolso de aquella profesora de historia de catalunya. Mierdas así. Cosas que pasan. 
A pesar de mi destrozado cuello, lo primero que he hecho ha sido servirme un vaso de cerveza y encender un cigarro. Seguía lloviendo. Y odiaba a bastante gente y me sentía indiferente ante la mayoría de problemas contemporáneos. En cambio, he sentido un profundo dolor por los indios norteamericanos cuando fueron asesinados en tropel a la llegada de los ingleses. Ahí sí se complicó la historia de Occidente. Ahora estaríamos todos viviendo en agradables tiendas, adorando a las águilas y pillando enormes ciegos con la pipa de la paz. 
El Filósofo se ha ido a clase, para variar, dejando la cocina todavía peor. La gente que no come carne lo pasa mucho peor de lo que dice. Y la gente que lee libros de más de 400 páginas sin una protagonista que esté buena (libros de ensayo, por ejemplo) tiene serios problemas de coordinación emocional. Y si juntas las dos cosas: no comer carne y leer ladrillos, el resultado es un estropicio parecido al de una rave con música clásica. 
He mirado por la ventana. Lluvia de mierda. Día de mierda. Tos, mucha tos. Otro cigarro. He intentado arrepentirme de algo. He sido incapaz de hacerlo. Revisando el iPhone, doscientos correos atrasados de dosmil novedades editoriales de las cuales apenas conozco a la editorial. Solo si hay jefas de prensa molonas. Es mi único criterio a la hora de reseñar un libro. 
El iMac me ha saludado con un par de temazos de FaltyDL. He respondido un par de mensajes de Facebook y luego he caído dormido delante del ordenador, otra vez. Lo que he escrito con la frente ha sido: jfsldfasdfgñsadgsdagnsadñfgsaofgsamfgñsadg.
Otro cigarro. Vamos allá. Que esto ya va tomando sentido. 
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