Una batalla verbal entre el dependiente de Dolce&Rabanna y un basurero local

Nos miramos mi sombra y yo y preferimos no decir nada, ninguno de los dos. La batalla campal de tacos entre el basurero y el dependiente de Dolce&Rabanna parece no tener fin, igual que las fábricas de India con niños de 3 a 6 años donde se producen las bufandas que la marca italiana vende por Internet en outlets parecidos a Pribalia. Los outlets, cuando me preguntan algunas chicas del ámbito de las revistas de tendencias, los defino como el concepto más exitoso de orgía lumpen consumista de los últimos treinta años.

—Me cago en tus putos muertos pastafiore de los cojones. Iros a vender vuestra mierda para macarras en los tenderetes de la torre de Pisa. Dejadnos en paz, mamones —dice el basurero. Mientras grita, el basurero amenaza con levantar uno de los cubes grises llenos de basura generada por restos de crêpes nutella de los guiris y aplastarlo contra la gran cristalera de la tienda, detrás de la cual se encuentran varios maniquíes fabricados en las afueras de Shanghai.
El dependiente, algo abrumado por una situación para la que no ha sido formado, trata de racionalizar el percal. Intenta obviar el hecho de que el basurero huele mal y, aunque el funcionario cobre más que él descontando las comisiones, no deja de sentirse como mejor ubicado en el atrofiado escalafón social.
—Mira, aquí somos gente honesta que siempre dejamos la basura en su lugar. Lo que pasa es que hoy mi compañera, Martina, tenía algo de lumbago y por eso ha tenido que dejar las cajas tan lejos de los contenedores. Pero no es nada personal. La mala suerte es que las 500 cajas incluyen todas las remesas de navidad, por eso había tantas hoy.
—CRETINO PIZZERO, me la suda completamente la jodienda de tu compañera. Lo único que la salva es que tiene unas berzas suculentas, el resto me da igual. Y como las berzas no las puedo manosear legalmente, el asco que me da no cambia nada. Si tengo que estar haciendo excepciones y escuchando las excusas de cada puto ciudadano de esta ciudad de guarros, me peta la cabeza, ¿entiendes?
—Lo sentimos. No volverá a ocurrir.
—¿Sabes lo que no volverá a ocurrir, piltrafilla?
—…—el dependiente retrocede, su corbata se doble un poco y el traje se pone como tenso, reaccionando a los pectorales cuidadosamente trabajados de Cristian, de los que se siente orgulloso, solo a veces.
—Me he liado, lo que quiero decir es que lo que va a ocurrir es que voy a mear ahora mismo en tu puta tienda. A ver qué te parece. Resulta que tengo incontinencia urinaria, a como se llame. Si tu peñazo de compañera de curro tiene lumbago, yo ahora mismo tengo unas ganas de mear tremendas.

Mi sombra y yo seguimos caminando. Como idealistas y fervientes creyentes en la bondad de la naturaleza humana, solo estamos hechos para tolerar happy ends.

http://feeds.feedburner.com/PuraVanidad-VanityDust
BlogVanity Dust