Un poco de party en Madrid y una lección de convivencia identitaria en pleno reenganche

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  [dropcap style="normal or inverse or boxed"]M[/dropcap]e engorilo la última noche en Madrid en uno de mis habituales achaques de workaholismo adulterado, resulta que me quedaba mogollón de merca del fin de semana y he pensado que sería un desperdicio tenerla que regalar antes de regresar a BCN con ella in da body. Ya casi amaneciendo, decido escribir un post y hablar de algunas movidas de la capital. Y, entonces, he buscado alguna foto en el iPhone y lo único que he encontrado es una foto con el número de usuario y la contraseña del wi-fi de casa del colega que buenamente me ha hospedado junto a su entrañable chorba. Mi lado community proactivo me mete bulla: «Joder, Vanity, ¿en la era de Instagram y haces un viaje sin sacar una puta foto? Has salido de fiesta, has estado con gente molona, ¿y nada, no podías dejar un recuerdo con filtros para compartir en tu mierda de post de reenganche?» Pero mi lado bah pasa olímpicamente: «haces bien, tío, mejor que hayas usado la batería para intentar levantar el percal musical del sábado por la noche.»

El sábado estuve un rato dentro de una discoteca en la que sonaba un reaguetton muy chungo (o algún sucedáneo igual de chungo) y que estaba lleno de gente pasándoselo bien. Me quedé impresionado, aturdido, fue un choque de realidad. Me asombra que haya gente que se lo pueda pasar tan on fire con eso. Es casi admirable, como conocer de golpe a 100 personas que pueden alimentarse comiendo yeso. Y tú, en cambio, complicándote la vida con dietas a base de beats impertinentes.

mini soundsystem

Luego estuve en una casa muy pro con gente muy pro. Con un solo problema: el altavoz. El soundsystem era un altavoz rollo bluetooth que podría servir, pongamos, para acompañarte como música de fondo en la ducha. Pero necesitábamos musicalizar el loft entero con más de 15 personas dándose la chapa ebrios y ello derivó en una tarea exasperante, la misma que cuando has olvidado inexplicablemente una de las infinitas contraseñas de las cuentas que tienes por ahí en la red y que de golpe necesitas usar como nada en la vida. Que el soundsystem no estaba logrando sus objetivos acústicos quedó más que claro cuando alguien sacó una guitarra y se puso a cantar.

En esa casa me enamoré varias veces, pero el sonido no acompañaba y así es difícil hacer bien el trabajo. Hubo bajas y nos quedamos los engorilados de pro hasta que consideramos que una retirada forzando el tiempo añadido era mejor que lanzar un penalty a la tercera gradería después de empatar en la prórroga. Salí, eso que quede bien claro, amando mucho a toda la crew que había conocido esa noche e idolatrando, más si cabe, a la responsable y artífice del jolgorio.

El domingo, salí de nuevo. Esta vez, la cosa fue más onfireista, incluyendo un Detroit calling y un público que aguantó hasta 4 canciones con las luces encendidas a la hora de cierre. Y ya lo aviso, en Madrid se puede fumar en los clubes o, en otras palabras, los seguratas tienen la vista tan gorda que solo les falta un mechero para colaborar. La laxitud legislativa, a mi entender, es un síntoma de confianza y madurez. La ley que limita nuestra conducta como toxicómanos está ahí, pero aquí ya somos mayores como para cumplirla. Bailemos, joder.

Mientras tanto, en mi ciudad, Barcelona, el barullo político se transformaba en avisos y demás movidas en las redes, cosa habitual en los últimos tiempos y que considero totalmente absurda e injustificada. Y esa crispación, sin embargo, no lograba perturbar el flow a mi alrededor. Esta es la mejor prueba:

LA BUENA PEÑITA DE MADRID ♥ LA BUENA PEÑITA DE BARCELONA

Salimos del club y busco un lugar en el que liarme otro cigarro y apoyarme. Se acerca un menda modo choni buenrollero y me pregunta por tabaco. Claro, man, ahí lo llevas. Liáte tantos pitis como quieras (el M y el buen techno te convierten en una persona mucho menos hostil que cuando estás sobrio y rodeado de peña normal y serena).

—¿De dónde eres? —pregunta el colega.

—De Barcelona —respondo con naturalidad y dándole una calada tocha al cigarro.

Se hace el silencio. Su cara muestra un leve asombro y sus ojos se abren unos milímetros más. Y su respuesta, a eso de las siete de la mañana de un lunes (en Madrid era fiesta, aunque bueno, a mí eso no me justificaría si tuviese una vida normal en Barcelona el estar merodeando por ahí arriba como las grecas).

—De barna —repite para sí mismo para digerir la información. Y lo hace, con la naturalidad y el caballerismo de un pacifista nivel séptimo dan—. Me parece cojonudo que seas de Barcelona. Bueno, en realidad, es que me da igual de donde sea la gente. Hay buena peña y mala peña, eso es lo que cuenta para mí, tío.

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—No puedo estar más de acuerdo. Ayer mismo estuve rodeado de gente bailando reaguetton. Y eso no es tarea fácil. Pero, mi querido chandal boy, en Barcelona la gente también baila reaguetton. Y lo sabes, lo sabe todo el mundo. Y ellos también tienen opiniones políticas y debo respetarlas, mal me pese. Con mis palabras, el colega se viene arriba y da por zanjada la situación con una generosidad inesperada.

—Ya ves, tronco. Buah, pues te presentaré ahora a dos colegas que son unas guarras que te hacen de todo.

—Gracias —respondo con sinceridad.

Las colegas llegaron y no mostraron interés ninguno, ni en mí ni en mi grupo. No me lo tomé especialmente mal. Estaba hecho polvo y todavía quedaba un buen trecho de la capital por recorrer antes de llegar a casa. Por suerte, tenía la contraseña del wifi y algunas movidas que resolver al aterrizar en el sofá del comedor cerca del Vicente Calderón.