Un cierre de noche por todo lo alto y el leve abandono de mi casa Central Scrutinizer. Apuntes de reenganche™ mientras el personal se pierde por la ciudad (con suerte)

Fui a buscar el pase de prensa en moto el martes, para evitar colas y poder comenzar a familiarizarme con el recinto. A todos los periodistas les satisface saber que la bolsa que nos regala Adidas cuesta, de venta al público, unos 40€. Por muy periodista musical que seas lo de la Teletienda de 'valorado en' sigue haciendo su efecto. Evitas sonreír al ver el precio en la tienda de souvenirs y a cuatro japoneses metiendo la cabeza dentro de la bolsa a saber por qué. 
Guardan mi foto del año pasado. Le digo a la chica que ya me vale. La que me atiende es simpática, incluso mona.
Salí del recinto con Frank600, él también con su pase. Fuimos a tomar unas cañas y a mirar los regalos raros que siempre hay dentro de la mochila. Flyers, revistas, movidas de Google+, ¿palillos chinos? Lo dicho, lo que mola es la bolsa, este año de color verde healthy y un marrón tronco. Lo bio sigue haciendo mucho daño, incluso en cosas que no son de comer ni de fumar.  
Con Frank600 habíamos quedado el domingo anterior para comentar el horario, y planear la compra de sustancias. De esto último me ocupé yo. Ciertas cosas que molan hay que prepararlas con la suficiente antelación: un golpe de Estado o una orgía en el campo, entre muchos otros casos prácticos en los que uno se encuentra, a veces sin querer, entrometido y manipulando. 
De martes a jueves faltaban dos malditos días en los que no había nada que hacer: hacer rulos con páginas de 'En busca del tiempo perdido' y jugar a la PS Vita intentando entender de qué va exactamente Assassin's Creed y los algo forzados viajes al pasado medieval, o incluso a una época peor.
Me bajé la App del Sónar para hacer el horario 'personalizado', en plan 'Mi Sónar', cosa que no puede sonar peor pero que no puede ir mejor. Los festivales y la lista de la compra, cada día un paso más cerca.
En aquel momento, llegando a casa el martes algo borracho por las cañas y los entusiastas planes para el festival, los interrogantes estaban por todas partes y las ganas de dejar fluir de una vez el percal eran tan insoportables como un taxista con sobrepeso y camisa desabrochada. No es por el festival, es por todo lo que genera el festival. Cambia la relación con la ciudad, con los amigos, las chorbas, la música, los pulmones, los baños, los seguratas, el techno, los petaos, los rusos, las adolescentes que se cuelan, los backstage, los intercambios de droga, la ropa. Todo, en mayor o menor medida, da un giro bastante, digamos, seductor. Y lo que seduce bien merece ser mancillado cuanto antes. 
Vatican Shadow. Sábado.
Ahora son las 9:50h del domingo. El Sónar ha terminado oficialmente el percal (salvo los conciertos de hoy tarde, modo light cult flow) hace un par de horas. Seth Troxler ha machacado todas mis últimas expectativas, rebasándolas con la misma solera que las Comunidades Autónomas su déficit con el Estado. El buen rollo y la actitud de Troxler, bailongo dominguero —guiños al público, giros de cadera nivel pro, movimientos ondulados de brazos, ese rollo tan Acid—, han causado sensación en el séquito que no estábamos en Laurent Garnier. Ha clavado un set de dos horas, de techno más que digerible y sin trabajar de manera estrictamente gradual. Bajaba intensidad, se perdía con algún tema melódico impecable, y regresaba a la onda. Delicioso, salvo que la gente está hecha mierda el sábado a última hora. Es alucinante el poco aguante que tienen los asistentes del Sónar. Parece que lleven de fiesta tres años. 
Los tíos adoptan un aspecto mezcla entre violador en serie de extrarradio y zombie de segunda en 28 días. Las tías, completamente extasiadas por el rotundo éxito de su outfit con transparencia y escote, deambulan sin saber exactamente qué contarse ya ni cómo bailar un rollo que las cansa más de lo que afirman en público o ante desconocidos con opción a compartir baño. 
No ha habido ultraafter este domingo. Central Scrutinizer (mi casa) ha estado siempre disponible para eventos de tipo festivo, pero en Barceloneta solo hemos estado haciendo warm ups Frank600 y yo. Frank es una iTunes de la electrónica, con lo que las flipadas que me ha enseñado ya forman parte de la colección personal. Birra a mansalva, meternos con Dominik y sus parties berlinesas, y expandir la merca por portadas de libros que no sé si alguna vez leeré. El código se ha apañado rápido: nos poníamos ciegos a clenchas y cuando uno de los dos reconocía sentirse como encerrado en la casa y a punto de romper cosas preparábamos los bártulos y demás y a correr. Hasta hoy.
Esta mañana, mientras entraba con medio pollo de Speed en la mano en una panadería recién abierta con mesas y cuatro Mozos de Escuadrón desayunaban en una mesa, la gente se iba repartiendo por la ciudad. Muchos ya se retiraban, a por el polvo de rigor o a vomitar. Otra gente se ha movido hacia el Fòrum, donde hay un after que parece prometer. Luego está la gente que se queda dormida por la periferia del recinto. Mientras pagaba el croissant de turno, mi casa quedaba fuera de órbita. Mejor dicho, yo quedaba out del sistema de repartición ravera postSónar. Es que la cosa es más jodida de lo que parece. Y estos tienen la culpa:

Lindstrom&Todd Terje/Sherwood&Pinch/Diamond Version/Derrick May/Objekt/Karenn/Maya Jane Coles/Ángel Molina/Vatican Shadow/Maceo Plex/Seth Troxler

Tras este viaje musical, que te ha llevado de cabeza de jueves a sábado, es arriesgado terminar la mandanga y meterte en otro garito lleno de guiris podridos y raveros de pacotilla. Cierto que hay más buenas fiestas este santo domingo, pero qué ganas de correr el riesgo de lacerar tres días impecables (eso ha significado llegarnos a perder más de la mitad del Sónar día porque no nos interesaba en absoluto las movidas que hacían, y de noche sencillamente gritar en voz alta cosas como Skrillex no existe, no estará en el mismo festival que yo, los seres inferiores no merecen morir, su madre no tiene la culpa, etc). 
Y cuando todo pasa queda ese extraño sabor a victoria parcial, a nicotina incrustada en las encías, a pupilas torpes, a botellas de cerveza que ya no deberían estar ahí. Rulos y sabores ácidos. 
No hay llamadas. No hay mensajes. Ni ellos ni ellas andan ansiosos por saber qué se cuece en Central Scrutinizer. Y es normal, la discreción ha resultado ser, sin quererlo pero sin tratar de evitarlo, el plato fuerte de este Sónar. Apenas interacción con terceros —salvo puntuales chapas, desprecios al no dar cigarros, algún que otro desliz con alguna que otra amiga—. Y eso trae una casa vacía el domingo. Y eso hace que Inspector Norse, unos violentos rayos de sol, los 'restos' y una cerveza, completen un panorama que bien podría pasar como desolador. 
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