TRASH

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Ya al elegir el título del post, TRASH, intuyo que lo que voy a escribir (raramente sé cómo terminarán mis textos) estará relacionado con a) actitudes altersistémicas viculadas a movimientos estéticos y postpolíticos decadentes o b) los niños que viven en la basura en Filipinas.
Los niños que viven en la basura en algunas ciudades de Filipinas son un tópico habitual en documentales sensibilistas enfocados a hacer sentir culpables a nuestros compatriotas del primer mundo.

-Mierda, qué bien que vivo, y yo con los antidepresivos y estos niños luchando por comer. Me siento mal, todo es injusto. Tengo que dejar las drogas y apuntarme al gimnasio y hacerme de una ONG y viajar a África.- Y el tipo da un trago a la cerveza y se duerme mientras le cae la baba.-

En la película Mammoth de Lukas Moodysson asistimos impasibles a la visita de una abuela y su nieto a uno de estos basureros. Moscas, peste, camiones volcando mierda y niños debajo hurgando en ella para hallar un trozo de pan sin podrir.

Los dos protagonistas de la película no tienen nada que ver con ello. Una pareja joven adinerada que vive en el Soho de NY. Él, un emprendedor con su propia empresa de videojuegos y ella una cirujana que amputa miembros cada día. Pero todo se tuerce. Ya se sabe. Si no, no habría película. Una mujer filipina cuida de su hija que, como es de esperar, la quiere más a ella que a sus millonarios padres con casa de diseño.
Película altamente recomendable. Luego está la chica tailandesa. Un encanto de bella donna prostituta que se medio enamora del protagonista, en Tailandia por negocios con un socio putero desacomplejado. Pero esto ya no es tan TRASH.
Haciendo caso al título de este post, TRASH, debería tratar ahora las actitudes altersistémicas vinculadas a movimientos estéticos y postpolíticos.
Una forma de contemplar el paso del tiempo y alimentar las fuerzas vitales del Universo es ir a un estanque y dar de comer a los patos mientras escuchas en Spotify a Dave Gahan. Un tema como Kingdom puede ser suficiente para hacerte derramar una lágrima. Contemplas, aislado en tu burbuja, como los niños juegan a pelota y son incapaces de darle tres veces seguidas al balón. Las parejas de viejos son las que más pulcramente van vestidos. Las mujeres con pendientes, collares y pulseras. Los hombres, con traje y corbata. Sentados en un banco con la pintura gastada, de un verde oscuro y con manchas de botellones nocturnos, no hablan. Tu tampoco. Los patos sí, pero no los entiendes-todavía-. Has decidido pasar la noche en el parque, aunque para ello seguramente tendrás que pegar al guardia de turno que tratará con malos modales y cierta displicencia de sacarte de ahí y que regreses a tu hogar verdadero. ¿Tan jodidos estamos que no podemos dormir plácidamente en un parque con nuestra tienda de campaña? Sabes, porque lo has visto con tus propios ojos, que en las grandes ciudades de China la gente se levanta a las 6 de la mañana y va a los parques públicos a hacer Tai Chi antes de ir a trabajar doce horas al día. Es la diferencia entre un país naciente y uno moribundo. Y tu misión en este momento es alimentar a los patos, nada más. El plan estético y altersistémico es dar de comer a los patos tanto como sea posible, aumentar su nivel de vida y ampliar sus posibilidades de reproducción de manera masiva. Un mundo lleno de patos, en cada esquina, parque, tienda, supermercado. Patos, patos, patos. Las palomas eran la versión 1.0. Los patos, más ruidosos y devoradores, son el futuro 2.0. Suena la publicidad en Spotify.
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