They call it flow

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32 gramos de tabaco de liar. Unos 70 filtros y 80 papeles (10 rotos, por presionar demasiado con los dedos y zas, a por otro). 2 cuerdas vocales. 8 gintonic. 40 cervezas. Y un amenizador de veladas (eufemismo ideal) al que le podemos llamar El Señor Fino y Constante Que Te Anima Puntualmente el Cerebro con sus Suaves Caricias Revitalizantes, hechas a medida. 
Todo esto en 55 horas. Algo de gasolina, también. Comida, más o menos. Sueño, nada. Café, un poco. Sol, apenas. 
Los libros han quedado a medias. Las conversaciones retumban todavía en aquella playa por la que caminamos. Aphex Twin paseó con tacones por nuestros oídos y el cansancio nunca supo encontrarnos. 55 horas que se dilatan como mandíbulas apretadas. Y entonces nos damos cuenta de que nuestros miedos son normales. De que nuestras fobias son una alarma con código. Y entonces los pulmones reciben el humo como una bendición. Y la vida, aquella mandanga inventada por no se quien...
Espera un momento. Cabe una posibilidad. Yo mismo podría ser un escritor orquestado por un creador superior. Yo hago ficciones, y me las pueden hacer a mí.
Entonces mañana nos despertamos y unos preparan la carne, los otros dormimos y nos despedimos de los coches.
La cuestión reside en pensar que el lector quiere leer otras cosas y tu tienes que darle algo así como la tarjeta de crédito para que pueda hacerse una buena clencha.
La recompensa es su recompensa.
Cerremos la puerta para que el humo no alcance las habitaciones.
Domingo por la mañana. Sin acostarnos, nos vamos a la máquina de café. Es invierno. Y nada es relativo. 
A veces escribir es solo dejar constancia. La épica emocional transcurre en un intervalo de tiempo que nunca es suficiente. Y culmina épicamente. De ahí su mérito. De ahí su flaqueza. Los héroes no son personas interesantes. 
Por eso nos queremos tanto.
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