Tales from the hedonism

Suspendido entre dos acciones que nunca llegan a su cometido, escruto el #quieroynopuedo skyline de Barcelona. Ha sido un día caluroso, pero como todo el mundo se pasa el día hablando del tiempo, obviaremos este tema. Los altavoces retumban con M83, mi nueva descubierta musical, en la terraza, llena de plantas cuya procedencia desconozco. Debería estar leyendo otras cosas, pero he caído en las putrefactas garras de Henry Miller. No deja de ser un perro viejo divertido, enternecedor. Lo único que se salva de su vida es que sabía escribir. Y eso es lo que salva a algunos escritores. La gran mayoría de escritores tienen otro problema, un enorme defecto, llevan una vida respetable y escriben como el culo.
El día ha volado haciendo gestiones vía Internet. Responder mails pendientes a gente que no conozco, revisar Twitter, ordenar las fotos del Sónar, responder con agradecimiento a un Spam sobre viagra. Me queda menos para terminar Twin Peaks. Voy demasiado atrasado con algunos productos culturales de los 90. Creo que soy compulsivamente adicto a lo más actual. Ello genera un background bizarro cuyas lagunas cubro con un manto de píxels en forma de tipografías ilegibles (como esta frase).

Ahora creo que van a llamar a la puerta. Los melancólicos beats apocalípticos de Skin of The Night me retrotraen a la realidad. El mundo se divide en dos. Lo que va a ocurrir en mi casa desde ya hasta las 7 de la mañana, y el resto. Los talibanes, los pepinos, las colillas en la salida de teatros para jubilados...

Ding, dong.

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