Sónar 2013: la crónica de los 40.000 caracteres más larga de la historia del festival, los 15 djs selectos dentro del griterío general, el compañerismo alegre y entregado con matices politoxicómanos y un pateo de aúpa durante los tres días y dos noches del 20 aniversario en modo freestyle

Sónar Noche. Viernes.
—Perdona, ¿sabes quién pincha ahora?
—Claro. Maya Jane Coles.
—¿Y es buena? ¿Sabes si hay algo de minimal techno hoy?
—A ver. Maya es buena. Y si te quedas en este mismo escenario, mancebo, verás a Paco Oscuna y a Richie Hawtin dándolo todo, ambos artífices del mínimal, digamos.
—¡Oh! ¡Gracias!
—Perdona, ¿Quiénes son estos que pinchan?
—Karenn.
—Perdona. ¿Y este tío que está ahí en los platos?
—Derrick May.
Tuve que tragarme estas tres preguntas en una sola noche del Sónar, comprenderéis que este Sónar fue duro. Estas alarmantes preguntas, especialmente la primera y la última, son propias de un turista que está en el campo de Mathausen y le pregunta al guarda por qué ya no usan la barbacoa, o si hay algún súper cercano para ir a comprar un par de chuletas. Pero no seamos elitistas o rencorosos, son cosas que pasan en los festivales grandes. Todo producto cultural que se democratiza y expande funciona en dos direcciones simultáneas: por un lado aprovecha el pastizal que se saca para traer a grandes nombres mierdosos y comerciales, y por el otro aprovecha la esponsorización y demás pasta para perfeccionar el cartel con djs más interesantes y seguir guiñando el ojo a los sibaritas diciendo 'eh, ¿lo veis? ¡ese tío es muy de culto!'.  No veo nada malo en ello. Solo que para el periodista musical serio y riguroso se añade todavía más trabajo extra.

El trabajo de este año en el Sónar fue básicamente:

1. Elegir unos 10 djs de los 130. Esto supone un elitismo extremo, pero a estas alturas uno ya no está para bollos.
2. Acondicionar mi casa de Barceloneta: tal es el nivel de entrega para garantizar una conexión directa vía redes sociales y blogs y colaboraciones que decidimos cambiarle el nombre a mi piso de Barceloneta: Central Scrutinizer.
3. Si los brokers norteamericanos toman drogas sin pudor para trabajar tantas horas como haga falta, el buen periodista musical puede recurrir a ellas sin problema para mantener la atención el tiempo que haga falta. Si hay que meter codazos para pasar entre guiris sin camiseta, o usar Shazam para ir detectando temazos mientras con la otra mano levantada siguiendo el ritmo, o llegar a casa y hacer unos poemas dedicados a la rubia en bikini. O sencillamente no quedarse dormido en el metro. 72 horas de fiesta bien pueden ser acompañadas de todo tipo de sustancias. Tenemos toda una eternidad como cadáveres para dejar de tomar drogas. No me interesa especialmente que alguien me cuente que su coche es azul, y que me cuente que el coche azul va a favor de los valores del agua marina, que eso es lo que realmente mola, y no los coches rojos que emulan la sangre de un toro enfermo. Apliquemos el mismo razonamiento al tema mercantil festivalero. De hecho, hasta los 23 años iba anualmente a dos festivales sin tomar drogas. ¿Acaso he perdido el tiempo contando mis batallitas al respecto?

Conclusión profesional culinaria:

4 gramers de Speed.
1 Gramer de Coke.
1 Gramer de M.
1/2 Gramer de M marrón imported desde Berlín —esos benditos restos—.
2 pirulos.

Como veis, nada del otro mundo. Un poco de animación a modo de guateque urbano. Y, ahora, a trabajar como toca.

Domingo. 5 días antes del Sónar.
Frank 600: Bueno. Así nos queda el horario. Vamos a ver a 12 djs a lo largo de 3 días y dos noches de festival. Por ejemplo, el jueves abren a las 12 pero llegamos directamente a las seis. Y el sábado día llegamos directamente a las nueve de la tarde. Para ver una hora y ya.
Vanity: Joder. Lo hemos conseguido. Este año creo que hay como 130 djs en total. Llevamos tres horas discutiendo nombres y tachando horarios. Espero que no hayamos puesto ninguno de más.
Frank 600: Ahí lo llevas. Hemos quitado hasta Kalkbrenner, Hawtin, Garnier. Esto es como despedir a los jefes o algo así.
Vanity: Sería como cerrar la empresa, directamente. 
Frank 600: Si tenemos un pase de prensa tenemos que sudarlo, darlo todo y garantizar la máxima calidad de nuestros tímpanos en todo momento. No podemos estar pasando el rato de ahí para allá hablando de cosas graciosas y manoseando un osito de peluche. 
Responsabilidades del periodista musical:
1. Llegar a horas intempestivas para saltarse mierdas de conciertos y sesiones.
2. Meterse clenchas al lado de los altavoces.
3. Pintar las espaldas de los guiris sin camisetas con spray negro: 'Born to lose'.
4. Caminar por el festival como un soldado raso en las trincheras. Cabeza alta, mirada al infinito que nadie aprecia debido a las gafas de sol.
5. Detectar los baños más freestyle.
¿Estamos?
Martes. 2 días antes del festival.
Voy a casa del dealer. Desembolso como 100 pavos por todo el tema, muy gustosamente. Hablamos de tías y de djs. Regreso con la moto a Barceloneta con la mochila emitiendo un santo olor a manzana ácida.
Miércoles. 1 day left.
Quedamos con Frank 600 y vamos a pillar los pases de prensa. Guardan mi foto en el archivo del año pasado:

Así no hizo falta que me sacasen otra foto con las mierdas de webcam.
Coqueteamos con la chica que gestiona los pases.
—Ostias. Es la misma mochila Adidas que la del año pasado pero en color verde. Así se puede poner más sucia, no como la beige del año pasado. Y ahora que lo pienso —le tomo la mano a la chica e inclino mi cuerpo por encima de la mesa—, tú no serás de esas mozas que cuando escuchan a Diamond Version se ponen sucias, ¿cierto?
—Ehm, bueno —la chica mira a su alrededor a ver si está su jefe. Mentira. No hay jefes en la zona de dar pases de prensa a petaos listillos—, me pone mucho más Skrillex. Ya sé que no debería ser así. No sé, es como los tíos que miran porno y siempre acaban cayendo en los vídeos de Fat Drunk Girl having fun with herself and her Nokia 3210.
—Ante tamaña confesión, Frank 600 y yo nos miramos y contamos hasta tres en voz alta y salimos corriendo.
Jueves 17pm. Llegando 5 horas tarde al primer día de festival.
Repasemos la lista de Djs:
Jueves día
1. Gold Panda / Liars
2. Metro Area
3. Lindstrom&Todd Terje
Viernes día
1. Elektro Guzzi
2. Atom TM
4. Matthew Herbert
3. Diamond Version
4. Sherwood&Pinch
Viernes noche
1. Ángel Molina
2. Maya Jane Coles (un rato)
3. Objekt
4. Karenn
5. Derrick May


Sábado día

1. Vatican Shadow
Sábado noche
1. George Fitzgerald
2. Maceo Plex
3. Seth Troxler
Mierda, son como 16 o 17. Por suerte (autospoiler) George Fitzgerald será bastante desastre y pasaremos de él. No llegaremos a Elektro Guzzi ni a Atom TM (error, lo siento, bajadme el sueldo).
Outfit al salir de casa Central Scrutinizer con la tocha más encendida que una bengala en una petrolífera de Arabia Saudí:
1. Camiseta mia de Winners Don't Use Drugs.
2. Pantalones cortos por encima de las rodillas
3. Gafas horteras rollo RayBan
4. Gorra con estampados de unos postes de electricidad
5. Zapatillas Fred Perry.
Nuestra decepción al pillar el metro es total. Yo pensaba encontrar un auténtico festín de gente borracha dirección plaza Espanya. Pero no, parece un día cualquiera en el habitual funeral ciudadano que tan de moda está en la ciudad. Llevamos el pase de prensa colgando del cuello, como el típico memo que quiere alardear de algo que al 99% de la población se la trae muy al fresco. Nos sacamos una foto con Frank 600 y se la mandamos a Dominik en Berlín. Le escribo a mi amiga gallega que llega finalmente el sábado.
Amor de mi vida. Voy para el Sónar. Te prometo que buscaré el mejor baño de todo el festival para que podamos celebrar nuestra politoxicomanía en paz y sin ropa.


Rajoy y Bárcenas estarían orgullosos de este tipo de SMS, no me cabe duda.

Entramos y vamos directamente a la barra.
—CERVEZAAAAAAAAAAA.
Si te hacen comprar tickets en un sitio y luego pedir en otro, hablamos de un Fiesta de Pueblo Style, con lo que es legítimo comportarte como un parado rural que vive en el pueblo. Y repetir.
—CERVEZAAAAAAAAAA.
Con las dos birras en la mano le damos al asunto. Toilet. Encontramos un baño en zona segura, caluroso y con pestillo. Traca-trá.
Ya en el césped artificial del escenario Village, Gold Panda se presenta bastante cañero. Parece que pasa bastante de su habitual mystic-pop-emo que tanto les gusta a las embarazadas y se apunta a un estilo bastante más delightful. Mezcla cosas de Fuck Buttons y mis mandíbulas se lo pasan la mar de bien:

Termina Gold Panda y me encuentro con MarieJane. Estudiamos juntos periodismo y es tierna y sabe fluir. Me dice que está pensando en dejar su máster en Artes plásticas y yo le digo que he dejado el mío de literatura y filosofía. Los másters están tan mal diseñados como los cerebros que desearían ver a Skrillex pinchando en un after en el castillo de DisneyWorld París. Fumamos sendos cigarros, compartimos confidencias. Nos abrazamos y me presenta a dos amigas cuyos nombres soy incapaz de recordar al instante.
Le cedo mi coke y se va al toilet. Compartir drogas es como compartir taxi, te uno de un modo que no sabes definir exactamente, pero que sin embargo es entrañable.
Frank ha ido a ver a Liars. Intentamos encontrarnos en Metro Area pero no hay manera. En Metro Area falla el sonido. Pitote. Me encuentro a una famosa presentadora de la tele que conozco de hace años. Tiene una pinta de mouthfuck fabulosa, y parece que va todo el rato ciega. Que nació ciega, vamos. El resto le vino rodado, como a la mayoría de pivones incapaces de asomarse al balcón que da a la felicidad. Ahora dice que tiene una empresa de Real State. Y yo voy a pescar los domingos por la mañana en bañador, chanclas y calcetines.

Un día de suerte.
—HIJODEPUUUUUUUUTA —Mierda, me llama mi manager, Karl Straüss— ¿Estás en un puto festival de música electrónica, vendiéndote como un maldito yonkie profesional y no paras de poner fotos de mierda para hacerte el gracioso? ¡NO ME JODAS!
—Ostia, Karl. Hoy sí te doy la razón. Lo siento, pido disculpas públicamente. Los excesos de confianza, vengan de donde vengan, suelen convertirnos en gilipollas aplatanados. Ahí van unas fotos, amigo Karl.
Primero, siempre una foto de chorbas.

Segundo, siempre otra foto de chorbas.
Tercero, una foto de lo mejor del día: Lindstrom&Todd Terje live.
Estos dos se las traen. Genios absolutos del Nu Disco, bailongo y cachondo at the same time, sacan todos los ases de la manga en cuestión de una hora. Piel de gallina con Inspector Norse, ese gran amigo, Lanzarote y Strandbar, en subidones acompañados de teclados faltones de 10 minutos. Batería electrónica. Para mal, es la hora de todo el festival que más rápido circula por mi retina y mis tímpanos. Pocas veces algo tan bueno me había sabido a tan poco. Por si fuera poco, el M marrón que Frank 600 importó de Berlín —a su vez llegado de Holanda— da unos coletazos lascivos a mi cerebro que se deleita como voyeur de pro ante las suecas random que merodean por el recinto en bikini y faldas que se levantan como automáticamente cada 5 minutos. 
Apuntes: me he encontrado con mi dealer también. Vaya con el pitote y los trapis bumpin'on. También a una amiga que tiene una amiga de la que estoy como gratuitamente enamorado. Lindstrom&Todd Terje se ocupan de TODO el resto. Y acaban la sesión con...ESTO

Toma bukkake hormonal en el césped artificial.
Por la noche, sin Sónar Official, toca una visita a Catwalk, convertido en sede de Dixon, Steve Bug y otra gente divertida. Me acompaña AK. Comentamos asuntos relativos a la ultraderecha española y a las sectas religiosas con poder estratosférico. Nos fundimos un gramer de coca —¿otro? ¿pero de dónde ha salido este?— compramos birra en la playa y nos drogamos tanto en el baño como por los callejones del alrededor. El ambiente es pésimo y los guiris no se enteran de una mierda. Suerte que nuestro ciego y la música salvan el pitote. Hay dealers de Europa del Este en la terraza, y más gente que no se entera de nada. Lo petamos hasta que sale el sol y un tío duerme en un banco bastante dañado.
Viernes. 16h. Barceloneta Central Scrutinizer. 
La palabra resaca hace tiempo que no circula por mi vocabulario. Especialmente si te levantas y puedes seguir metiéndole animosidad a tu tocha. Así que, cortando bien y sin ser especialmente perezoso, me levanto, elijo outfit festivo-veraniego y llega Frank 600. Los dos sabemos que este Sónar estamos conectando de puta madre. Hay complicidades de todo tipo: mercantiles, con rubias y morenas y, of course, musicales. Pasamos el rato mirando mis libros y alguna que otra contraportada, birra fina y al ataque de nuevo. Metro-funeraria. Foto para Dominik. Escaleras mecánicas mirando minifaldas. Acceso de seguridad para prensa. CERVEZAAAAAAA. Toilet. La vida durante un festival de tres días, cuando a tus espaldas ya se han curtido ciegos estrambóticos y sobriedades no recomendables, sigue una rutina precisa y eficiente. Lo único dejado a la improvisación es el descaro musical que puedes encontrarte, y deseas hallar, en los djs que has seleccionado con tu dañado olfato electrónico. 

 

El dominio técnico y el criterio musical de Matthew Herbert, que pincha en el SónarVillage retorciendo temas conocidos e introduciendo súbitas distorsiones propias de un enfermo del minimal, levanta pasiones incluso en los hipsters. Los hipsters tienen un problema en el Sónar: NO DESTACAN Y A TODO EL MUNDO LE SUDAN LA POLLA. Su vestimenta queda sepultada por expertos en llevar camisetas de fútbol, ravers denostados con aros absurdos, tías en pareo, gordos que bailan con dos rulos  en la nariz, chonis tuneados de modernos, modernos tuneados de chonis.
El hipster y la electrónica no acaban de llevarse bien del todo. Los hipsters necesitan la guetización. Todos juntos y compitiendo muy fuerte entre ellos y viviéndolo como si realmente lo vivieran. Por eso el Primavera Sound, evento soso, hulandrón y mandanguero donde los haya, es su terreno natural. Y los organizadores, algo desconcertados por el asunto de que humillen por todas partes a su entregado público, han hecho exitosos vídeos patrocinados por Heineken para levantar los ánimos. Ha funcionado. No hay nada tan bonito que ver un grupo de hipsters dándose golpecitos en la espalda.
Acaba Matthew Herbert entre sudores y aplausos. Quizá se ha pasado de la raya con el asunto deconstructor-de-temazos. Pero lo ha petado a base de bien. Mi primera incursión seria en el SónarHall y viene de la mano de Diamond Version. La gente anda tumbada en el suelo, esperando a que comience el concierto de Alva Noto (Carsten Nicolai) y Olaf Bender que juntos han creado este prometedor dúo. Me sitúo casi delante, en medio, y cuando el concierto parece arrancar —flashes, pantallas de plasma emitiendo luz blanca salvajemente, humo corrosivo—, hago un scanner del público y entreveo a mi amiga galician que se llama Laschy. Un chute de adrenalina recorre mi cuerpo y rebota en las sienes y me abalanzo detrás de ella, tapándole los ojos como una buena amiga hace a la protagonista de una fiesta stripper. Ella sonríe y gira su cuello a la izquierda, sin ver nada. Me acurruco en su cuello cual gato pasado de ácido y ella se gira y nos abrazamos. De hecho, no la veía desde el último Sónar. Y eso es muy grave. Por muy platónico que sea mi pasión por ella, solo una vez al año hace daño. Mientras nos fundimos en un abrazo más propio de la zona de arrivals de un aeropuerto una vibración apabullante se recrea en el césped artificial. Dos chorrazos de humo se entrecruzan donde Laschy y yo nos encontramos, todavía abrazados, y el aire se parte por la extravagante granada acústica, plagada de cuchillazos, que lanzan Diamond nada más comenzar. Y, ahora, unas fotos más para contentar el buen ojo comercial de Karl Straüss.
Diamond Version y yo y Laschy abrazados ante un simulacro del fin del mundo.
Matthew Herbert. No apto para guiris sin camiseta.

¿Qué decir de Diamond Version? Consultemos los medios especializados:

Resident Advisor “…precision-tooled and impeccably sculpted club tracks, powered by the duo’s characteristic strobing rhythms and flecked with absurdist humour.”
Vamos a ver...¿Así que Diamond Version también tienen sentido del humor? Esto se pone complicado, porque si hemos acordado por mayoría en la asamblea que Lindstrom&Todd Terje son realmente unos cachondos, Diamond Version no tienen nada que ver. Problemón. O no.

Existen dos tipos de momentos en los que uno ríe cuando esta ante una sesión de música electrónica. Extraño parecido, clara separación. Hablando en plata, en el caso de Lindstrom&Todd Terje uno abre los ojos, mira al cielo mientras amanece, cruza la mirada con los colegas y disfruta viendo y escuchando una euforia tácitamente generalizada. Digamos que este tipo de humor, de felicidad, se puede compartir. Pero no todo lo que nos hace sonreír tiene el mismo carácter festivo o desenfadado. En plan ciego y a pegar saltitos. Diamond Version son de otro calibre. El sentido del humor que Resident Advisor señala proviene de otro lugar mucho más bestia. Proviene de la estupefacción, de la impotencia ante la majestuosidad del directo, de la esbeltez de la metralla que los dos músicos recrean a destajo. Sonríes, respiras, sacudes la cabeza, bailas. Cierras los ojos y los flashes perturban tus párpados. Esto es, quizás, lo que Resident Advisor tiene que decir.

Jugamos con Laschy a saltar y a bailar como aquellos años mozos en los que nos conocimos en la sala Lolita del Razz. Ella tendría unos 23 y yo unos 21, y ella mandaba mucho más que yo. Los amores platónicos nacen siempre de cierto sentimiento de inferioridad. Cuando los papeles alcanzan el mismo estatus, y la madurez de uno de los dos emerge a la altura del otro, siempre es demasiado tarde. Pero no por ello deja de ser extremadamente sensual y erótico, esa atracción en Diamond Version con Laschy es casi más de lo que puedo desear. Ella es feliz con su vida, yo y mi tablero de ajedrez tratamos de cabalgar matando peones ante la mínima distracción. Y nuestro juego, con Laschy, nunca ha tenido reglas ni jamás terminará. 

El directo de Diamond Version sí llega a su fin, y en los últimos minutos he estado compartiendo opiniones con un extranjero —no guiri, recordemos que el guiri va sin camiseta y es imbécil—, que conoce perfectamente el rollo de DV y espera con ganas a Sherwood&Pinch. Ha venido a Barcelona con su novia y lo están gozando de lo lindo. Sobra decir que en Diamond Version somos más bien pocos, la sala puede estar a un 30-40% de capacidad. La gente andará petándolo con Modeselektor, dúo que seguía a mis 20 cuando lo petaban en el Apolo. El extranjero me rula un canuto, y no le hago un feo. Pero no es mi rollo, así que se lo devuelvo y compartimos exclamaciones admirativas para Diamond Version. 


Esta canción se llama Technology at the Speed of Time. 
¿No es gracioso? ¿No es buenísimo?

Cierran Diamond Version y el sudor de mi frente me indica que lo he estado dando todo, más incluso de lo que creía. Esta sensación es fantástica, entregarte al baile, al éxtasis, sudar calorías y toxinas, abrazar a Laschy y echar unas risas. Todo tan inocente, y es que cuando un Dj pincha a un alto nivel,   y no se amedrenta ante el público frambuesa que no pilla una, altera consciencias y cuerpos y reúne un karma exagerado, desesperado, salvaje. Esa es la idea por la que vale la pena luchar. 

Sherwood&Pinch ponen la piel de gallina, básicamente por una razón: Sherwood es un tipo con una trayectoria espectacular y consolidada. Toda una vida en la escena como productor, y con remixes de Depeche Mode o Primal Scream. Ha fundado sellos, ha creado escena, y su dedicación es tal que acude al Sónar de la mano de la joven promesa Pinch. Es brutal, cómo negarlo, ver a dos genios de generaciones diferentes formar un dúo tan impresionante. Hacerse viejo es divertido, siempre hay algo contra lo que quejarse. Hacerse mayor es entretenido, siempre tienes algo contra lo que cargar. Pero existe esta poco habitual versión, una conexión intergeneracional que desata un resultado completamente inesperado. Reconozco que estoy en S&P gracias al criterio de Frank 600. Tras el éxtasis de Diamond Version, unos minutos de reposo, la sala se va vaciando, y entran ellos en escena junto a algunos nuevos asistentes que saben de que va el rollo. Son las 21h, y es en estos conciertos cuando uno se da cuenta de lo frágil que es en realidad la buena electrónica. De los miles de personas que andan desperdigadas por el recinto, Sherwood&Pinch apenas atraen a doscientas. El resto, los otros miles, desconocen la de veces que han bailado en sus clubes de toda la vida remixes suyos, y la muchachada dejará pasar unos años antes de caer rendida ante el talento de Pinch. Lo dicho, el género Old&Young sacado de Youporn y llevado a la electrónica da resultados incluso mejores que el onanismo autista. 
Añadir leyenda. Exacto, con Sherwood la leyenda está bien añadida. 
Con Pinch, lo que es el encuadre y la cursiva fluyen cosa mala.
Abandonamos con Frank 600 el recinto de Montjuïc felices y relajados. El nuevo espacio del Sónar día, antaño en el viejo Raval, convierte al festival en un evento más dentro del panorama de espectáculos empresarial-festivos de la Fira. Móviles, Bodas, Inmobiliarias y Techno. Poco a poco, en los últimos 15 años, Barcelona ha seguido paso a paso y con paciencia el Proceso de Unificación y Centralización de Negocios y Ocio. ¿Es ello malo?. No en sí mismo, tan solo un poco coñazo. Lo bonito de un festival, o una de las cosas que mola más es su capacidad de autorregulación: horarios, espacios, organización...porque, ¡joder! ¿¡Es que Lindstrom&Todd Terje eran tan vacilones que bajaban adrede el volumen de su directo!?

NEIN. La limitación de decibelios del Ajuntament de Barcelona intercedía cada vez que los dos artistas ultrapasaban lo tolerado. Así que el Conseller de Véte a Saber Qué Mierda andaba regodeándose desde su casa, a sabiendas que su 'criterio' acústico del 'bon obrar dels ciutadans cosmopolites' estaba POR ENCIMA de la voluntad de los organizadores, técnicos de sonido, artistas y un público entregado. No nos engañemos, los políticos de hoy en día tienen un sentimiento de inferioridad tan heavy que les lleva directamente a hacer las mayores gilipolleces. 

Viernes Noche. Central Scrutinizer Barceloneta.

Al llegar a casa abro todas las ventanas del comedor. Hay muchas. Es de noche. Miles de personas se están dirgiendo ya hacia la Fira 2, en ChoniHospitalet. Otro recinto al uso convertido en la bacanal de electrónica más o menos decente del año. Si de día hemos seleccionado pocos artistas, como sabéis, de noche la cosa no aspirar a ser más amplia. Con el iMac encendido, lo primero que hago es abrir Spotify y darle a Inspector Norse. Me relaja ver al fucker bailoteando libre y entregado por su pueblo natal. 

 Norse en la cuadra con sus auriculares dándolo todo.

Norse sin los auriculares y con su padre pasando el rato antes de montarse el sarao en su cuarto.
—Joder, Frank 600, esto está saliendo bastante bien. No tengo quejas, por ahora. Si aceptamos que el Sónar es una feria de la electrónica a merced de cualquiera, lo estamos petando —me reclino en el sofá y subo el tema de Todd Terje con un mando blanco y coqueto que me vino con mi primer MacBook, hace ahora 7 años.
—Sí, tío. Esto de tener un festival así en la ciudad, un pase de prensa, una casa cerca y playera, y algunos djs que valen la pena tiene su qué. Seguro que Dominik también lo disfrutaría, aunque no pararía de quejarse, más que nosotros. Y, ahora, mientras preparas unos filetes white stripe y las pizzas, déjame ponerte una sesión de Apollonia. 
El cabrón de Frank 600 baja un pedazo de sesión del álbum Fabric 70: Apollonia. Y tan pancho lo clava en el iTunes y nos ponemos a bailar animando a un personal inexistente.

Una de las sensaciones más interesantes que he descubierto este año es la de ir completamente ciego en consonancia con una perfecta serenidad y claridad interior. Si bien hace dos años los ciegos eran mandibulistas y exagerados, y terminaban en bandazos y ansiedades en la cama, o alargando raves absurdas con colegas, ahora el efecto es comedido y coqueto. Nace algo así como una marca de la casa. Ciegos y dignos como un Koala Raver. Esa es la idea, la evolución del asunto mercantil-festivo.

Metro dirección Plaza Espanya. Y luego Ferrocarril dirección La Fira. Vivimos un momento algo traumático. Llegamos apurados al Ferrocarril, y al entrar ágil y deportivamente, nos encontramos con un vagón lleno de caras pálidas de botellón y con granos. En otras palabras: adolescentes teens borrachuzos de las europas norteñas compartiendo risitas, pedos y ropa cutre. 
Mis mandíbulas se ponen firmes. Miro a Frank 600, que se pone las gafas de sol. Yo hago lo propio y miro al suelo de la estación. Pongo cara de tener muy pocos amigos, y de estar en las antípodas de querer simpatizar con esta tropa de faranduleros amateur. 

—Frank 600, estamos rodeados. Esto no estaba previsto —bajo la cabeza, negando, asumiendo nuestra inferioridad.
—Piensa en Ángel Molina, o en Maya Jane Coles. Incluso en Derrick May. Tres de los asuntos estelares que tenemos esta noche. ¿Acaso crees que esta tropa andará escuchando a alguno de ellos?
—No, sargento Frank 600.
—Pues eso, tú ahora preocúpate de rozar tetas, ya sea con los codos, con la boca o con las palmas de las manos.
Los consejos de Frank 600 sientan bien. En realidad, Frank 600 es tremendamente onfireista y da un buen rollo alucinante. Sabe de música, sabe drogarse, es chileno y tiene estilo. Combinación poco habitual y que agradezco profundamente en este preciso momento.

Finalmente llegamos a nuestro destino. Salimos cagando hostias y sudando. Un calor infernal en el tren. En la salida compramos birra y me guardo una en la mochila Sónar. Llegaremos para ver a Ángel Molina. Y eso siempre son buenas noticias. Porque la salud del techno nacional pasa por este señor y sus destrezas.  Y, ojo al apunte, no pasa por sus creaciones, sino por sus gustos y visiones. 


El público que congrega Molina es de lo poco que tiene aspecto de grupo cohesionado en lo que he visto de conciertos. Mientras el guiramen y el faranduleo se reparte caóticamente por los otros escenarios, los cientos de personas que bailan al ritmo de la selección de Ángel saben a lo que se enfrentan. No es casualidad que haya pocos teens a lo largo del set, ni tampoco que haya algunos fisgones que no acaben de pillar el rollo. Por el contrario, los que andan firmes en el SónarCar bailan y sudan festivos y satisfechos. Apuesto a que más de uno estaba en ese primer Sónar épico de hace 20 años. Los aquí congregados habéis envejecido bien, el amante del techno madura, igual que cualquier especialista en vinos. Lo sorprendente es lo ridículo que es amar el vino y reventarte a calimocho y lo terroríficamente habitual que es amar la electrónica y estar escuchando todo el día compilaciones enlatadas con tías en bikini en la portada. 

¡Basura!
¡Well Played!
Cierra Ángel impecable y entregado y nos sacamos la cabeza en el escenario Percal. El mayor y el de los grandes nombres. Maya Jane Coles, con la que ya estaba enamorado el Sónar anterior, y mujer de la que gocé en Panorama Bar Berlín un épico domingo por la mañana, se lanza a los platos. Unos flashes muy manidos coronan su nombre y entonces el petao de turno me pregunta que quién es —recuerden la apertura de este texto—. En realidad, el ascenso fulgurante de Maya es algo incómodo para mí. Es como si todavía necesitase tiempo de ser una middle class, con su firme séquito pero sin levantar enormes pasiones. De este modo, aventuro, podría tener mucho más espacio para liarla, currar sin resonancias ni expectativas y alcanzar una madurez que obviamente no tiene. Pero que todo sea eso, ya está bien que una chica con un flequillo guay y bajita y mona lo pete y siente algo de estilo en el escenario principal con su Deep House sin prisas y moderado para la ocasión. Luego llegarán Paco Osuna y Richie Hawtin. Pero Frank 600 y yo hemos renunciado a ambos.

Renunciar a Paco Osuna es cuestión de números. Se deja ver por muchos lados, es bueno, incombustible y avanza a piñón fijo desde hace varios años. Paco Osuna sigue ahí, y bien perdonará y comprenderá nuestra ausencia. El destino nos volverá a cruzar.

El caso de Hawtin es más obvio todavía, si cabe. Le he visto en Monegros tres veces, en el The Loft BCN, en Time Warp Mannheim, en el Sónar del año pasado, en el anterior como Plastikman, en Tomorrowland, en la boquería,en Girona, en Florida 135. Conozco a sus padres —siempre le acompañan en las movidas grandes— y tengo fotos con él que suelo enseñar a los taxistas. Si me disculpa, que sé que sí tiraremos hacia Derrick May, al que apenas he visto en un par de ocasiones. 

Frank 600 decide desatar la pasión del M, ya cuando estamos en Objekt. Se marca una sesión algo comercial, no en el sentido realmente despectivo que podemos atribuir a otro tipo de gandules. Objekt tiene temazos propios deliciosos. Chupa que chupa y a fluirlo. Yo esperaba una sesión mucho más críptica y solipsista, pero en cambio lo que sale del SónarLab es puro bailoteo que funde tanto el techno actual más bailable como el minimal de cara amable. Evidentemente, sobra espacio en este escenario. 

El efecto del M viene acompañado de un escudo antimisiles muy estilo post 11S. El escudo en cuestión, obviamente invisible, nos protege de la bazofia que rodea los otros dos escenarios. Somos como inmunes al mamoneo flatulento de Skleenex o anteriormente un pagafantas como Major Loser. 
En un momento de euforia, con ganas de sorna y llevados por un perverso deseo de superioridad, nos proponemos ir a ver a SKleenex. Es broma, claro. Pero a lo que me refiero respecto al escudo anti-EDM es a lo siguiente:

Ejemplo 1. Escudo AntiEDM (Electronic Dance MierderMusic):

Dos chicas que bien podrían tener 16 años salen acaloradas y llorando del escenario del Skleenex. Una de ellas dice:

—¡Oh! ¡Me pone tan loca con su pelo de fregona y sus loops tan molones, así como siempre diferentes y tan imprevisibles!, a ti no, ¿Manuela?
—¡Ya ves, zorraca! ¡Lo peta!

Nosotros, con nuestro escudo inspirado en el M escuchamos:

—La zona del backstage está abierta.

Como podéis ver, no tiene nada que ver, pero obviamente lo que dice el escudo es mucho más interesante.

Efectivamente, hallamos un escondrijo fantástico para descansar y fumarnos un buen piti. Objekt sigue a lo suyo y nos reponemos en un baño vacío para Karenn. Molan tanto los lugares muertos. Una zona por la que supuestamente llegan los artistas, completamente desierta, salvo por algún pelandusca que merodea haciendo vete a saber qué.

En la segunda ronda al toilet una sombra pasa por nuestro lado y esboza una breve sonrisa y coño,  es Richie H. Está claro que esto no es la zona de prensa, aquí hay más mandanga. El señor backstage. Nos cruzamos con Richie H. apenas 5 minutos antes de que él entrase en el set. Y proseguimos nuestra ruta hacia el baño. Lo dicho, estamos destinados a ver siempre a Richie, ya sea pinchando o en el baño o con su family. Es entrañable. Es un genio. No tengo agradecimiento suficiente hacia su persona y su trabajo. Amén. 

Acid Powah.
Frank 600 tiene un auténtico delirio con Karenn. Se pasa media hora sonriendo, con los ojos cerrados, la cabeza apuntando al cielo y moviendo los hombros suavemente. Karenn son tremendamente duros. Podríamos decir que, si tuviesen sentido del humor, serían del grupo Diamond Version. Techno de los noventa, seco, brutal, abrumador. La sonrisa de Frank 600, su completa desconexión antiEDM: las cosas a veces son así de simples. 
La noche está siendo, por lo general, divertida. Hay que aceptarlo y asumirlo: el Sónar es un festival light. Todo lo que acaba a las 7 de la mañana en vez de a las 2 del mediodía es light. ¿A qué me refiero? Al estimado demacre. En un festival de pro, no ves a gente ciega y haciendo el imbécil antes de las diez de la mañana. En el Sónar, a partir de las 2 de la noche ya te cruzas con tipejos petados, de esas extrañas borracheras teen. Eso es de agradecer a Monegros: los teens caen redondos cuando sale el sol, y queda lo mejor de cada casa, el desquicie y el chonismo garruleitor petándolo a sus anchas. 

Pero los festivales de pro, como diría mi amigo Dominik, no existen. ¿Por qué? Porque todo lo abierto a toquisqui es una campana de Gaüss bien guapa. Y siempre tendremos a una parte de tocadores de fondo celebrando el vómito y este tipo de menesteres tan 2008 para mí. Pero no pasa nada, todos hemos pasado por ello alguna vez. Hay que ser comprensivos y al mismo tiempo implacables, antiEDM y a por Derrick May. También tenemos a otro prototipo de festivales: Bret.

Bret me llama muy excitado, yo ando clencheando en el baño.

—Qué pasa Bret.
—¡Uau! ¡Qué pasote! No he tomado nada de drogas y estoy escuchando a Richie Hawtin muy fuerte, como sintiéndolo dentro de mí de manera natural y orgánica, sin que medie ningún tipo de estupefaciente, ¿sabes?
—Es fantástico, Bret. Me alegra que poco a poco vayas encontrando tu camino en este asunto. Apuesto a que has bailado un poco y todo, así sacudiendo la cabeza y tal.
—¡Ya ves! ¡Y no he hecho unos pasos de breakdance porque me reservo para Laurent Garnier!
—Genial idea. ¿También llevas la gorra del revés?
—¡JAJAJA! Cómo me conoces, Vanity. Mi estilazo bien lo vale. ¿hola? ¿me escuchas?
—Perdona, es que estoy en el baño metiéndome una clencha.
—¡Eres un petao! ¡No sabes disfrutar de verdad de todo esto! ¡Yo sí! Ahora voy a tomarme una infusión de ginseng con guaraná y de reenganche hasta mañana a esta misma hora.
—Eres todo un referente para los jóvenes que vienen detrás de nosotros, ya está bien de tanto Hunter S. Thompson y tanto Bret Easton Ellis y estos rollos, ¿no crees?
—Pues claro. Aquí quien lo parte es Federico Moccia y sus historias de amor. Esa es la idea central. Amor orgánico y reciclable por y para la electrónica.
—¿Has estado en Skleenex? —pregunto, sabiendo ya la respuesta.
—Se dice Skrillex, ¡man! Sí, hemos estado ahí riéndonos del asunto. Muy ridículo todo. ¿Y tú?
—Amigo Bret, aquí ni el más ciego del festival se atrevería a preguntarme semejante cosa. Cómo te lo explico, es como quedar con una gorda. ¿Para qué vas a quedar con una gorda si tienes a mejores pivones en la agenda?
—Yo tengo novia, ¡JAJAJA! Aquí estamos junticos, con el gato y todo.
—Me alegro, de verdad. Una parte de mí desearía tener tu noble vida, pero hay que ver el conjunto: no podemos elevar la media de edad de nuestro grupo a 80 años, así de golpe. Y, por otro lado, ya sabes, el inconformismo es poliédrico, como si se tratase de un cristal pasado por LSD, centellea de una manera muy extraña. 
—¿Me estás llamando viejo? ¡Mi interior es pura energía libre de toxinas! Y no me hables más de ácidos y estas movidas, este es mi flow de verdad.


—Claro —prosigo, ya dándole a una nueva clencha—, ese es el sentido unívoco que hay que perseguir.
—Joder, mierda.
—¿Qué pasa, dude?
—Nada, que esta foto es buenísima. Dan ganas de drogarse, la verdad. La niña lo peta. Mira qué rulo tan perfecto...joder, joder, tengo que colgar Vanity....¡UAUAUAUAUA!

A lo mío. Derrick May enaltece su género ácido que tantos años de diversión nos ha proporcionado. La sesión transcurre sin incidentes y a buen flow. Como ya es costumbre, somos relativamente pocos en el SónarLab. Eso es reconfortante, la verdad. Una pequeña familia de yonkies bailongos con ganas de celebrar la llegada del verano y que a estas alturas de la historia de la humanidad no hay ya mucho que perder. 

De regreso a casa, con Frank 600, pongo en el iPhone 5 chonistyle a Inspector Norse y vemos a alguien que bien podría parecérsele. Caminamos durante tres cuartos de hora hasta llegar a Plaça Espanya. A pleno sol, de risas, felices y satisfechos. Mientras que en los conciertos mis sensaciones responden más a un sosiego moderado y que celebra por dentro la calidad en caso de que lo sea, de regreso, ya cansados, se despierta en mí un rollo adolescente y tierno que únicamente mis pupilas se ocupan de matizar.

We can be heroes. 

El sábado la cosa ya es como de extraflow übermercantil listen to this bumpin'on hellyeah into the mix. En otras palabras, con Frank la cosa sigue sana y bien coordinada. Esta vez quedamos en mi casa a las 18, puesto que con llegar al Sónar día a las 21 vamos más que sobrados. Lo único que nos espera es el señor Vatican Shadow.

Podría hablar del concierto, pero qué necesidad hay de ello si escribí esta sentida declaración de amor con linterna incluida y ritual technosatánico de por medio

Así que ya andamos de camino a...un garito y tomando un sabroso gintonic mientras juego con la linterna de Vatican Shadow. Vaya copazo. Y luego toilet y luego el tipo del bar nos saca una foto a Frank 600 y a mí en la terraza. 


¿cuela? 

La noche del sábado es algo así como de regalo. Compartimos la idea en nuestro consejo de yonkiesabios de que se la podrían haber ahorrado. Me hace ilu ver a Maceo Plex, cierto. Pero tampoco tanta ilu. A Seth Troxler ya lo vi en Time Warp en 2011, y sí puedo bailarle el rollo. El resto, no sé, es más un evento propio de esos Juegos Olímpicos del '92, con las familias paseando por Las Ramblas y los carteristas apenas haciendo sus primeros pinitos. 

Maceo Plex nos entretiene, no tanto como este tipo de peña:

Lo tiene clarísimo (nos la encontramos también en el Sónar noche y sigue en la misma pose)

'El mundo es de talla mediana'. Michel Houellebecq. 
'Y cada uno hace lo que puede, incluso querer adelgazar'. Vanity Dust.

Con Frank 600 hemos perdido ya la cuenta de la merca que estamos tomando. Es como Messi, no piensa lo que hace, le das una pelota y la mete ahí hasta el fondo. Pues la misma onda. Nos pones una bolsita en la mano —o rebuscamos en nuestros monederos— y nos lo zampamos con voracidad y ganas. Es lo que se dice y se comenta, especialmente mi amigo Riot Über Alles: alegría y aportar.

Realmente, podemos sacar esta firme conclusión de este percal de tres días: Frank 600 y un servidor hemos dado alegría al asunto. Nuestras esbeltas sonrisas y mayores ojeras han pasado sin hacer ruido por este Centro Comercial con Pretensiones Selectas y un Loable Pasado. Un buen colega de batallas, este Frank 600. Hemos generado un sistema de festivalismo autárquico, capaz de sostenerse por sí mismo, con extrañas complicidades y compenetraciones. Pongamos un último ejemplo:

—Frank 600 —suelto a grito pelado mientras Seth Troxler bailotea divertido en el escenario—, voy a decirle a Laschy si quiere casarse commigo. 
—Lo siento, joder. La vi ayer con un tío...espera, ¡UAU! ¡TEMAZO!
Automáticamente, como un perro de Pavlov, olvido mi petición de boda al instante y levanto los brazos hacia el sol y mis gafas de sol resbalan suavemente por mi nariz y cierro los ojos. Lo sé, cuando llevo muchas horas de festival y el cansancio se mezcla con el placer y me sobreviene una cerrada de ojos es que algo pepino está a punto de ocurrir. Sonrío, por enésima vez, solo, regocijándome en mis propias sensaciones corporales. Parece un after de una clase de yoga raver. 

Y una mano con uñas afiladas y largas agarra la mía. Me invade un perfume mezclado con tabaco y sudor y unos labios finos y pequeños me lamen el cuello. 7:04 a.m. Miro de reojo a Frank 600 que está completamente absorto con los últimos coletazos de Seth Troxler. Me giro para ver qué mujer, o en su defecto, chica, está buscando batalla de afterbed. 

Recuerdo perfectamente su cara:

The Acid End.
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BlogVanity Dust