Shock Material / Paris Set Week VI /

Y la blancura de la pantalla del ordenador vuelve a desafiarme. Ballarine se ha ido, dejando su perfume, su humor sarcástico y el trazo de la Nikon en el cojín, todo ello en una nebulosa lisérgica.
Regresan, con naturalidad y casi como un deber que me obligo a aceptar con alevosía, las noches de cerveza, teclear y leer, rendido ante el definitivo encanto de la vida en París. No hay, por ahora, posibilidad de caer en la nostalgia de las visitas recibidas, es momento para salir adelante, y continuar con avidez. En cualquier esquina o situación, cierto es que mi mente mira hacia atrás, y revive y rememora quienes han pasado por mi errático destino durante estas semanas;
Vansten, con su inquebrantable fortaleza y su constante fervor por lo desconocido.
Ballarine con su discreto savoir faire, su atenta escucha y su magnánima elegancia.
Yukito-san, compañero japonés despistado y entrañable, hermano mayor de mi estela vital.
Y todos y todas las personas conocidas aquí. No hay palabras o, si las hay, me las reservo.
El mafioso, el dandy, el DJ, el artista, la amante, el flechazo, el dependiente, el músico de metro, el taxista, el vecino. Todo procura embutirse en mi interior, acomodarse, renacer, y proseguir en mi mochila YSL por el máximo de tiempo posible.
Y mis autores de viaje: Houellebecq, Georges Perec, Camus. Y los que faltan.
Esto no es un adiós a París, es un paréntesis declaratorio de mi postración ante lo que me ha dado la ciudad, lo que me ha mandado Barcelona, y las personas que compartieron conmigo, como apuntaba antes, unos pasos de la larga (o corta) travesía que es, mal nos pese, la vida.
Los últimos días aterrizan para llevarme, de nuevo, hacia nuevos lugares, letras, cafés y murales pintados clandestinamente en los pasajes de la ciudad.
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