Self destruction en 22 minutos

Me desplazo en moto cada mañana, jugándome la vida y con la frente fruncida y con el puño levantado y ciertas amenazas de muerte por cada personaje que se cruza en mi camino. El primer café cae sobre las 11, acompañado de sendos cigarros fumados con desdén. Es la segunda polución pulmonar del día. La primera es el aire de mierda que se respira por culpa de los motos baratas y sucias que contaminan por doquier en cada arranque. Me gusta Amsterdam y sus bicis o la edad de piedra, todo mucho más sencillo. O las motos nuevas y caras, que gastan poco y son limpias. De esta manera da inicio la autodestrucción. Una doble paliza a mis pulmones. Neuronas echando humo, revisando correos, marcando estrategias de venta on-line para ciertas empresas, revisando contenidos de calidad y escuchando música por el iPhone. Salgo de ahí a las 12:30. Tengo sueño, otra vez frente contraído y mala leche por doquier. Llego a casa. Fumo, como algo en 10 minutos. Hoy me he quedado dormido de pie. Una media hora. Con lo que me quedan 22 minutos para escribir este post. Me preparo otro café con una máquina estilo bar que te tritura el café y te lo hace al segundo, con agua de manantial. Enciendo otro cigarro, nunca los cuento, y me pongo a escribir con Boys Noize y, para contraponer, Those Dancing Days. En Occidente la autodestrucción es, muchas veces y paradójicamente, la única manera de sobrevivir. A más ansiedad, más mala leche y productividad descarnada. A más aceleración, más consumo irracional. Dos polos que se alimentan con materia distinta. Live fast die young, ya lo decían los MGMT y muchos otros antes que ellos.

Otro sorbo de café y el subwoofer de los altavoces blasfema beats. 
Por la mañana he tenido tiempo de enviar un correo pendiente, cuya respuesta melódica espero entre estos vaivenes diarios, para saciar mi sed de afecto y sensación patológica de violencia civilizada. Esto es la puta guerra, pero no podemos/sabemos vivir con ella. Puede que en realidad, a pesar de la selfdestruction que practico deportivamente en mi caso, no queramos vivir sin ella. El riesgo cotidiano puede resultar divertido, por muy lacerante que sea. En fin, todo termina cuando el dinero descansa en las Bahamas. Y el amor planea por ahí, a lo lejos, pero cerca mentalmente, abogando por el contacto físico en un futuro no muy lejano. Y la estantería de libros nos espera. Los libros de Andy Warhol deberían ser obligatorios en el colegio.
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