Sea lo que sea, hazlo. Pero digno, hazlo que sea digno.

Tomes la decisión que tomes, nunca sabes si va a ser la correcta, aunque puedas maquillarlo con datos racionales, puedes morir o perder el iPhone apenas dos segundos después de haberla tomado. Ante este horrible descubrimiento que tarde o temprano hay que asumir, la única vía que queda para elegir sin preocuparse demasiado es, sea una cosa o la otra, hacerlo digno —MAKE IT WORTHY—. Por eso, cuando tras una noche rocambolesca en la sala Pitsa veo que me voy con Less y su novia hacia su casa en metro en vez de ir a la mía, respiro hondo, sonrío a los compañeros de vagón y trato de mantener el equilibrio con una sola pierna un rato. Pierdo el equilibrio, no por el ciego, sino porque hay una chica bastante fea con sangre en las mejillas rollo disfraz de Halloween. ¿Desde cuándo Halloween dura todo un puto fin de semana? Primero lo consiguió Port Aventura, luego las discotecas de barrio, y finalmente esto de Halloween ya es una especie de costumbre que, en realidad, nadie sabe muy bien cómo llevar. Es decir, me pongo ahí to zombie, to loco, y salgo a la calle con la birra, y bueno, se supone que tiene que ser más divertido que un día normal. Y pasan las horas y regresas a casa hecho un mendigo descuartizado con una sensación de vacío equiparable al que sientes cuando justo pillas el avión para irte un mes de vacaciones a Tailandia y recuerdas que al final era mentira, que en su momento decidiste no ir de vacaciones a Tailandia, pero que habías olvidado que habías decidido que no irías. Así que olvidaste tu propio cambio de planes. Uf. Todo eso lo ves de golpe cuando el petao de turno de seguridad te pide la tarjeta de embarque. Ahí, con la maleta, el hotel en Pattaya reservado, y resulta que no, que tú mismo habías dicho que no.
Puede sonar algo complicado todo este rollo del vacío, pero la sensación de ver a una chica fea vestida con sangre para Halloween es todavía peor. Intento no pensar más en nada de esto y mientras llegamos a casa de Less y su novia, Dest. Un chico que hemos conocido en el metro también viene y se estará un rato largo, intentando hacer caso omiso de nuestra insistencia para que tome una clencha. Dice que le encantaría, pero que tiene la parienta jugando al mus con unas amigas y que no puede dejarla más tiempo a su bola, que luego le cuesta volver en sí. El tipo parece bastante sereno y creo que controla algunos asuntos, como por ejemplo temas de organización de eventos futbolísticos de alto nivel. Charlamos bastante rato mientras todavía es de noche. Luego intentamos hacerlo todo de manera digna. El perro, por ejemplo, es el que más se comporta. Apenas molesta, todo lo contrario, acepta nuestra presencia y convive con ella, siendo muy natural. Es una pena que no pueda presentar su ideario político a las generales, qué duda cabe que un perro discreto y con la mirada despierta podría resolver algunos de los temas que ahora tienen ocupada a tanta gente. Podríamos acabar con la Monarquía, bajar el IVA de la cultura, dar de golpe empleo a todo el mundo y, de paso, hacer independiente cada centímetro de nuestro rabo, de modo que la sensación de libertad se multiplicaría casi exponencialmente, y sería como tener mogollón de repúblicas entre las piernas. Izar la bandera, el orgullo nacional. Queremos perros en la política, pero perros de verdad. 
En otro orden de movidas, la tarde ha sido placentera y emocionante. Nos hemos reunido en el cuartel de Gràcia y allí F600 y servidor hemos podido tecnificar el asunto bastante rato y a nuestra bola. Borrachera y niños pequeños bailando mejor que sus padres, y agradables visitas de apoyo ante mi debut como DJ. Muy agradecido por todo, y esperemos que en la próxima todos tengamos preparadas las maracas para lanzarnos a hacer la conga en bañador. Qué coño, mucho mejor una fiesta temática de Halloween. 
Debo apuntar, ciertamente, que el jueves de reenganche, en el after, tuve una de las imágenes más bellas y sobrecogedoras del año: todo de gente sangrando, con la cara pálida, sin dientes, bizca, drogándose y riendo en un mismo inodoro. Mucha gente moribunda drogándose, compartiendo la alegría por no dormir. Eso es, hacerlo, pero digno.
Antes de ir al Pitsa, en Barceloneta Central Scrutinizer, hemos hecho un warm up muy surtido y con gente de distintas procedencias: Italia, Mozambique, Canadá, Texas y Valencia. 
Mi objetivo ha sido todo el rato optar siempre por la dignidad constante. No he dicho nada cuando un grupo de chonis han tirado piedras contra nuestra ventana viendo el bienestar que se desprendía de nuestras contorsiones y etilismos. Es complicado, joder, ver cosas que molan a través de una ventana que queda demasiado alta. Tampoco he dicho nada cuando alguien me ha llamado fingiendo que se equivocaba.
—Hola, ¿Eres Vanity?
—Sí.
—Perdona, me he equivocado.
—No pasa nada. ¿Edad?
—Soy trans.
—Paso.
Luego unas amigas ideales han aparecido con unas cincuenta cervezas, y todavía quedan dos en la nevera, de cervezas. Mientras estas líneas inconexas van prefiriendo ceder dignamente, voy a por una de ellas, a la espera de que alguien haga lo propio con la otra. Lo que pasa es que creo que no hay nadie más en la casa. He avisado a bastante gente por whatsapp de que, en efecto, queda una cerveza en la nevera. La decisión de venir o no podría llegar a ser la correcta. 
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