Se deslizan por mis caderas

Salgo dirección Corte Inglés de Pl. Catalunya con una chaqueta marrón, regalo de un amigo, comprada en Zara London, hará unos 7 años. En el cuello llevo un pañuelo palestino que compré en H&M London, este verano. Camino a paso rápido entre rumanas que piden limosna y turistas con cámaras digitales. Sacan fotografías compulsivamente y no hay que ser adivino para saber que cuando regresen quedarán olvidadas en los discos duros de sus ordenadores, comprados en Media Markt, repletos de virus y pornografía infantil. Escucho en mi Ipod Nano 4GB el CD de Digitalism, creo que suena la canción 14, la penúltima del disco. Cruzando Pl. Catalunya, lugar en que he llegado al Nirvana 2 veces y he vuelto a bajar, al más puro estilo Boddishattva, veo en un poste la programación de Club 4 que, sin duda, tiene los mejores Djs de música electrónica minoritaria la noche del jueves. El propósito de mi visita al centro comercial más demencial de nuestro país, es comprar un recambio universal para la agendas Finocam, modelo 602, dos días a la vista por página. Se enviará luego a Tailandia, concretamente Chiang Mai, para satisfacer las necesidades de un buen amigo que está haciendo un viaje de varios meses por la zona. Al entrar, acuden a mi centenares de estímulos olfativos que me recuerdan que hoy no me he puesto desodorante. En el fondo no pasa nada, ya que mi estilizada figura no precisa eliminar toxinas fuera del gimnasio. Y menos en invierno. Cruzo lo más rápido que puedo todo lo que me encuentro por delante, incluido abuelas reventadas a liftings que compran algo así como crema facial antiarrugas nocturna (un boddishattva no diferencia entre nocturno-diurno, con lo que me parece divertido). Llego a la sección de papeleria y pregunto al tipo por el susodicho recambio. Emite una especie de balbuceo que puedo transcribir así: Ahhggghgh....agghhghh. Vaya, que no tiene ni la menor idea de qué coño le estoy preguntando. Deambulo hasta la sección de agendas y la primera que veo es Finocam. Se la enseño al retrasado mental, que finge ordenar la sección de lápices de colores, para que vea que es un incompetente nato. Resulta que no es el modelo que busco. Desordeno todas las agendas hasta dejar la estantería hecha una mierda, con la voluntad de que el tío tenga que ordenarlas de nuevo y así tenga que aprender por fuerza alguna de memoria. Sí, se puede considerar un favor. Cuando se da cuenta de ello, me recomienda que me dirija al otro centro Corte Inglés en Portal de l'Àngel. Me gustaría, ya sabéis, que Patrick Bateman fuera mi amigo. Salgo del maldito epicentro del capitalismo descarnado en forma de consumo, y voy al otro. Llego. Se nota que está en plena decadencia. La música en la planta 0 suena alta, a lo Bershka. Una amalgama de sonidos House repetitivos y sencillos se encarga de que los/las compradores/as no puedan hablar, ni siquiera para pedirle a la dependienta si tiene una talla 50, ya que su repugnante culo no cabe ni recortándolo a machetazos en una 38.
Mi objetivo es llegar a la planta 6 sin matar a nadie. Parece una tarea harto difícil. Cruzó la sección de libros y el primero que veo es "Los hombres que no amaban a las mujeres". Libro que tengo pero que, evidentemente, todavía no he leído y, más evidente aun, no he comprado en El Corte Inglés. Paso por la planta deportes. No hay nadie-como decía, decadencia-. No me extraña; con su marca Qechua, Decathlon barre a patadas a quién quiere, en material y en lo que haga falta. Tienes que ser bastante incompetente para fabricar tus productos en cualquier país tercer mundista y venderlos como marca blanca en un país occidental y no ganar pasta. No matarás, me repito religiosamente. No lo digo como technobudista que soy, sino como ser que no quiere terminar en la cárcel (todavía). Las religiones posmodernas son un descubrimiento con un gran potencial, asemejable al modo vibración de tu teléfono móvil. De hecho, por meter algo de economía que no viene al caso, un teléfono móvil se puede considerar un macroinvento y, el modo vibración, un microinvento.
Llego a la planta 6. Me dirijo a una gordilla de ésas que no te repugna pero que no te la tirarías pese a que tu nivel de alcohol en sangre se acercara al coma etílico. Reprimo un eructo con sabor a café con leche. Dejo que el gas se desprenda de mi interior por la nariz, deseando que la gorda se percate de ello y, forzada por la situación, siga sonriendo con cara servicial. Le enseño el papel y parece que sabe de que va el tema. Encuentra el recambio Finocam y se lo agradezco, reprimiendo un segundo eructo. Las gordas cuando hacen las cosas bien te caen mejor. No te las follarías, pero te caen algo mejor. Pago los 4.90€ que luego me reembolsará la empresa. Lo hago con tarjeta de crédito, la misma que usé dos días antes para comprar un par billetes a Suiza para ir en fin de año. [Desperate] Fake Collection-formado por Ambient y yo- pincharemos en el chalet de uno de mis mejores amigos, en medio de la nada más rica del mundo, Switzerland.
Salgo escopeteado de la macrotienda con la agenda en el bolsillo del pantalón. Los pantalones que llevo, una perfecta imitación de Dickies, comprados en Tailanda, se deslizan por mis caderas suavemente hasta reposar en un punto que deja entrever mis boxers. No suelo adoptar la moda skater, mas debo confesar que mostrar algo más de mi figura mejorada day by day por la natación y la musculación, no me molesta. Algo así como las hiperfollables Xulikàásh19, que muestran su tanga como trofeo, que culmina su trayectoria en la larga y ardua senda del analfabetismo orgulloso. Algo así como proud of it. Lio sin dificultad un American Spirit delante de los Mossos d'Esquadra, que intentan mirarme con desprecio, desconociendo que soy un Boddishattva, con lo que poco pueden hacer para dañar mi áurea, mi karma, mi naturaleza tan pétrea como una bolsa de plástico, tan frágil como un camión blindado, de esos que transportan nuestra pasta por la noche y que tienen una camarilla de vídeo detrás para que si robas te pillen.

Llego a mi centro de trabajo tras dejar atrás un par de rumanas sin dientes. Tiro el cigarro con un movimiento fugaz y preciso. Entro.

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