Sandía sulfúrica

Mis intestinos reclamaban su anarquía. Contra mi voluntad y contra mi resistencia, se estaban rebelando a marchas forzadas. Una tailandesa de unos 40 años, pelo liso y delgada masajeaba mi espalda haciendo crics y cracs. Sentía dolor y a veces placer. Suspiraba por el profundo efecto relajante del masaje tailandés. Me encontraba en una remoto pasaje (Soi) apartado del bullicio de las calles y autopistas de Bangkok.
Repasé mentalmente todos los alimentos ingeridos de la última semana para encontrar de donde provenía la súbita reclamación de independencia de mis intestinos. Desayunos: café, huevos fritos, pan con mermelada. Comidas: arroz, sopas, fideos. No, todo eso no podía ser la fuente de la rebelión. Me sentía como un historiador estudiando los hechos precedentes a una revolución, para definir cual había sido la causa principal. Fruta, mierda, era la fruta. Ayer compré una sandía por unos 0.20€ en el mercado de fin de semana.
Una ventosidad hizo su estelar aparición justo cuando la masajista me giraba para retorcerme la pierna. Un tufo rancio invadió la sala. Me pareció ver como las cortinas se movían, quizá por el largo recorrido de mi pedo. Afortunadamente, no fue demasiado sonoro. La mujer, se había dado cuenta de la embarazosa situación cuando sus papilas olfativas le llevaron el informe de : atención, este tipo es un degenerado.
Una diarrea acuciaba a marchas forzosas. La manifestación era tan masiva que los cuerpos de seguridad se habían visto obligados a retroceder. Maldita sandía sulfúrica. Le dije a la chica que me encontraba mal, pagué mi masaje y dejé propina, mientras ella encendía el aire acondicionado con cara de pocos amigos.
Corrí hasta mi hotel, que se encontraba a unos 200m del salón de masaje. Llevaba unos pantalones anchos Dickies falsos que compré impulsivamente el primer día de mi llegada. Eran dos tallas más grandes de lo que mi cintura necesitaba. Mientras corría me caían al suelo, así que tuve que aguntarlos mientras un seguido de pedos acompañaban mi trayecto hacía el hotel.
Una vez en el baño, me lamenté que el inodoro no fuera Roca, me preguntaba si sería capaz de soportar una anarquía intestinal de tal calibre.

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