Salvando a mi manager con una historia de amor

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A eso de las 3a.m hora local suena la melodía "Morning farm" de mi iPhone. Todavía con restos de coca en las fosas nasales y viendo luces de colores en el techo de mi suite, respondo al teléfono.
Una voz ansiosa y entrecortada me suplica:
-Joder, Vanity, estoy en un puto apuro. Sigo en L.A, estaba cenando con Miss Litterness, you know, y nos
hemos largado al bingo, me he jugado el maldito coche, la casa de Tossa de Mar, el chalet en Suiza. ¡Mierda! Lo he perdido todo.
-Querido Karl, ¿Has importunado mi sueño alucinógeno para contarme que estás en bancarrota?
Mi manager en apuros. Me incorporo, salgo de la cama. Me dirijo al MacBook.
-Karl, cabrón, no me jodas que tengo que volver a hacer un relato tortolito en 20 minutos para que puedas venderlo al New Yorker y con eso tener la pasta suficiente para volar en primera
clase hacia un paradero desconocido. ¿Es eso, maldito Karl?
-Sí, amigo, lo siento. Una por ti, otra por mi. Me ocuparé personalmente de conseguirte todo cuanto desees. Rumanas, rusas, opio, ejemplares de On the road firmados por Kerouac. Una grabación inédita de Joy Division, prometido.
-Está bien, todo sea para ganarme un lugar cómodo en el infierno, con vistas al trasero de Marylin azotado por látigos radioactivos.
RELATO PARA SALVARLE EL PELLEJO A MI MANAGER
La quiebra en una mirada
Dicen que observando con atención la mirada de una chica puedes saber si ha sido querida debidamente o no. Ella tenía los ojos en blanco, la cabeza hacia atrás, apuntando a los azulejos del techo. Dicen que puedes saber si una chica ha llegado al orgasmo porque su cuerpo se estremece y su corazón dobla la velocidad por un período que puede durar entre 2 y 30 minutos. Sus manos trataban de agarrarse a mi abdomen, pero resbalaban por sus temblores. Intentaba gritar, vaciar sus pulmones de sudor y fluidos entremezclados.
Sus ojos regresaron a la órbita habitual y su temblor se apaciguó, la tempestad monzónica cedía y la cordura regresaba a sus caudales. Ni siquiera la había tocado. Es extraño el poder de la mente. Me levanté del sillón afelpado y fui a la nevera portátil en busca de más hielo y otra copa de Sake. Regresé al comedor, me senté de nuevo y contemplé sus senos aun contoneándose y erizados. Me miró. Su retina desprendía un reclamo, un grito de auxilio. Su vida se desmoronaba, todo estaba perdiendo sentido a su alrededor. Pronto viviría con su pareja, definitivamente, un no way back precipitado, una decisión inesperada causada por el azar económico y circunstancias laborales. Ella, en parte emocionada por cumplir el sueño estable al que cualquier mujer aspira, aceptó cuando tuvo la oportunidad de irse a vivir con él. Los primeros días estaba contenta, creía que era un paso adelante que determinaría su felicidad conyugal. La fantasía blancanieves duró menos de lo esperado. Concretamente hasta la noche que nuestros cuerpos bailaron al son de la misma música. Ella entró al privado después de suplicar al de seguridad alguna excusa barata. Recuerdo bien el momento. La luz especial de mi reservado era verde, intermitente; estaba encendiéndome un puro y ella resbaló al pasar corriendo delante de mi mesa. Le tendí la mano y analicé su escote. Luego nuestras miradas se encontraron. Y lo supe, esa chica no había sido querida. Y en ese momento sus pezones se pusieron duros, como una reacción física causada por una naturaleza que no perdona a los infelices.
Quedamos a los dos días del primer encuentro. Como era de esperar, ella estaba más nerviosa que yo. Pasamos la velada en mi casa, bebiendo sake, y no paré hasta que finalmente se drogó. Su novio, me contaba, era un tipo corriente, quizá lúcido, pero limitado, encerrado bajo cuatro paredes desechables. Llevaba tres semanas durmiendo cada día con él, y desde el día en que nos conocimos soñaba con muertos, sangre y cuchillos. No lo entendía, estaba preocupada, pero lo entendió todo en el momento en que también soñó conmigo. Nunca se había sentido querida con la intensidad que ella necesitaba. Sabía que había una experiencia más allá de la mera vulgaridad de los dos mensajes de texto diarios con el "te quiero" ortopédico y un "te echo de menos" repetitivo y desgastado.
Ya en mi casa, me pidió que la tocara de nuevo, que le importaba una mierda que su vida se fuera al traste, quería sentir lo que había sentido la primera vez que nos conocimos.
Tocarla. Con eso era suficiente para que sintiera cosas que jamás había sentido. Me hice una raya en sus nalgas y repasé su columna vertebral con la lengua. Acto seguido, hablamos. Comprendía su situación, pero en mi esquema mental no existe orden posible, lo único que puedo dar es dinero y afecto a tiempo parcial, todo el reclamo es literario. Ella me dijo que quería intentarlo, que conmigo sentía más intensamente que con cualquier otro. Norton, me dijo, déjame quererte, déjame vislumbrar lo que es el amor estando a tu lado. Pasé del sake al vodka, y regresé al sake. Pensaba en cosas, en su flequillo moreno y liso, peinado en diagonal de izquierda a derecha. Sus pechos, erizados, bien firmes, suaves como el deshielo y apetecibles como la fragancia del incienso, reclamaban ser mordidos. No hacía falta saber que nunca se los habían mordido. Tal era su infelicidad.
Después de que su relación se diluyera por completo, pasamos algunos meses viviendo juntos y siendo, en cierto modo, felices. Estudiamos juntos algunas cosas, y creamos proyectos para la empresa de ella. Un día, sincrónicamente, entendimos que nuestro vínculo era lo suficientemente fuerte como para que cada uno siguiera solo por su camino.
El día en que ella dejó mi apartamento, la miré a los ojos. Al fin, la habían querido.
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