Saca tu luz interior, vamos, no seas rancio

Tengo varios mecheros en casa. El Filósofo, mi compañero de piso, no fuma. Solo le da al opio cuando quiere enemistarse con Marx, en aquello que a El Filósofo le hace tanta gracia de "el opio del pueblo". Dice que estamos tan ciegos que él también quiere acercarse al pueblo desde sus alturas intelectuales y darle un poco al tema. Pero claro, lo de Marx era una frase en lenguaje metafórico. Lo que ocurre es que El Filósofo, menos apagar las luces del piso y barrer el suelo, se lo toma todo muy al pie de la letra. De hecho, habla todo el rato como haciendo pies de página. Es difícil de explicar. Lo intento. Está hablando normal, contando una movida cualquiera de, pongamos, lo mucho que odia la fenomenología de Husserl. Entonces, cuando cita a otro filósofo colgado, se agacha, como haciéndose pequeño, y en voz baja comenta la cita y el número exacto de paginado y la obra de donde la saca. Intenta hacer un pie de página real. El mismo es el pie de página.
Tengo varios mecheros en casa, como decía, pero uno de ellos es metalizado. Una funda de Clipper muy rollo pro, delux, que sirve para ocasiones especiales. Básicamente, cuando quedo con chorbas. Ya sea mi nueva becaria o una estudiante de psicología que quiere saber exactamente quien soy. El mechero metalizado simboliza precisamente lo que no soy: un tío egoísta, engreído y amante de las cosas artificiales y nada pretencioso. Simbolizo todo lo oscuro de mí en el mechero, y yo me convierto en todo luz. ¿Todo luz? Es cojonudo ser todo luz, o eso descubrieron los autoayudistas. Vaya jefes. Emanar luz del interior del alma es una cosa tremendamente interesante. Te conviertes en un foco potente que arregla la vida a la gente, de manera instantánea. 
Te encuentras en un banco de un parque a una chica, durmiendo: una antigua compañera de universidad. Le preguntas, temiéndote lo peor, que qué hace ahí con el Don Simon y los cartones. Era la mejor de la clase. Primero no te reconoce, al entreabrir los ojos resacosamente y verte andar con bastón de pomo dorado se queda algo desconcertada, y no acaba de entender los auriculares tan grandes como dos vinilos. 
-Pues ya ves. Todo mal.
-Ya veo. 
En ese preciso instante te concentras muy fuerte, y piensas cosas positivas, como un helado de fresa cayendo por un escote artificial, o un coche deportivo sin ruedas, y emana de ti LA LUZ INTERIOR. Tu excompañera de clase se levanta unos centímetros del banco, levitando, y las nubes se despejan unos segundos para iluminarle la cara. Sonríe por primera vez desde la caída de Lehman Brothers. Y entonces pasa un antiguo profesor de la facultad y la reconoce y le ofrece trabajo al momento, y su ex también pasa por el parque y se tira a sus pies y le dice si quiere volver con ella.
Esta es la compañera de clase tras el nuevo curro, con dos novios
y un logo raro en la cara (efectos secundarios de la iluminación).
Como buen iluminador que eres, ante todo este percal, tú ya te has retirado silenciosamente, buscando no ganar una atención que no te mereces, es tu don y no puedes fardar de ello. No quieres. Eso sí, llevas el Don Simón bajo el brazo, y sacas tu mechero plateado y enciendes un cigarro que no sabes cuanto va a durar. 
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