Riot Über Alles: El relato que muestra la permanente intensidad de una mente al límite pillando el metro

Riot Über Alles no es un artista cualquiera. De hecho, todavía no se sabe si es un artista o un ser de otro planeta que necesita crear bizarradas considerables para pasar más o menos desapercibido entre nosotros o, dicho en otras palabras, para liarla bastante pero sin llegar a matar a alguno de nuestros congéneres y que la cosa se ponga mucho más worse. 

¿Por qué reaparece aquí tan on fire nuestro querido Riot Über Alles? Porque Riot, pintor, poeta, rapero de madrugada e ilustrador a tiempo parcial y etílico, sí, el mismo Riot que considero mi mayor mentor en activo, ha escrito un libro (que, según como se mire, en realidad es como 2 libros) en el que mete tanto su poesía delirantemente cuerda como su nueva faceta de prosista plagado de sentido común psycho y hostilidad a partes desiguales —hay un punto, al leer a Riot, con el que podemos empatizar con su exacerbada sensibilidad, pero luego se las suele apañar para dar un loop más que nos deja K.O.).

El nuevo libro de Riot tiene dos títulos y se puede leer por ambos lados. Como no sabía muy bien qué hacer con la nueva prosa que ha brotado de su prolífica mente como un manantial de tarjetas de crédito en medio de unas dunas, decidió hacer dos títulos y dos portadas y montar un artefacto literario de sofisticadísima manufactura. El doble título es Noche relativa y Estereotipos de permanencia, a cada cuál más evocador y desconcertante.  

La editorial encargada de producir la edición limitada de 250 ejemplares no es otra que Zoográfico, cuyo pedigrí underground viene garantizado por años de fanzinerismo de Vinalia Trippers, entre multitud de otras hazañas literarias.

Como me ocurre con demasiada frecuencia, esta intro empieza a hacerse demasiado larga, y para qué seguir con el warm up si tenemos un relato de Riot Über Alles ready para salir al escenario. Lo único que me queda por añadir (que en realidad es lo único que quería decir) es que he elegido este relato porque denota y delata la intensidad de la mente de Riot respecto a la de los otros humanos (o compañeros de planeta, repito, quizás él no es humano del todo). Si me preguntáis el por qué, os lo resumo dando paso al fregao:

Mientras que cualquier ser humano miraría de reojo a los protagonistas de este relato y pensaría boh, vaya pereza, Riot Über Alles va, vuelve, vuelve y va, tiene 2 infartos y se pregunta si merece la pena vivir o no, etcétera. Repito, y la mayoría de nosotros hubiésemos resuelto la situación mirando cualquier cosa de ese típico vagón de metro en un típico viaje por el centro de una típica ciudad mediterránea.

Pero, para Riot, la aventura de vivir es harina de otro costal. Hablando de harina... Bueno, dejémoslo. Subid al vagón con Riot y aguantad la respiración para no asfixiaros con el atmósfera que ni el mejor de los aires acondicionados del mundo podría resolver.

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INTERLUDIO IX (LOS TRES AMIGOS)

by Riot Über Alles

 

Un relato del 1/2 libro Estereotipos de permanencia

Enfrente, en el vagón de metro inmediatamente interconectado con el que alberga la plaza lateral donde estoy sentado, dos chicos muy jóvenes —¿veinte? seguramente menos— conversan sobre lo que parecen ser temas de trabajo. Uno de ellos, que realmente parece un crío de quince años recién cumplidos, se dirige a su compañero con una vehemencia antinatural.

Es monstruoso: como si dentro de ese cuerpecito de ratón vestido de boda se escondiese el espíritu vengativo de un comercial demoníaco, el alma de un vendepisos vikingo que murió en extrañas circunstancias antes de completar su misión en el mundo y que, por la razón que fuere, no pudo propinarse un recipiente mejor para cerrar su círculo en esta vida.

Habla con ojos abúlicos, fijos en el otro, monocorde sobre asuntos que nunca deberían formularse —no así— a través de esa boquita de chupagomas, ghoul afeminado, dos cursos por delante del que por edad le correspondería. Porque si algo tengo claro es que hay muy, muy pocas probabilidades de que el chaval sea así de buenas a primeras: la hipótesis de la posesión cobra fuerza.

Ambos van vestidos como si fueran a enterrar a sus padres, pero con un ligero toque primaveral. Planean sobre ellos pálpitos eminentemente trágicos, un borrascoso nudo estomacal que —pronto me doy cuenta— me pertenece más a mí que a ellos. Sé que podría llorar en su nombre si me lo propusiera de verdad. Cosas así, según mis creencias, son las que componen el núcleo duro de un corazón generoso. El mío, en este caso.

Y entonces —no sé de dónde, absorto como me hallo—, un tercero irrumpe en escena. Dentro del mismo vagón pero en pleno recorrido, como si controlara el don de la invisibilidad, o bien —lo más probable— acabara de percatarse desde su asiento que sus compañeros de batallón estaban allí, equis asientos más allá, y precisamente un sitio libre. No a su lado, sino frente a ellos. A mi lado.

Su pelo es literalmente imposible —o, en todo caso, tan audaz que se escapa de mi control— y el traje le viene grande. A pesar de que no detecto en él ese mismo toque primaveral de sus compañeros, el peinado que gasta cumple con creces todas las expectativas: está, qué duda cabe, en la or de la vida.

Es un peinado como de desequilibrado, entre amenazan- te y chistoso. Tengo que retenerme con todas mis fuerzas para no mirarlo fijamente: intento pensar en accidentes de coche y en tejados cubiertos de ancianas tejas mohosas bañadas por un provinciano sol de agosto —visión que casi siempre funciona en estos casos— y, sin abandonarme del todo a mi maniobra de autodistracción, calibro la posibilidad de estar presenciando un auténtico choque generacional. En primera persona. De nuevo, me pertenece más a mí que a ellos.

El quinceañero poseído se enzarza con el del pelo demencial en una conversación rebosante de energías renovadas.

El del medio, un latino de cara redonda y dentadura tallada en piedra, sonríe y balancea su atención de uno a otro de sus compañeros. ¿Hasta dónde puede llegar la capacidad de atención de un ser humano? ¿Acaso puede alguien encontrar la muerte por prestar demasiada atención a algo? El aire acondicionado del vagón huele a gas y el traqueteo hace que mis rodillas vayan dándose golpecitos mutuamente. Todo el conjunto de factores a mi alrededor bien podría ser interpretado como una señal inequívoca de que algo realmente malo está a punto de suceder. No me preocupa, en absoluto: he tenido esa misma sensación muchas veces antes y nunca pasó nada.

Nada que yo recuerde.

No puedo evitar pensar que ahora mismo me miran de reojo. Que, mientras parafrasean los versículos más populares del Gran Jefe de Departamento, intercambian entre ellos un leguaje no verbal —puede que hasta tácito— a propósito de cualquier cosa en mí que les haya llamado negativamente la atención. Según la opinión de algunas personas muy próximas a mí, tengo esa clase de potencial. Una vez me dijeron que era como uno de esos silbatos para perros, inaudibles para los humanos pero irresistibles para aquellos predestinados a su frecuencia.

Yo también miro de reojo. Mientras lo hago —entrecerrados los ojos, inequívoca señal de suspicacia—, me paso la lengua por la encía. Despacio y con la boca cerrada, abultando el interior del labio superior de izquierda a derecha. Entiendo que se trata de algo formal, por si acaso: pongo en ello todos mis recursos y me concentro al máximo en hacer llegar mi mensaje. Cuando de repente se bajan a la siguiente parada, quiero entender que he ganado. Si bien en ningún momento ha habido un contacto visual directo, no me hace falta tener poderes extraordinarios para saberlo. Cuando me giro para recoger mi trofeo —esto es, mirar a través de la vidriera del vagón como huyen, mirando por encima del hombro para comprobar si les estoy siguiendo—, lo que veo me desconcierta.

Mucho, de hecho.

Interludio de este post: Vanity te sugiere:

Hace no tanto tiempo, entrevisté a Riot Über Alles porque había sacado otro libro también muy pro, y la foto de la interview no tiene precio (y algunas respuestas, ni os cuento). 
¡Quiero leer aquí en medio del relato la entrevista a Riot Über Alles!

 

Y, ahora, sigamos con el relato INTERLUDIO IX (3 AMIGOS)...

A pesar del copioso despliegue de medios, no se giran hacia mí ni emiten señal alguna de haberse dado por aludidos. El chico latino se ríe como si le hubiera tocado la lotería —ya no veo sus colosales fauces de Ídolo Azteca, pero sé que siguen ahí, permaneciendo como una enfermedad hematológica—, por algo que le está contando su entusiasmado colega, el Asesino del Peine. El quinceañero poseído, por su parte, agita un papel ante sus ojos y en su rostro no ha habido variación alguna: misma parsimonia argumental, mismas rendijas oculares. Están en calma. Y me ignoran de una forma demasiado rotunda como para dejar ningún lugar a dudas.

Como no soy idiota, sé que algo ha salido MAL. Y no puedo evitar pensar en la posibilidad de que —pudiera ser que— aquellos muchachos no hubieran reparado en mí jamás. Como si yo nunca hubiera existido. Como si todo hubiera pasado únicamente dentro de alguna de las celdas incomunicadas mi cabeza —arquitectura imperante— y... Y ahí es cuando me bloqueo, de hecho. A veces es así.

Tardo aún unos instantes en recolocar la lengua en su original posición de descanso. Cosa que, no sé por qué, me recuerda que cuando me baje y salga, seguiré sin tener una moneda en el bolsillo para agenciarme un purito decente.

En ese momento, deseo estar muerto. Pero no va en serio, no lo deseo de verdad. Sólo se trata de un efecto colateral directamente derivado de la incertidumbre que pesa sobre mi auténtico cometido.


Llegados hasta aquí, ya poco me queda por añadir al post. Pondría las redes sociales de Riot, pero resulta que no tiene. Sin embargo, tiene una web muy chula diseñada con esmero por un griego. Y tiene un blog de los que yo también tuve cuando empecé, pero claro, si eres underground como R. para qué coño vas a cambiar de plataforma blogger si a fin de cuentas tienes pantalla negra y texto en blanco, ¿eh?

Coñas, vagones de metro intensos y demás movidas a parte, congrats ultra pro al currazo de R. y al del editor de Zoográfico, Rodrigo Córdoba. Get your copy, you'll be thankful.


Por cierto, ahora que lo pienso, ¿ya habéis leído Lady Grecia? Porque ahí es cuando lo de Riot y yo se puso serio... (es un decir).