Retiro afrancesado

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Al llegar a mi casa de campo, dejé una pila de libros sobre la mesa. El retiro de una semana me permitiría leerme unos 2 o 3. Traje más de 10 para poder elegir según mi estado de ánimo, y para convencerme a mi mismo de que me estaba convirtiendo en un verdadero intelectual. La pomposidad de mi intención me excitaba y me hacía sentir, al mismo tiempo, un poco hipócrita. Una libreta, un bolígrafo, una Nintendo DS y 2 paquetes de Drum, uno de filtros y papel OCB ocupaban el resto de la mesa. La nevera estaba llena de cerveza. Sería mi pócima a lo largo de la semana. 

Empecé con Ampliación del campo de batalla, el libro con el que Houellebecq consiguió cruzar la frontera de su país. Un relato sobre un funcionario deprimido que viaja alrededor del país acompañado de un extraño compañero. Dos depravados que frecuentan discotecas y están al borde del suicidio. Un libro no future en toda regla. 
El tercer día abrí la genealogía de la moral, de Nietzsche. Lo dejé en la página 20. Decidií pasar a Electroshock, de Laurent Garnier. Una autobiografía del dj francés impulsor de la música electrónica en Francia. Me estaba dejando colonizar por nuestro país vecino. En la nevera tenía un paquete de brie y de Babibel. Unos días de niebla, frío, subiendo troncos del garaje cada medio día. Sin televisión, sin prisa, sin pausa. 
Este es el típico post descafeinado que no le interesa a nadie. A mi tampoco.
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