El regreso a la escritura blogger

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Regresando a los relatos oldschool | #rejectedlines

Hubo un tiempo en internet en el que la gente escribía y compartía cosas (movidas literarias, fotos, poemas, ideas y un largo etcétera) sin pensar en nada que no estuviese relacionado con el placer de hacerlo. Poco importaba si estaba titulado siguiendo las últimas normas de SEO, si la foto tendría buena resolución en todos los dispositivos existentes o si tenía la extensión suficiente y los subtítulos necesarios para que Google lo indexase como un post de calidad. Es decir, hubo un tiempo en el que la gente, generalizando un poco, se lo pasaba bien creando en internet. No había influencers, youtubers millonarios ni sueños vendidos a través de miles y miles de seguidores en Instagram.

En aquellos años, que casualmente, terminan al mismo tiempo que empieza el boom de las redes sociales, tener seguidores en tu blog te definía, en todo caso, como bloggero, pero no como persona. Los seguidores importaban poco y, sobretodo, no divertían tanto como los esmerados comentarios que podías tener de gente que te leía casi a diario sin mayor pretensión que la de disfrutar (o no) de tu texto y, día tras día y comentario tras comentario, te lo hacía saber.

Recuerdo aquellos tiempos con una difusa certeza: escribir en la red me hacía feliz y, según creo, no era el único que disfrutaba escribiendo libremente en su propio blog. Antes de dedicarme al periodismo, antes incluso de sacarme la carrera de periodismo, esta web era una simple plantilla blogger en la que escribía casi un post diario. De 2008 a 2011 aproximadamente, es decir, antes de comenzar a escribir en medios y antes de comenzar a meterme en las redes sociales como un yonkie digital más, mi vida de blogger era mucho más sencilla y divertida que ahora.

Mi rutina de blogger se podría reducir así: entrar en la red, escribir un post (con la foto que fuese, el titular que quisiese y la extensión que me diese la gana), revisar las novedades de otros bloggers, leer sus posts, comentarlos y responder a los comentarios que había nuevos en mi blog. Era un camino de idea y vuelta: tan importante era escribir como leer a los otros bloggers.

Este dar y recibir (leer a otros y ser leído) mantenía el karma del ego en su justa medida. El universo blogger que conocí se regía, sin ser consciente de ello en ese momento, por una ética que lamento haber ido perdiendo en los últimos años. Si quieres atención, ofrece la tuya a los demás.

Ahora mismo no recuerdo qué comentarios recibí que me ayudaron a mejorar mi escritura, pero sin duda están ahí: consejos, valoraciones, recomendaciones, todo era posible si eras blogger y tenías un blog y te gustaba leer y que te leyesen. La utilidad de todo ello no importaba más allá del placer de escribir (soltar tu chapa, en otras palabras) y comentar otros escritos (las chapas los otros). Para entrar en lo que podríamos llamar "comunidad" no había que pedir ninguna solicitud, bastaba con ponerse a escribir y a comentar con dedicación para que el resto de bloggers incorporásemos a ese o esa blogger entre nuestras lecturas cotidianas. Si no hubiese sido así, gracias a este feedback literario desinteresado de ida y vuelta, dudo que hubiese escrito las 500 o 600 entradas que hice entre 2008 y 2009.

En aquel momento, solo había una manera de demostrar que habías leído ese post, y no se trataba del like, sino del comentario. Acostumbrarte a tener likes de gente que luego afirma "bueno, lo leí rápido, ya sabes" para justificar que no recuerda algo que le estás contando entusiasmado, eso vino después.

Acostumbrarte a que los comentarios son un espacio copado en gran medida por hooligans con necesidad de humillar al que escribe o, con mayor suerte, con la urgencia de corregir, invaliar o menospreciar sus horas de trabajo, eso también vino después. Pasarte horas preocupándote por cuadrar imágenes, poner los tags adecuados, titular y subtitular al milímetro y editando los textos para cada red social, fue también con posterioridad a la época blogger.

Recuerdo que, en un primer momento, fue la colaboración en los medios lo que más tiempo se llevó de mi época blogger. Ello y que la mayoría de bloggers, poco a poco, fueron dejando morir sus blogs hasta que sus actualizaciones anuales llegaron a 0. En mi caso, llegaban nuevos lectores y se abría un mar de posibilidades que la literatura y la música electrónica me ofrecían sin apenas haberme considerado digno de merecer. Una vez acostumbrado a mantener mis colaboraciones en distintos medios y publicaciones, lo que perdí fue la práctica de blogger que, sin ser consciente de ello, tan importante y tan bien me había hecho durante la época en la que comencé a escribir.

Sin duda, si ahora volviese a empezar, me obligaría a escribir a diario durante un año entero y a comentar en revistas, blogs y medios afines con igual periodicidad, sin mayor preocupación que cumplir con este binomio escritura-lectura. Tras 365 días de práctica, o quizás más, me permitiría hacerme una cuenta de Twitter y otra de Medium obligándome solo a leer, seguir y, como muy mucho, retuitear. Al año de haber incorporado esta segunda práctica, quizás lanzaría el primer tuit y algún que otro post en Medium. Lo de la página de Facebook, me temo, intentaría hacerlo esperar un poco más. Quizás de este modo, sabiendo que blogger ha muerto, internet se ha hecho inabarcable y que el utilitarismo desmedido (SEO, Youtubers, tagsforlikes y demás) es la mayor moneda de cambio, tendría todavía la suerte de haber comenzado por el camino correcto y llegar, algún día, a tener algo original para decir.

En este sentido, me considero muy, muy afortunado por haber vivido esos dos años de adicción a la blogosfera literaria. Con la serie de posts #rejectedlines confío en recuperar mínimamente ese ritmo blogger en el que la improvisación (incluyendo las erratas y un hilo narrativo variable y muchas veces desmedido) y el desinterés más allá de contar una historia son los únicos cómplices que se preocupen para que lances tu texto del ordenador a la infinidad de la red.

En otras palabras, maldito el día que en que dejé de leer otros bloggers para cambiar absurdamente mil veces la tipografía y el tamaño de las letras de mi blog.