Recuerdos acelerados de un finde festivalero made in Barcelona: In Local Techno We Trust

Aquello era el no-va-más. Miraba desde la tarima, detrás del dj, bailando como si me fuese la vida, todo el gentío festivo que, a pesar de ser ya las cinco de la madrugada, seguía bailando risueñamente y sin líos al son del italodisco más fresco que recuerdo haber escuchado en un club. Creo que esa noche llevaba una boina, de color marrón-anaranjado. Y una sudadera Adidas que compré una vez ciego por internet a precio de saldo. Mantenía un gintonic en la mano y le daba sorbos cortos pero constantes, como un niño pequeño hiperactivo que no para de meterse el pulgar en la boca. Había dormido de media 4 horas en los últimos dos días. Recuerdo vagamente que el viernes por la mañana, tras una noche en un club del gótico sin pestillos en el baño, me puse a ordenar toda la habitación. Sacos de ropa que daría a la beneficencia, motas de polvo gigantes con vida propia, gafas de natación. A más colocón, más cosas quería ordenar. En el comedor dormía TVB (The Valencian Boy). Sus viajes a Barcelona son espectaculares: siempre se las apaña para venir cuando hay percal en la ciudad. Y se las apaña para estar a la altura del pitote sin despeinarse. Dice que tenemos jazz por estas tierras. Que somos todo jazz. Será la primavera, será que no hay mucho que perder. 
Mientras sigo en backstage bailando, sonriendo y abrazando al mundo entero, aparece Il Capo y me dice «hey, me tengo que pirar para el after, tú te ocupas de las chaquetas». ¿Yo, chaquetas, qué putas chaquetas? ¿Hay chaquetas? ¿Dónde, qué?. Me dejo mecer por los flashes y las luces estroboscópicas y mi iPhone tiene menos batería que Fukushima y dan las seis y se acabó lo se daba. Abrazo a los Djs y las 700 personas que deben quedar en la sala aplauden y las luces blancas que alertan del cierre se encienden y, en realidad, todo sigue en llamas. Lo siguiente que recuerdo es estar llamando a gente con unas 10 chaquetas en las manos que pesan como un cadáver y entonces vienen a por mí y finalmente las chaquetas regresan a sus amos. Es domingo de madrugada. Salimos del club y caminamos hacia el metro. Como 15 minutos de pateo hablando y comentando la jugada. Todavía recuerdo lo guay que ha sido la tarde, en un antro cercano al barrio de Sant Antoni, deambulando entre las dos salas llenas de gentío con barra libre de Jäger que te daban en un tubo como una probeta.  Y, claro, es demasiado gracioso que unas chicas amables y de negro te den una probeta llena de líquido negruzco-radioactivo gratis y luego te saquen una foto la mar de chula que te dan al momento en modo Polaroid. En el metro somos muchos, creo, y va muuuuuy lento y cierro los ojos y sigo detrás de la tarima pero esta vez hay más humo y todo se vuelve sinuoso y oscuro y me aferro a un altavoz para que no pase nada.
En el after hay cola. El sol es espléndido, algunos cretinos han decidido desperdiciar un domingo por la mañana saliendo a correr. Hay tipos mayores que van con rubias del Este. Si hay tipos estilo Cristiano Ronaldo Pureta con tías Cuore es que el sitio es lo suficientemente sórdido para pasártelo en grande. Entramos, el local es más grande de lo que pensaba. Volvemos a salir, intento llamar a más dealers. No hay suerte, andarán todos dormidos o en la cárcel. No pasa nada. Es momento restos. Forzar el plástico verde con la tarjeta para hallar algo de felicidad polvorienta. El set que nos espera en el garito es de puro acid. Acid style del bueno. Quedan pocos supervivientes del grupo, y tengo la visión borrosa pero llena de afecto por aquellos que me voy encontrando dando tumbos y contorsionándose con menos soltura que hace unas horas. 
Las horas de domingo que quedan por delante cumplen un lema que no recuerdo de que anuncio es: expect the unexpected. Y así fue. 

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