Realidad y ficción

- Me pone cachonda como escribes.

Al escucharlo, el cerebro de Cristian produjo una cantidad de endorfinas similar al número de rayas de coca que se mete Octave en 13'99€. Era la primera vez que quedaban en persona, frente a frente. Deseo contra deseo. Ambos presumieron que era la primera vez en mucho tiempo que su realidad superaba a la ficción. Asqueados de vivir entre fantasías y sueños volátiles, esa dosis de realidad inyectada con una afilada aguja que estaban a punto de meterse les erizaba la piel.
El pelo oscuro de Sophie reposaba elegantemente en sus hombros, un flequillo cruzaba su frente de forma grácil y perfecta. Sonreía después de haber reconocido lo que sentía cuando leía los textos de Cristian. La frase "me pone cachonda como escribes" retumbaba en la cabeza de Cristian. Sentía algo parecido a un orgasmo intelectual. Algo parecido al placer carnal.
Cristian cruzó las piernas, apoyando sus Converse grises en una de las patas de la mesa.
Sin poder ocultar una espléndida sonrisa, Cristian se interesó por su viaje.
-¿Has tenido un buen vuelo?.
-Sí, ¿has escrito algo para mi?
-No te preocupes, recibirás una crónica de esta noche que pasaremos juntos. Verás como a parte de lo que pase entre tu y yo haré que la fantasía y la realidad hagan el polvo de su vida. Pese a ser tortilleras, quiero que tengan hijos e hijas y que nos persigan para alterar nuestra vida y que jamás volvamos a saber distinguir entre la imaginación y lo terrenal.
La fina mano izquierda de Sophie recorrió los dos palmos de distancia que la separaban de la mano de Cristian. Se rozaron, se cogieron, él la agarró de la mano y se levantaron y la llevó a uno de los sofás. Dejaron los dos Martini en la otra mesa y pidieron dos más. Se encontraban en un bar de la zona alta de Barcelona. Se tenía una maravillosa vista de toda la ciudad. Se acercaba la puesta de sol. El cielo proyectaba una luz rojiza que penetraba en el interior del local y que teñía sus rostros. Parecían purificados, limpios, impolutos. Por primera vez él clavó sus ojos verdes en los oscuros y levemente rasgados de Sophie. Fueron apenas tres segundos, pero la eternidad pareció circular varias veces de uno a otro. Sophie humedeció sus labios, el carmín rojo apenas se corrió. Cristian acercó los suyos. El primer beso, tan deseado por ambos, se zanjó al cabo de unos diez minutos. Sus mentes se encontraban en blanco, desubicadas, intentando acomodarse a la nueva sensación de felicidad. Fortaleciendo sus lazos e indicando cual era el siguiente paso a dar. Cristian saboreó el carmín afrutado de Sophie. Paladeó como un buen vino y dejó que su saliva se acumulara en su boca y tragó. Y se volvieron a besar. Ésta vez con más intensidad, más fuerza. Se acercaban a la brutalidad, a la bestialidad. Poco les importaba estar en un bar de pijos, caro y lleno de millonarios con sus escandalosos coches aparcados fuera. Me pone cachonda como escribes. Nunca le habían soltado una frase tan afrodisíaca. Cristian introdujo una mano por debajo de la corta falda de Sophie, y pudo notar su conjunto de encaje. Fue una agradable sorpresa, un detalle que agradecía y que le excitaba todavía más.
La noche se presentó finalmente y el cielo cedió a la oscuridad. Sus lenguas se separaban solo para dar un trago de alcohol. Ya era el cuarto combinado. No sería el último. Habría más, acorde con los besos y con las noches de sexo desenfrenado que tendrían lugar en aquel espacio a caballo entre la fantasía y la jodida realidad.
Continuará.
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