Rave de sardanas en la Deep Catalonia. Kilocalorías, trash, y ermitas asesinas

Foto-09-04-12-13-27-48.jpg
Situado en lo alto de un peñasco poco ambicioso, llena de matojos y árboles de poca monta, contemplo una rave extraña. Son las dos del mediodía. El sol revienta cabezas. Y hay cientos de coches y ríos de gente festiva que deambulan, frankfurt y birra en mano, por todo el megaparking anárquico y por la esplanada de delante de una ermita. Hay niños, niñas, jóvenes con foulars de los campamentos. Pero la mayoría son gente mayor, pasada la cuarentena, de grandes panzas y estridentes sonrisas, que gritan y hablan, y alaban las dotes de cualquier camarera, incluso de una manca, de las tres barras disponibles, delante de la ermita (!!!). Una de las barras la ha montado el "equipo de fútbol sala" del pueblo vecino (¿?). Y en la que yo compro una birra, tras bajar y mezclarme con desasosiego por entre la multitud con pinta flatulenta, una vieja casi en coma me da unos tickets para el sorteo de un chubasquero de las fiestas. Me da como veinte números, una buena rifa, de las auténticas. Calculo de un vistazo cuantos rulos me salen con el papelito. Unos tres. Le agradezco el detalle y me retiro a la sombra para beber. Pillar la taja es lo que hace todo el mundo, porque no hay otra cosa que hacer. Nada, absolutamente nada. Los niños corren a pleno sol, y a los padres parece encantarles el ambiente. Charlan con otros padres. Y hay carritos con bebés. 
Lo único que se puede hacer a parte de beber y suicidarse, es bailar sardanas. De vez en cuando, sin previo aviso, delante de la ermita se montan grupos de unas veinte personas que bailan sardanas al ritmo de una estrambótica orquesta que toca live from the keyboards. Suenan como la cadena de un retrete. O como un marcapasos en una trituradora. Esta gente tiene talento para bailar, sin duda. Pese al alcohol y a la ropa más cutre que he visto en los últimos años de crisis -imaginaos-, los saltitos van perfectamente coordinados. Hay comunión. Quizá las sardanas en el campo son una previa al verano del '88,  al del Acid House y las drogas psicodélicas. Me entran náuseas.
Un profesor de fitness podría tener entre cuatro o cinco infartos seguidos al ver las interminables barrigas y culos de los sardanaravers. Los catalanes aquí presentes no tienen nada que envidiar a los alemanes. O al menos en este terreno. 
En el peñasco, único lugar en el que siento que el tufo a sudor y alcohol barato se desprenden de mi poluto flow, contemplo cómo crecen las generaciones futuras de los sardanaravers. Crecen preparados para lo peor, para defender el terreno a ultranza y no permitir que ninguna ley o juez o mierda parecida se atreva jamás a intervenir en sus orgías grasientas y bailongas. Y lo tengo documentado. A tope.
La descendencia de los sardanaravers
A muerte con la sardana ermitaña
Quizá lo mejor de todo, lo que realmente eleva mi humor a cotas insospechadas, son las tiendas. El mercadillo. La merca. El monopolio es de los gitanos. Podemos encontrar perritos de peluche que bailan y dan volteretas, los mismos que la Unión Europea prohibió hace algunos años. Una amplia selección de pulseras en las que, por un módico precio, puedes incorporar cosido tu nombre. O camisetas de AC/DC y de la Naranja mecánica. Peluches de Dragon Ball. Boinas. Pendientes. Relojes. Gafas de sol Ray-Ban más piratas que Kim Dotcom. Y, si se trata de comer bien, un "menú" que contiene únicamente "frankfurt y patatas fritas". 
En los alrededores, la rave la fiesta se expande sin mesura. Es La Bacanal, comida por todas partes. Se preparan paellas a fuego de leña para decenas de personas. Corre el cava del día y cerveza de marca gris. Hay decenas de kilocalorías bailando por todas partes, lamiendo cogotes y escotes de señoras infumables con talla 180. De esas tetas que permiten barrer el suelo, incluso con sujetador metálico.
Miento, hay otra diversión. TOCAR LA CAMPANA DE LA ERMITA. Lo pongo en mayúsculas porque no he destacado nada en mayúsculas durante todo el texto y, también, porque si no llamo la atención sobre este dato, las claves explicativas de este singular evento pueden perderse. Hay cola para darle a la campana. La cuerda es de plástico, de aquellas que puedes encontrar en las cadenas de váter de los shawarma. Se trata de darle hostias sin descanso. Y esto va mermando la paciencia de los no iniciados hasta cotas muy criminales. 
El otro detalle necesario para entender qué ocurre y por qué es que, otra vez mayúsculas, HAY UNA CENTRAL NUCLEAR MUY CERCA.
Abandono la zona a las cinco de la tarde, mareado, exhausto. Retumban risas enlatadas de gordos en mi cabeza, y me persiguen piernas llenas de estrías de 50 kilos. Desde entonces, ya salvo y sano en casa, con mi techno y mis libros, dedico toda la semana a meditar y a fumar opio. La pulsera con mi nombre se la he regalado a una groupie para su cumpleaños. "Tiene mucha historia", le he dicho mientras le firmaba el escote por cuarta vez en dos semanas.

http://feeds.feedburner.com/PuraVanidad-VanityDust
BlogVanity Dust