Quiero un Donut

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Alex apenas recordaba dónde estaban las aulas en las que daba clase. A veces tenía un vacío en la memoria y ni siquiera sabía que carrera estaba estudiando. Sí, claro, cada día iba al campus de su universidad, pero se limitaba a vagabundear por los jardines (algo decadentes) y a sentarse en el bar a beber cerveza desde las 10 de la mañana. De lunes a viernes. A veces se quedaba dormido en el césped, con la birra en la mano. Y se despertaba cuando notaba algo húmedo en la camiseta. Se le había derramado la birra por encima. Su madre encontraba un tanto extraño que regresara de la facultad apestando a alcohol. También encontraba raro que su hijo tuviera 28 años y siguiera estudiando la misma carrera que a los 18.

Hacía un día soleado, se acercaba el verano a pasos agigantados. El cielo estaba despejado, sin nubes, claro y azul. Alex yacía en el césped, como cada día que había sol, dormitando y e incorporándose de vez en cuando para mirar el trasero de alguna estudiante de empresariales.

Llevaba ya 3 cervezas ingeridas. Charlaba animadamente con uno de sus amigos, acerca de la Eurocopa. España llegaría a semifinales, pero Holanda la tumbaría. Alex sacó la gorra a cuadros de la mochila y se la puso para protegerse del sol. Siguieron charlando hasta que Alex tuvo una iluminación. Tenía hachís, tenía porros. Sacó la pitillera y puso en su mano la piedrecita, la quemó con el mechero e hizo unos churritos de chocolate. Deshizo el cigarro y cortó la punta para usarla como boquilla. Sacó un papel OCB Premium y con maña, lió su porrillo. Se lo fumó muy a gusto, mezclando el sabor amargo del porro con el de cebada de la cerveza. Compartió el porro con su amigo, pero éste se escabulló cuando se dio cuenta de que Alex empezaba a ir muy pasado.

Alex se encontró solo de nuevo; estaba acostumbrado a ello. No conocía a ninguna chica en la universidad, y tenía 4 amigos contados que más que nada se aprovechaban de él.
Se volvió a quedar dormido, cuando se levantó deberían ser las 14. Tenía hambre. Miró en su monedero y se dio cuenta de que no tenía nada de pasta, así que tendría que apañarselas de algún modo. Se lió otro porro. Se lo fumó. Deambuló por el campus dándo tumbos, en busca de algún milagro que le diera de comer. Y surgió, a lo lejos, un oasis en medio del desierto que terminaría con su desesperación: El camión de donación de sangre.
Alex había fumado, bebido, hasta comido algo de césped sin querer. Si su sangre se usara como donación real, la persona receptora se pudriría al instante. Su cuerpo se tornaría de color grisáceo, sus ojos se llenarían de lágrimas verdes y le nacerían manchas por todo el cuerpo. Vomitaría la bilis y toda la mierda acumulada durante días. Luego la palmaría, sin más.
Rellenó el formulario: ¿ha tomado drogas?No. ¿Fuma tabaco?No. ¿Bebe alcohol?No. ¿Relaciones sexuales el último mes?No. Bla Bla Bla.
Le inyectaron la jeringuilla y le sacaron una buena cantidad de sangre. Se mareó. Y ahí estaba el premio, el oasis en medio del desierto...el donut de recompensa por ser donante. Da igual si tienes la sangre más podrida que el vestido de Benedicto XVI. Le dieron un donut, y luego otro. Dos donuts gratis. Eso era una mañana redonda. Das mierda de sangre y te dan un par de donuts.

La economía del trueque te puede salvar una mañana

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