Aproximación holográfica al Rey Dave Eggers

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Dave Eggers lanza a hacer negocios en medio del desierto (o de la nada) a un cincuentón en horas bajas con el fracaso escrito en la frente y la esperanza tatuada en la espalda en forma de bulto con pretensiones de tumor

En mi propia biografía de Lady Grecia afirmaba que nací en Dubai, cosa que pese a no ser del todo cierta no me hubiese importado en absoluto. Y hace años me prometí que Dave Eggers era un escritor que quería leer. Dubai y Dave Eggers, aparentemente inconexos, se cruzaron en mis manos en forma de libro, una unión tan inverosímil como tentadora a la que respondí con devoción literaria. Termino justo ahora el libro Un holograma para el rey con una complacida sonrisa y la certeza de que, pese a ser un libro menor dentro de la trayectoria de Eggers, me molan las cosas que cuenta este daddy de la literatura hipster norteamericana.

¿Qué hay peor que una ciudad ostentosa, reprimida, millonaria y con un calor supremo?

 

Un holograma para el Rey * Vanity Dust

La respuesta es, una ciudad que aspira a serlo, pero que todavía no es nada. Una ciudad que quiere ser incluso más ostentosa, rica, artificial que Dubai, pero que apenas cuenta con una tienda negra para presentaciones de nuevos proveedores de servicios, dos yates, cuatro rascacielos en construcción y muchos contratos con grandes multinacionales por firmar. Hablamos de La Ciudad Económica del Rey Abdalá.

Dave Eggers * Vanity Dust

Tiene buena pinta, ¿eh?

Imaginemos a un cincuentón divorciado, con una hija adolescente, en plena quiebra, que viaja desesperadamente a esta grandilocuente ciudad inexistente a vender un sistema de hologramas que el mismo rey Adbalá debe aprobar personalmente y pagar por él millones de dólares que, entre otras cosas, solucionarán de un plumazo todas las deudas de este cincuentón en horas bajas. Sí, este es el punto de partida que Dave Eggers nos lanza en Un holograma para el Rey. Alan, el cincuentón hecho polvo, será el personaje de la novela que más ansiosamente necesita que esta ciudad siga adelante, aunque las dudas acerca de su viabilidad azoten por todos lados.

¿Qué nos atrapa de Alan, el protagonista cincuentón desesperado?

Alan siempre ha sido un tipo gris, cuya vida ha circulado a medio gas sin haber desembocado del todo en una enorme derrota. Hizo sus negocios, viajó, fue casi amado y tiene una hija a la que adora. Sin embargo, nunca nada ha acabado de ir del todo bien. Obviamente, a estas alturas de su vida, la certeza que se le presenta es que ese nunca se alargará hasta el fin de sus días. Como lector Eggers consigue despertarnos compasión por él, pese a sus ambiciones y errores cometidos en el pasado Alan nos llama a ser comprendido, y no ninguneado o despreciado. Eggers sabe que nos costará ser duros con un tipo que siempre ha sacado un 5 sin esforzarse demasiado pero que, a la hora de querer subir nota, siempre ha tenido la mala fortuna de no tener en el examen las preguntas que se sabía. Alan es esa clase media que en pleno siglo XXI navega sin rumbo, sin dinero y sin ganas. Y por eso su viaje al paraíso de las ilusiones es un terreno desértico ideal para que Eggers pueda desarrollar, sin excederse, los miedos, deseos, ambiciones y frustraciones de este pseudoicono loser generacional. No es un antihéroe ni tampoco un héroe. No es una mala persona, pero tampoco una buena persona. Se llama Alan y se aloja en el Hilton a una hora de La Ciudad Económica y todos sus problemas, presentes y pasados, viajan con él mientras se hace colega de su conductor llamado Yusef. Y también sus aspiraciones y delirios de grandeza le acompañan a todas partes. En resumidas cuentas, la subjetividad de Alan es tan autorreferencial (que no egoísta) como precaria y simple, lo que nos atrae como un imán mientras algunos acontecimientos van teniendo lugar a lo largo del libro. Eggers los distribuye con cuentagotas, no pretende plantarnos una novela de acción ni de grandes negocios. Pero tampoco se contenta con una novela psicológica, desarrollando hasta el nimio detalle la vida de Alan. Es una novela de la espera, y forzando podríamos encontrar nexos con Kafka, con ese planteamiento de la eterna espera de K. a que le dejen entrar en el castillo. Alan depende de la visita del rey, pero este nunca acaba de aparecer. Mientras tanto, intenta aparentar ser un pro delante de sus empleados, intenta verse triunfando, intenta escribir a su hija, intenta casi de todo para resolver desde ese no lugar y con ese no acontencer los problemas que le acompañan, muchos de ellos desde siempre.

 

Dave Eggers * Vanity Dust

Eggers nos guarda un par de ases en la manga, dos giros que, si bien parecen previsibles (Alan en una situación crítica que le enfrenta a su propia mediocridad y Alan VS. el amor), solventa con soltura y sin despeinarse, haciendo de este novela un buen despliegue, un notable desarrollo y un cuidado desenlace. Sin deslumbrar pero bien iluminado, sin aburrir pero sin atosigarnos. Quizás como el holograma que el rey debería estar dispuesto a comprar al contado. Quizás como la misma vida de Alan. Tendré que leer a más Eggers para saber si su prosa sigue las mismas pautas o también escribe poseído por otro tipo de espejismos.

Dave Eggers, Un holograma para el Rey, (Literatura Mondadori, 2013)

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