Por ti, lo dejo (casi) todo

Recojo, una a una, las colillas que hay tiradas por la habitación. Sin prisa, respirando hondo, las voy colocando en una bolsa de plástico en la que también hay vómito. Tarareo, como para mantenerme firme, el tema Sulk de Trust. 'He's leaving proofs of my fingertips', dice. El viento del amanecer sopla y se cuela por las ventanas que hemos tenido que abrir para sobrevivir. Algún día terminaré de limpiar la habitación. El estudio, el lugar dónde una era se gesta y la misma se cierra, de forma acrobática y apelando al más allá, vio también en su momento cómo me sacaba la carrera de economía y de periodismo. Y cómo mis novias y amantes gritaban y se dejaban hacer. El estudio vio mis primeras pajas con fotos sacadas de revistas del corazón (esas princesas en bikini, toma ya). Vio mis primeras borracheras, o más bien resacas. Vio que me quedaba bizco, ciego, y vio cómo mis mejores amigos se desgañitaban para hacerse entender.
Colillas. Bolsas. Bajos que vibran sesiones imposibles. El estudio hará lo que le pidan, pero inútiles son las peticiones de inmortalidad.
Y, ahora, cerrando la puerta corrediza de madera hasta la próxima vez, me recuerda, quiera o no, que el manual para petarlo tiene contraindicaciones. Eso significa que es un manual de los buenos. Nadie debería fiarse de aquel que vive toda una vida sin arriesgarse a los efectos secundarios. Eso sí, le deseo suerte al que haga todo lo contrario. Aquí ya nos tocó la lotería y nos dedicaremos a celebrarlo cada puto amanecer.
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