Por qué 'El jilguero' de Donna Tartt es un FAIL y decidí no pasar de la página 80 (y tiene 1143)

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Expectativas, siempre estamos ante lo mismo cuando nos acercamos a algo de lo que se nos ha hablado positivamente con anterioridad. De Donna Tartt sabía poco o nada cuando me compré su último libro, El jilguero, y ahora sé poco o nada de la autora y sé que tampoco quiero saber más, ni de su libro. Lo único que sabía es que a) su merca se vendía como churros, b) situaban El jilguero como un 'clásico dickensiano contemporáneo y c) Donna Tartt es amiga de Bret Easton Ellis. El primer punto nunca ha servido para determinar la calidad de una obra, lo sabemos. El segundo es suficiente para despertar el interés de una lectura, sin duda. El tercero, seré ingenuo, pensé que podría permitirme establecer sensibilidades literarias afines entre mi estimado autor de Menos que cero y Tartt, la mujer que tarda 11 años en escribir un nuevo libro. Me tomé con calma el despliegue del libro, intentando ver positivamente las amaneradas pretensiones con las que Tartt intentaba urdir un inicio de novela a lomos de un narrador-protagonista que nos traslada a sus vivencias de 'niño'. La voz del tipo perdía fuelle a marchas forzadas. El interés que me despertaba la narración de él cuando era pequeño caía tan rápido como bestia es la superbomba que peta el museo y que le costó la vida a su madre, gran suceso que da inicio a la novela. Para más inri, momentos antes de que pete el museo, el mozo queda fascinado por una niña silenciosa que va acompañada por un hombre mayor (¿padre, abuelo, profesor?), aunque nunca más sabré de ninguno de ellos, con o sin bomba, puesto que dejé la novela en la página 80, a unas 1050 del final. La cuestión es que, en medio de esta bomba que se carga al museo, a la madre y que lo complica todo, nuestro protagonista se verá marcado de por vida por un cuadro (El jilguero) y esa niña que nunca sabré de qué palo va. Estas son mis razones por haber abandonado el libro, como quien hace un bookcrossing freestyle en un museo:

1. ¿Realismo dickensiano? ¡Nein! Una sobredosis de realismo esforzado

El jilguero * Vanity Dust

Antes de trasladarnos a su infancia y al episodio del atentado en el museo, en las primeras páginas conoceremos el mal trago del protagonista. Theo Decker, ya adulto, huye de algo terrible que ha ocurrido en Nueva York y de lo que está escondiéndose enfermizamente en una habitación de hotel algo kitsch de la ciudad de Ámsterdam. La forma de describir su angustia es exasperante y, más allá de eso, gratuita. Presa del pánico, nuestro protagonista dormita y se 'atrinchera' en la habitación, sin tener apenas contacto con el exterior. Sin embargo, sin saber holandés ni haber estado nunca en Ámsterdam, reconoce la campanadas de las iglesias Westertoren y Krijtberg. Luego nos hablará de la ropa que traía desde Nueva York (no abrigaba suficiente). Luego se lanza a describir su estatus 'decadente', apuntando detalles con calzador del estilo 'demasiados cigarrillos' o 'vodka tibio del duty-free'. Sabremos que es un experto en arte por un manierismo en concreto: 'pasé una irrazonable cantidad de tiempo examinando un par de minúsculos óleos con un marco dorado que colgaban sobre el escritorio, uno de varios campesinos patinando sobre un estanque helado junto a una iglesia, y el otro, un velero zarandeado en un picado mar invernal; eran copias decorativas que no tenían nada de particular, aunque las inspeccioné como si guardaran una clave cifrada que me permitiera penetrar en el secreto corazón de los grandes maestros flamencos'.

Lejos de quedar poseídos por el arranque desesperado del relato de Theo Decker, nos encontramos con una especie de tío bastante quisquilloso (con sus cosas, el hotel, la gente) perdido en Ámsterdam y que pone todo el empeño en decirnos: 'Eh, de verdad, estoy en una situación jodida`. Solo le faltaría añadir algo del tipo '¿ves esta cicatriz?'

 

2. Theo Decker, el niño ultramemorioso (¿rollo el 'Jimmy Corrigan' de Chris Ware?)

Podría extenderme con una cantidad exorbitante de detalles hipertrofiados que nos comenta con naturalidad Theo Decker acerca del atentado que sufrió en el museo y que se llevó a su madre al más allá. Pero me basta con intentar imaginarme un chico, un preadolescente, que recién acaba de salir volando por los aires, perdido por las calles del centro de NY y con una memoria en ese momento tan lúcida para recordar cosas como:

«Había furgonetas aparcadas de los cuerpos de policía y de bomberos de la ciudad de Nueva York, con los limpiaparabrisas en marcha: las unidades K-9, el Batallón de Operaciones de Rescate, el equipo de Hazmat.»

Pero hay más, muchos más camiones de bomberos que todo ciudadano de 10 años conoce al dedillo: «Brigada 18, Lucha 44, Escalera 7 de Nueva York, Rescate Uno, Camión 4: el Orgullo del Centro.

 

3. Theo Decker, un narrador con salsa y mucha solera

El jilguero * Donna Tartt

¿Sabéis aquello de que estás hablando con alguien y va todo bien hasta que te das cuenta de que no estabas escuchando demasiado a esa persona y que es, en realidad, un coñazo? Cuidado con las descripciones y las metáforas que el Theo Decker decadente de la habitación de hotel en Ámsterdam nos recuerda de ese fatídico día del atentado en NY. Un fervor creativo (la negrita es mía):

«Me alegré tanto de estar fuera que es posible que gritara, aunque nadie me habría oído en medio de ese estruendo; podría haber gritado por encima de unos motores a reacción en la pista de La Guardia en plena tormenta. Era como si todos los coches patrulla, camiones de bomberos, ambulancias y vehículos de emergencia de cinco distritos aparte de Jersey aullaran al unísono en la Quinta Avenida, un sonido tan delirantemente alegre como los fuegos artificiales de Año Nuevo, Navidad y el Cuatro de Julio, todos en uno

Vaya pedazo de deep poet. Ese intento de exageración con el grito transmite la misma intensidad que un cactus de IKEA recién sacado de su cajita de plástico. Y esa analogía de sirenas posee un boost para nuestro imaginario casi en negativo. Con este par de fails descafeinados encontramos la caída en desgracia de Theo Decker como narrador al que seguir durante más de 1.000 páginas:

Theo Decker nos narra con detalles cinematográficos (nombres de unidades de bomberos, etc) un recuerdo totalmente confuso de su infancia.

Theo Decker intenta mostrarnos lo atolondrado que está en su habitación pero no logra salir de en un pantano de lugares comunes (aislamiento, mirar la prensa, fumar mucho, bla, bla).

Theo Decker (de adulto) nos cuenta cómo fuese ese día trágico (de niño) con recursos narrativos de niño de adulto, perdón, de adulto niño.


 

Conclusión aguafiestas: En el tótem de El jilguero se esconde, bajo la pretensión de una historia en la que el arte tiene un papel que busca ser noble y elevado (museos, cuadros, galeristas), y con la explícita voluntad de hacer un novelón contemporáneo (referencias actuales, narrativa 'realista', relaciones afectivas inestables, yo que sé), un wannabe que roza un Código Da Vinci en horario infantil (versión redux Museo de NY) meets Jonathan Franzen pero con low battery. Y todo patrocinado por el escritor productivo de Calvino que le concede a Tartt 11 añitos para que se lance a por otro combo que, Easton Ellis mediante, ojalá mantenga la explosión más allá de la primera centena de hojas.