Polvo en el vecindario / Paris Set Week I /

Dejo el aeropuerto Charles de Gaulle atrás y me adentro con el tren RER B hacia las banlieues de París. No para quedarme, claro, es un trámite pintoresco por el que hay que pasar para llegar a los Arrodinessments, los barrios parisinos. El viaje en tren transcurre con normalidad. Me acompañan algunos viajeros que no muestran entusiasmo. En una de las paradas entran dos chicas soberanamente gordas. Una de ellas, bajita, morena, con los brazos como dos salchichones de Chernovil, lleva un carrito de la compra tuneado. Encima de todo tiene una bolsa con un perro callejero sacando la cabeza de la bolsa. Trato de mirar hacia otro lado. Intento centrarme en los edificios viejos y destartalados que se ven desde la ventanilla. El tren se mueve, y no sé si es por los gastados raíles o por el sobrepeso de las chicas y el perro. El perro saca la lengua. Ante mi asombro, una de ellas abre la bolsa del perro y saca un abanico del trasero del animal y lo usa para quitarse el calor. Pero las manchas de sudor son imborrables. Ni con cuatro lavados es posible limpiar tamaño charco. A veces me pregunto por qué sigo siendo tan benévolo con el transporte público.
Llego a Gare de Nord, una de las estaciones más céntricas peligrosas de la ciudad. Por suerte, me topo con algunos militares que patrullan fusil en mano. Uno de los perros adiestrados se pone a ladrar hacia mí. Sí, tiene buen olfato, sabe que las drogas que llevo son de calidad. Alcanzo la siguiente linea de metro que me tiene que llevar a Montmatre, lugar en el que me hospedaré hasta principios de agosto. Estaré en el apartamento de Kinest Für.
En Gare du Nord, mientras atravieso los andenes con desdén, veo tres policías escoltando a un chico negro. Lleva manillas, está detenido. También me ha sorprendido, de viaje con el RER, ver a un niño pidiendo dinero. Debería tener unos 9 años. Iba sucio, desaliñado, y mantenía un tono gamberro con los pasajeros. Nunca los héroes urbanos del sistema habían estado tan presentes como ahora.
Me cuelo en el siguiente metro, sin prisa, sin ganas de pagar. Pasan unas paradas durante las cuales contemplo, al fin, que todo lo que me envuelve es lejano. La realidad que me rodea ya no gira a mi alrededor, yo solo formo un punto en la órbita imparable de la metrópolis francesa. Estar en un segundo plano me alegra, me relaja. Cierro los ojos, respiro hondo.
Kinest Für me espera tumbado en el sofá mirando un capítulo de The Wire. Hace seis meses que no nos vemos. Un fuerte apretón de manos. Una cerveza. Nos ponemos al día. Sí, yo ya acabo la carrera, el año siguiente. Sí, él está a punto de largarse de su trabajo e irse de vacaciones a Indonesia.
Le traigo los regalos, junto a un libro de Quim Monzó en catalán. Kinest Für sabe 7 idiomas, arreglar bicicletas borracho y fotocopiar los Ticket Restaurant para pagarse cenas de 400€ con tickets de 10€.
Salimos a comer a una pizzería cercana. Fumamos en la terraza, aunque él supuestamente había dejado de fumar. Pido una pizza Ai Funghi, buena, sabrosa, especialmente mezclada con el ambiente del barrio y la parejita pegajosa de la mesa contigua.
Al llegar a casa, dos botellas de vino encima, me siento en el sofá del comedor. Enciendo el Mac y me pongo a escribir. De fondo, una pareja folla. La chica grita con especial fuerza. Sus susurros entrecortados se mezclan con algún soplido masculino. "C'est trés bon", dice ella.
No hay nada como follar en francés.
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