Poemas nicotineros y masajes de la Edad Media

He salido de mi Quiropráctico mejor, con la espalda algo más recta que antes. Últimamente las noches son demasiado largas y mi columna vertebral, pese a estar entrenada a base de gelocatil infiltrado y masajes eléctricos, a veces se resiente. Lo que más me divierte del Quiroprático es que suena música chillout y puedes pedir, mientras esperas desnudo tumbado en la camilla, que una de las secretarias te haga un masaje. Suelo convencerlas, especialmente a la rubia que lee a Kent Follet, para que me haga un masaje genital. La verdad es que los masajes genitales en las peluquerías chinas son mejores, pero la rubia me habla de lo fascinante que era la vida en la Edad Media y ello me entretiene. Cada vez que nos vemos le pregunto si ha terminado el libro y me dice que no, que casi, y yo le digo que ánimo, que ya lo tiene, y que puede saltarse unas 200 páginas que no se perderá nada; tampoco he leído el libro ni lo leeré ni leeré a Kent Follet en esta vida.

Abandono el Quiropráctico y noto mi ligereza ósea y ello me empuja a hacer unos bailes regionales en el ascensor mientras escucho a Donacha Costello en el iPhone. Salgo del ascensor haciendo un moonwalk y saludo al portero decimonónico en cantonés. El plan de hoy no sé cual es. Pero la mañana a comenzado bien. El café colombiano recién molido en mi cafetera ha salido fino, y los dos gelocatiles esnifados me han dado un toque esquizo de lo más productivo. Pasé la noche tosiendo, y ello no me sorprende debido a mi relación amorosa con la nicotina. Sí, hablemos de la nicotina, mejor, hagamos un poema de la nicotina:

En mi bolsillo, aguardas mi tentación,
desde mi minoría de edad, clamas por entrar en mis pulmones
y quieres poseer mi sangre, y que me funda con el humo
del placer y de la muerte lenta y dolorosa.


Si la vida es una tragedia con intermedios publicitarios
tu nunca has necesitado anunciarte para que te quisiera
sencilla, directa, accesible, compatible con mi vida y mis voluntades
oh, nicotina, oh, cómo respetas a mis amantes, 
el alcohol, la coca, y tú, aguantas y sabes que cada día te necesito 
un poco más.

Este poema ha sido más intenso de lo que quería, me he emocionado. Si lo pienso bien, pocas cosas me han fallado tan poco como la nicotina. Quizá este blog, la nicotina y el techno son el eje vertebrador de mi supervivencia a corto y medio plazo. Y puede que me compre una gaita por año nuevo, y una falda escocesa, pero eso no tiene mucho que ver.

El otro día en el juzgado me preguntaban si era verdad lo que había hecho. Le dije al juez que sí, que todo era cierto, hasta el último detalle. Y le dije que me pusieran en la cárcel de una vez y que así quizá podría terminar mi novela, por fin.
El juez me dijo que no estaba en el banquillo por eso, sino porque un escritor suizo había plagiado uno de mis textos para hacer una película, y que me iban a indemnizar con 150.000€. Y entonces miré a mi manager Karl Straüss y estaba riéndose y enseñándome una tarjeta de un club de streaptease. Así que tengo todavía más dinero y no hay manera de ser juzgado por algo malo. Y ello me complace, en cierto modo. Pero puede que terminar mi novela sea una utopía parecida a la de Tomás Moro.

La inepta profesora que nos da una clase de filosofía barata dijo que estamos en la era del amor líquido de Bauman. Me pregunto cuando llegaremos a la época del amor dust, en la que el único amor que realmente nos acompaña es el que se esnifa y dura, pongamos, una noche, pero que el subidón es increíble, y dura 15 segundos, como una senda raya de polvo blanco. Y ya.

Acabemos con una frase lúdica y perapatética:

El sofá de siete plazas de mi comedor está siempre ocupado por 9 muñecas inchables. Y ello me desconcierta, no sé como se lo hacen para caber todas.

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