Playboy

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Salía a la calle y andaba por la misma acera descendiendo dos manzanas hasta llegar a la boca del metro. Como cada día, pasó por el quisoco de la esquina. Veía las revistas de salud mental y los libros sobre "cómo ser feliz ya" ofertados a 5.95€, de la editorial Planeta. Le importaba bien poco todo eso, quería comprar la nueva Playboy del mes de mayo. Una rubia de pote despampanante en bikini sonreía en la portada. No se fijó en el nombre de la chica; estaba absorto contemplando los pechos de la mujer, que parecían sobresalir de la foto y rozarle la cara. Una leve erección cuando estaba sentado en el vagón del metro en dirección a la oficina le hizo pensar que éste mes la revista prometía. Una abuela le miraba con desaprovación. En primer lugar no la había dejado sentar y en segundo lugar la revista porno la escandalizaba. De hecho, medio vagón se fijó en la revista que tenía entre manos, pero a él le daba absolutamente igual.

Cada mes, compraba la revista la primera semana. Era un acto reflejo, pasaba por delante del quisoco el día 1 y oteaba exactamente el lugar en el que solían colocarla. Sacaba un billete de 10€ y la compraba. Si tenía suerte por el mismo precio llevaba un DVD ofertado, que veía cada noche en un televisor con pantalla plana.

El mundo de Playoboy era el único contacto que tenía con las mujeres. Hacía tres años de la ruptura de su matrimonio y fatigado por el esfuerzo que le supuso la relación, decidió darse un respiro. Por suerte no tuvo ningún hijo, con lo que podía mantener un cómodo margen de libertad.

Pensó varias veces en subscribirse a la revista, pero tras meditarlo profundamente, concluyó que el ritual de adquirirla en el quiosco cada mes era un hábito saludable y que valía la pena mantener.

Guardaba la colección debidamente ordenada cronológicamente en una estantería blanca a la altura de la cintura. Desde el año 2001 al 2005. Inició la colección cuando un amigo suyo le insistió, poco después de su divorcio, que debía tener algo para alegrarse las solitarias noches que pasaba viendo series de clase B en la tele. Siguió el consejo de su amigo, hombre que le inspiraba confianza y que acostumbraba a darle consejos de gran valía. Y así fue; las noches se tornaron más cálidas y entretenidas, con menos tiempo para pensar y más tiempo para jugar.

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