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De vez en cuando, periódicamente, me planteo mi posición social y estrategias a seguir para dirigirme hacia el punto, la luz al final del túnel.
Si las cosas no me salen bien, es por falta de humildad. No es que sea un prepotente en la vida de real. De hecho, me considero casi buena persona.
Tengo que meterme en la cabeza que destacar no es siempre positivo. Para insistir en ello, en no subirme a mi mismo demasiado, tengo algunos trucos.
Uno: no soy demasiado guapo, ni excesivamente inteligente, ni tampoco escribo como Houellebecq. ¿Por qué darle más vueltas?. Es lo que hay. Y basta.
A pesar de ello y, por el otro lado, ¿voy a tener que dejar de jugar a los 23 años?. Ni de coña, en eso tampoco hay que caer. Es muy agradable correrte mientras escribes, no porque te estés tocando, sino debido al placer que te provoca deslizar los dedos sin esfuerzo por el teclado y ver como construyes algo que casi es inteligible.
Cuando me pongo unos pantalones de pitillo, también disfruto sabiendo que me marcan el culo y el paquete. Me gusta gastar dinero y ahorrarlo para bienes innecesarios en el futuro. ¿Preso de contradicciones?. Quizá, para salir de dudas, creo que voy a tomar una cerveza.

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