Paris Closing Set

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Hasta el gordo de la pintura se despidió de mi con emoción.
Retorno. Aeropuerto Charles de Gaulle Terminal 2. He llegado con el RER B. Siempre guarro, infalible. Compro otro libro en el aer, de Éric Faye, Nagasaki, en Folio Livre de Pôche. Y leo Jean-Marc Parisis, Les aimants. Siempre compro libros en francés cuando voy a París. Sencillos, cortos, una manera de rendir un leve tributo a una de las lenguas que me gusta hablar, recrear, inventar. No como el portugués. 
El sábado noche fue, digamos, correcto y tranquilo. Tras una cena en un camboyano chic y chip, regentado por franceses que le daban un toque occidental y de diseño a la típica comida barata de los ex Khmers rojos, aquellos que mataban a gente con gafas, especialmente profesores, por pertenecer a las élites intelectuales impregnadas del capitalismo occidental. Estuvo bien, pero nunca apetece hacer cola en los restaurantes. Así que pedimos vino rosado. Fui al baño. Es complicado encontrar droga en la capital. Se mueve en círculos más elevados que la gente corriente, más o menos al revés que en España. Pillé el metro en République y bajé en no-me-acuerdo. Allí me esperaban Kent y sus amigos. Birra en mano. Un bar cualquiera pero de moda entre los modernacos. Música mala, para variar. Algunas borrachas festivas y modernos -no hipsters- franceses ajenos a los problemas del mundo. Una pinta, otra. Un tour por el barrio. Vemos en directo cómo a un coche se le pincha la rueda, y sigue conduciendo hasta que se da cuenta. Y un negraco que roba una cartera. 
Es hora de cambiar de sitio. Plan: ir a bares de mierda en Montmartre, a buscar lo mejor de cada casa. Bajamos en Pigalle, y casi lloro, era mi parada, de la delirante estancia en la ciudad, en verano de 2010. Vamos a un bar en el que no había estado antes. La media de edad, contrariamente a donde venimos, es de 50 años. Pido un gintonic y me lo sirven sin limón. En una dosis de 2cl., un sistema habitual y rancio en la Francia post sesentayocho. Qué le vamos a hacer. Nos sentamos y me fijo en un calvo de unos sesenta años bailar torpemente una canción irreconocible, lejos de mi habitual consumo acústico. Entran unos irlandeses. Nuestros amigos cantan canciones nacionalistas en inglés. Y ellos comparten la coña, a la que yo no le veo la gracia. Antes de las dos, decidimos parar en seco la noche, Kent y yo queremos madrugar el domingo, aprovechar nuestro último día juntos. Kent es ahora un fucker, tras haber estudiado en Science-Po y en la London School of Economics, tiene un curro en una multinacional francesa, mano derecha del capo de 17.000 empleados. Ya lleva traje para ir a currar, cosa que veo admirable. Su novia, con la que se casa en breve, sacó una de las mejores notas en las oposiciones para ser juez. Respect. O como dice un amigo de Kent que mañana se va a Australia a vivir, “Respectamente”. La noche del viernes terminamos comiendo patatas fritas y bebiendo birra a las 5 de la mañana, con una chica del norte de Francia, muy alta y simpática, y los colegas de siempre, el tío linguísta y poco más.
El bar en el que estamos tiene  un teléfono de los rancios, de los que se descuelgan y tienen los números en esa extraña ruleta que hace que entre número y número tengas que esperar a que regrese a su sitio. Esto, en un bar hipster, es decoración, aquí funciona de verdad. Y eso me pone tierno. Saco unas fotos con el iPhone, y dos gordas bailan con el senil alcohólico. Vive Paris. 
De regreso en el metro, comentamos la jugada. Kent está sorprendido de que haya decidido retirarme tan pronto, sin haber quemado la noche. Verás, Kent, he salido tanto de fiesta en París que ya es hora de jugar en otra liga. Lo único que me preocupa es que no hemos ido al Silencio, el club creado por David Lynch en la ciudad. Una pena, next time, hay tiempo. Tampoco hemos ido a la tienda de Kitsuné, mi sello de referencia de los últimos tres años. 
Pero el domingo se presenta potente. Vamos a una banlieue tremenda, que parece sacada de una peli Nouevelle Vague, de las que trasladaron las cámaras a la periferia, cuarenta años atrás. Resulta que tenemos un mercadillo de puta madre, palabras mayores, abierto. Hay de todo, muebles de diseño ochentero, que bien podrían ser decorados de 2001, Odisea en el espacio. En serio. Todo vale mucha pasta. Ropa de segunda mano, casi nueva, de toda marca imaginable. Chanel, mierdas así, rollo 200 o 300 pavos por unos zapatos. Vestidos de rejilla metálica, muebles asiáticos, bustos griegos. Medallas, esvásticas, murales burgueses, mesas de teka, buf, whatever. Está lleno de random stuff muy fucker. Lo celebro. Yo me decanto por el top manta, más humilde, igual de efectivo. Encuentro unas gafas Persol ideales, atigresadas, grandes, de pasta, sutiles. Por la irrisoria cantidad de 40 pavos. Que quedan en 35. Cuando a llegue a BCN las graduaré al instante y me las pondré mientras insulto al vecino que toca el saxo cada puta mañana y noche, en el piso de #hiptheraval. 
La vida me sonríe últimamente, aunque sea mostrando unos sobreusados dientes amarillos. Gafas en el bolsillo, fumo de nuevo. Entonces nos vamos a comer en un restaurante petado de gente, muy cuidado, pero con ese toque caótico de los bistrots. Las lámparas de techo son negras, con mampara metálica, y las mesas pequeñas, densidad alta de clientes, lo habitual. Vale pasta, y pido una croque madame. Que viene a ser una tostada gigante con queso fundido encima y un huevo frito. Un poco de ensalada y patatas fritas. Tomamos café en la terraza protegida por unas telas de plástico. Los franceses fuman como cabrones, como si les fuera la vida en ello, de ahí una de mis simpatías hacia este país, engreído por una parte, pero no sin razón. Y vamos a por otro café en un sitio especialmente pensado para mi regocizo. Un lugar de dos plantas, dentro del mismo mercado, decorado con papel maché brillante, música en directo, fotos de gente famosa que nadie conoce. Espléndido. La entrada es para nomos, y dentro, es imposible encontrar sitio. Nos vamos a la barra, pedimos café. Y asistimos a un concierto en directo de un grupo singular. La tarima es tan estrecha que la saliva que sale propulsada del cantante, un tipo decadente de unos cincuenta años que no para de hacer private jokes, cae en la mesa de los comensales. Algo estupefactos, tratan de no darle importancia, es un precio menor a pagar para participar en este restaurante leyenda. Resulta que el tío sabe castellano, y canta “Cachito mío, cielo”. Me emociono. El gordo con cara de Sadam está en los teclados y luego, cómo no, un tipo más joven toca el acordeón. Una delicia de lo kitsh al extremo imperdible. Si David Lynch hubiera sido más listo, hubiera abierto un local así, sin duda. Mucho más acorde con el mundo paralelo de Twin Peaks. Me imagino perfectamente al enano bailando entre las mesas, y a Laura Palmer siendo magreada por el cantante. Agent Cooper tomando un café en la barra. 
Salimos del bar, nos dirigimos a casa. La tarde avanza. Al llegar, descargamos Black Mirror. Miramos seguidos el segundo y tercer capítulo. Mientras que el segundo no deja de ser una versión light de 1984 con ciertas variaciones tecnológicas, el tercero es digno de ver. No voy a contar nada, no es que me preocupe hacer espoiler, es que me da palo. Estando a punto de embarcar, en este día gris que me da la despedida, lunes muerto, apetece escuchar algo de temazos y leer estas novelitas francesas entrañables. Durante la noche, juego a Tintín y sigo a ratos con El lamento de las sirenas, la cosa se pone muy chunga para nuestro detective Larry. Qué le vamos a hacer, es lo que tienen estas novelas de género: respectamente.
Nos hemos levantado a las siete, algo inédito, necesario para que ellos puedan ir a trabajar bien desayunados y para que yo no pierda el vuelo. Zumo de naranja, café, Nutella. Cigarro en el balcón, observando un dúplex espléndido en el edificio de enfrente. Sus habitantes también se han levantado. Para ser rico tienes que madrugar durante la semana, la mayoría de las veces. Kent lleva traje y su novia chaqueta y pantalones de mujer ejecutiva. Algo demodées, pero suficientemente elegantes y sobrios de acuerdo con su recién estrenada posición social. 
Ya en el tren, RER B, solo Junior Boys me permite la lucidez para rememorar este fin de semana afrancesado. En concreto el tema Parallel Lines, que justamente descubrí cuando Kent vino a BCN en verano. Todo es tan circular, a veces, que ya ni te mareas. Kent vendrá para el Sónar, hasta entonces, cada uno construye su vida completamente obcecado en sus movidas. Y eso es lo que nos salva, toujours.  
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