Paris Arrival. On va faire la fête, peut être. Aeropuertos, trenes, recuerdos de un verano ocioso y on fire por allá 2010

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Este es el estado de la ciudad que me recibe.
Foto retocada con uno de los programas baratos del iPhone.

Me gustan los aviones, me gusta la frialdad de los aeropuertos. Los no-lugares más cotizados del mundo. Me gustan las tiendas de los aeropuertos, llenas de mierda que se vende en todas partes pero mucho más cara. Amo a los japoneses que compran esa mierda, quizá los únicos, a estas alturas.
Lo que odio son los pasajeros, la mayoría de ellos. Viajar a París en fin de semana aumenta las posibilidades de encontrarte con gilipollas. Y mi grupo predilecto, al que le dedico toda mi mala leche, son los adolescentes felices que van en grupo, emocionados y flipados, a la ciudad del amor. “Sí, sí, sí, nos vamos a París”, “¿Y si nos morimos en el avión?”, “¿Tu crees?”. Otra generación perdida después de la nuestra, qué pena. El embarque se realiza con facilidad. En el control de seguridad no encuentran nada sospechoso en mi equipaje, cosa que me congratula. En el autobús he escrito los últimos tweets y he leído El lamento de las sirenas, de un tal Michael Koryta. Ni puta idea. Movidas de novela negra que un día conseguí gratis gracias a un editor especializado en publicar este rollo. Es lo que tienen las novelas de este tipo. No aportan prácticamente nada, pero si están relativamente bien hechas, enganchan como unas tetas 90 de una rubia natural. Sueca a poder ser. En el avión veo un pivón. Analizo sus nalgas, pitillos arrapados negros. Pero me dedico a escuchar música. Temazos varios de mi lista de destacados de Spotify. Casi olvido mi Netbook en el mostrador del restaurante mierdoso de la T2. Es por culpa de ser un PC y no un Mac. Los valoras menos, y tu subconsciente te recuerda que deberías tener un iPad y dejarte de hostias. Pero fallar a Apple de vez en cuando tiene su gracia, es como creer de vez en cuando que el mundo puede mejorar, un detalle que todo ser humano debería tener. Justo al salir empalmado de un baño con espuma aromática, por ejemplo.
En el avión, un Airbus random, un cretino adolescente se sienta a mi lado. Lleva un iPod y juega a juegos estúpidos, y no apaga el cacharro hasta que una azafata negra de amplias caderas se lo pide con poca amabilidad. Leo más novela negra. Ed es un tío que ha muerto atropellado por la policía, y Larry es su colega arrepentido por haber perdido su amistad hace años, cuando le detuvo por drogas. Detective privado de profesión, Larry quiere descubrir la verdad del nuevo embrollo en el que se ha metido su colega. ¿Realmente causó un incendio en el que murió una mujer, una tal Anita? Este tipo de preguntas son las que circulan en la cabeza del investigador, y aunque me la sude la movida voy leyendo. Antes de meterme con Franzen o Calasso o cualquier movida random, descansar la mente con una novelita así me hace sentir un tipo entrañable, integrado, simpático. El viaje transcurre sin problemas, bajo los puntuales gritos y bromas de bajo voltaje del grupo de teens que se sienta cerca de mí. Hay uno de ellos que lleva unas gafas de Ray-Ban de barilla roja y montura negra (#wtf), con cara de puto amo-fail. Le partiría la cara si no tuviera nada mejor que hacer. Pero me ha dado por jugar al juego para iPhone de Tintín, trato de preguntarle a la azafata si sabe desbloquear un puzzle concreto. Cuando Milú tiene que saltar unas piedras antes de la mansión, ¿sabe? Me comenta que si quiero algo del Duty Free. No, gracias, perraca. Insultar a la gente que está a tu servicio es un acto tan deliberadamente hostil y poco útil como gratificante.
Aterrizamos. Las afueras de la capital de Crêpelandia están heladas. En el aeropuerto como una madalena y fumo tres cigarros. Para desempolvar mi francés, pido un café a dos amables gordas:
-Excusez-moi, mademoiselle, peux je avoir un café si'l vous plait?
-Bien sur.
-Dabuti gordaca.
Apoyo el café en la barandilla que da a la calle por donde pasan los buses de Air France. Y encinedo el segundo cigarro. El humo del tabaco se mezcla con la polución que huele a petróleo puro de los aviones. Es adictivo, en serio.
Tomo el RER B hacia el centro de París. Escucho más música, y camino tratando de golpear a la gente. El viajero hostil descarga mucha más adrenalina que el aséptico viajero empanado. Como los japoneses, por eso siempre les roban movidas, por ser demasiados buenos viajeros. El RER es una especie de cercanías guarro. Sigo leyendo y trato de liar un par de cigarros para luego. La novia de mi amigo, Élodie, me escribe. Me da la dirección de su casa y me indica cómo llegar allí. No tiene mucho secreto. Conozco bastante bien París, de ahí que pasara uno de los meses más ociosos de mi vida en la ciudad. Agosto de 2010, qué tiempos aquellos. Aquel verano todo lo petó bastante. No tenía gran cosa que hacer en la ciudad, salvo vivirla. Pasar las horas, pasear, sacar fotos, escribir, leer, comprar libros, mear en las esquinas. Salir de fiesta. Mirar el Sena. Tomar decenas de cafés. Comprar Leffe. Comprar vino. Ver a gente rara, perseguir a frígidas francesas. Ir al cine al aire libre. Escribir más todavía. Sentirme felizmente solo. Y liarla.
Siempre hecho de menos París, y regresar es, sinceramente, dirigirme de nuevo hacia una parte íntima de mí: la parte de una nariz judía, ropa de tonos cadavéricos y lecturas que en España tardarán varios meses más en llegar.
Bajo del RER en la estación central, Gare Du Nord. Hay mucha más gente que en verano, lógico, pero no deja de sorprenderme, un acto naïf que me lleva a pensar que la ciudad ya no me pertenece del mismo modo, que mi tiempo es mucho más limitado, y esto es otra cosa.
Tomo la línea 2. Bajo en Pigalle. Transbordo hacia la línea verde, la 12 creo, más lecturas. Me siento enfrente de una chica francesa mona, de tez amable. Sigo mis lecturas. Y, a parte, por mucho que hable de mi tendencia voyeur natural y mis acosos habituales, cuando Ella lea esto, que no es otra que, valga la redundancia, Ella, sabe que no se tiene que preocupar de gran cosa, que todo está bajo control, especialmente mi Tamagotchi.
Bajo en la estación correspodiente. La luz se va hacia otro lado del planeta, el día se acaba, pero de todos modos apuro mis RayBan. Le doy la dirección del piso a un quiosquero y me indica cómo llegar a casa de los amigos. Agradecido, le compro un ejemplar de Les Inrockuptibles, en cuya portada aparece Anonymous. Camino bajo el gélido viento, rodeado de gente atareada, mucho más que en Barcelona, hasta alcanzar mi meta. He quedado a eso de las 18, así que me sobra tiempo. Entro en el primer café que encuentro. Pido un chocolat chaud con mi recién francés on fire, me siento, respiro hondo. Abro el ordenador, decido escribir, y me preparo para lo mejor. Al rato, llego chez mes amis. Allá vamos.
Nutella, Inrockuptibles, tabaco, birra. Todo listo, o casi.
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