Palizas aleatorias y paseos sin rumbo

Cruzo plaza Catalunya resiguiendo con los pies las líneas del mármol, y tardo más de media hora en llegar a la otra punta. Un grupúsculo de japoneses me saca fotos, pero otro grupúsculo de tíos con pinta de la Europa del Este les roba las cámaras Canon. Luego les meten una paliza. El turismo se siente muy bien tratado en Barcelona. Alcanzo el otro lado de la plaza. Me siento en un banco con la madera húmeda por la reciente lluvia intempestiva. A mi lado un indigente digno come un bocadillo pringoso, es un bikini del McDonald's. Es curioso, los parásitos del sistema son los que más colaboran con él. Cruzo las piernas mientras un hedor a bacon con queso perfora mis orificios nasales. Saco el Manitou tobacco, papel de liar, filtros. En pocos segundos, un cigarro pende de mis labios. Reflexiono. Al ver que mis reflexiones son totalmente improductivas, comienzo a contar medias y minifaldas. Me aburro de nuevo y reflexiono otra vez. ¿Por qué David Foster Wallace me está decepcionando? Esta es la pregunta que dejé en Twitter, y la respuesta es porque es pretenciosamente fútil. Escribe sobre problemas triviales de un modo barroco y recargado, hiperadjetivado, conteniendo información supérflua que se justifica a sí misma por ser prescindible. De ello nace una supuesta complicidad con el lector, que debe gozar con el talento narrativo-descriptivo del escritor y la potencia con la que explica lo banal. En definitiva, terminaré Entrevistas breves con hombres repulsivos y luego pasaré a otra lectura con la esperanza de hallar más complicidad y delirio intelectual. Eso sí hay que decirlo, Foster Wallace se quitó la vida. En paz descanse.
Tras otra nueva reflexión, ésta vez centrada en el número de hojas que tiene un Bonsái en invierno, me levanto y le doy unos golpecitos en el cráneo al indigente digno. Vivir en la calle es toda una aventura. Según cuenta Palahniuk, hacerse el pobre Estados Unidos es un deporte de pijos. Pagan 3.500$ para hacer un Kerouac tour y cruzan el país de costa a costa haciendo autoestop y bebiendo whisky de mala calidad. La búsqueda de experiencias roquefort es y será un negocio. La clase ociosa merece conocer otros estilos de vida. Luego, experiencia superada, regresan a su apartamento en West Hollywood y cuentan el periplo a sus amigos que tienen un Cadillac del 2003.

Bajo por la calle Portal de l'Àngel, con las manos en el bolsillo. Me detengo en el escaparate de Zarra, y escupo en las tetas de la maniquí con boina y cara de chupar pollas con efecto. Veo una niña con un Tamagochi. Qué recuerdos. De pequeño, tenía un Tamagochi de Bandai. Siempre jugaba a tratar de matarlo lo más rápido posible. Los zurullos se acumulaban a su alrededor y enfermaba y yo se lo enseñaba a mis amigos. Ellos trataban de hacerle feliz y le daban arroz y jugaban con él. Pero yo quería que lo pasara mal y que los circuitos del Tamagochi trabajaran para lograr su autodestrucción. En esa época tuve una novia Emo que trataba de cortarse las venas con la cuchilla de afeitar de su padre, y tras tres intentos de suicidio comenzó a chupármela con los ojos maquillados y los labios con crema de Agata Ruiz de la Prada y con un sujetador negro con los pezones fuera. Así fue como me olvidé del Tamagochi.
Alcanzo, paseando y escupiendo en escaparates seleccionados, una nueva plaza, sin nombre aparente, y hay un chico argentino tocando la guitarra y cantando "Messi Messi, quiero ser como vos". Un grupúsculo de japoneses le saca fotos, pero aparece un grupúsculo de tipos del Este que les roba las cámaras y les mete una paliza. Lo cotidiano es la proeza mayor de nuestra especie. Refundar el capitalismo es una prioridad existencial para los cuidadores de zebras y para los productores de cerveza alsacianos. A esto hay que añadirle las palizas a los japoneses.

Y continúo paseando, resiguiendo líneas del suelo, contemplando palizas aleatorias, fumando, mirando al cielo, esperando algo, alguien, quién sabe. Entro en alguna tienda, escribo en las paredes, pienso en el desierto de lo real y en Slavoj Zizek, en lo libre que me siento y en lo encasilladas que viven algunas focas marinas de la periferia espacial. En según qué momentos, lo cotidiano supera lo cotidiano, y conforma una nueva cotidianeidad elevada al cubo, en una dimensión espacio-temporal abrupta y cargada de información cruzada y contradictoria entre sí.

Manos en los bolsillos, ajetreo a mi alrededor, previsibilidad consumista, paso a paso, hacia ninguna parte.

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