Pagar una multa con monedas de un céntimo

Pasé dos días en la comisaría. Me cayó una multa de 4.500€ por haber conducido sin manos, usando dos brazos metálicos made in Japan enganchados al techo. Los brazos también sabían pinchar vinilos, pero es un dato que carece de interés narrativo. Me retiraron el carnet, así que para seguir conduciendo tuve que ir a Francia y comprar un Peugeot 407 de 76.000€. Estos coches no me gustan, aunque son una prueba de mi contacto fiel y representativo con la clase media con hijos y trabajo fijo. La clase media está desapareciendo, así que es propicio fingir que uno pertenece a ella, y colaborar en dar la impresión de que son más de los que realmente son, para ayudar moralmente a mantener el orden social.
Al quedarme sin carnet y estrellar el Peugeot 407 de 76.000€ contra la Torre Eiffel, regresé a BCN y me compré una bici. Tenía una rueda, un monociclo. Nunca la usé. La regalé a un orfanato, creo. Me sentí mejor, o quizá un poco menos detestable.
La cuestión es que pagué la multa. Podría haber hecho un par de llamadas, amenazar a ciertas personas, destruir algunas otras, y la multa hubiera desaparecido del registro. Sin más. Pero quería pagarla, me hacía ilusión sentirme coercionado por el Estado. Si no recuerdo mal, fue la primera vez en mi vida. Ni la declaración de la renta, ni el tráfico de estupefacientes, el porno tropical. Nada. Mi primera multa, qué ilusión. Un jarro de realidad vulgar.
La pagué con monedas de un céntimo. Y el sargento sigue contando, dos meses después. Según mis informadores, lleva 2.346 monedas contadas. Y ya se ha descontado 8 céntimos. Sí, es bueno tensionar las aptitudes de nuestros protectores policiales. Algún día me lo agradecerá. Y su hijo estará orgulloso de él. Hasta será capaz de aprobar inglés en el colegio.
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