Once again Random Stuff # reflexiones fuera de hora sobre Houellebecq

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El sol me nutre mientras tecleo en el Macbook casi blanco (el sobreuso y la caída de ceniza tienen su precio en el deslucimiento). Y quizá sea momento de quitarme el jersey dandy de cuello alto. Pero ello implicaría sacarme el pitillo que cuelga de mis labios. Aunque deberé hacerlo de todos modos si quiero beber café. Mi máquina de café es como la de un bar, muele el café al segundo y a través de conductos electrónicos y cosas raras lo escupe con un dócil shhhh en la taza. Negro, sabroso, comedidamente dulce.
Tengo en mis manos la segunda temporada de Twin Peaks, esa serie old school de los 90 de nuestro querido Lynch. Este fin de semana será consumida ajetreadamente. Dicen que si en la segunda temporada no tomas whisky se te escapan algunas cosas, a no ser que compres un clon del cerebro de Lynch y te lo implantes en una clínica de Miami (mejor en la que está Walt Disney). Y en la tienda donde la he comprado había un tío que se ha gastado como 90€ con todas las temporadas de House. Y luego me animan a que tenga fe en la Humanidad. Con un capítulo de House basta. Luego te haces médico y compras un bastón y no hay más que hablar. 
Cumpliendo con el programa del título del post, esta era la parte Once again, que viene a ser el otra vez quiero contar algo normal pero se me va de las manos. Ahora toca la de Reflexiones fuera de hora sobre Houellebecq. Esta bonita parte surge de la respuesta tardía que contestará a una observación de un nuevo amigo con el que estuve compartiendo impresiones sobre mi biblioteca.
Mi amigo me preguntó:
-Dicen que Houellebecq tiende hacia la extrema derecha. Esto no mola. ¿Cómo lo ves?- En ese preciso momento estaba muy borracho, y lo poco que pude decir es: Vive la France.
Ahora, una semana después, puedo decir alguna que otra cosa más, con perdón por el retraso.
Alors on dance:
Los escritores que juegan en los extremos literarios son fácilmente politizables por críticos y lectores, especialmente detractores. Los extremos literarios, cómo acabo de mencionar, vienen a ser aquellos en los que no se encuentra un punto medio, equilibrado, entre el desarrollo de los hechos y una posible solución por parte de los protagonistas que caiga dentro del sistema (económico, estructura social, etc...). Apelan a un más allá. Por ejemplo, un caso típico de escritura que no alcanza los extremos puede ser, como clásico moderno, La hoguera de las vanidades. Las puerilidades y mentiras del broker protagonista, serán reubicadas dentro de sus límites legales, mediáticos y sociales. La posible denuncia del libro halla respuesta dentro del propio libro, y de lo que él desprende de manera evidente. 
El caso de Houellebecq es diferente. Su planteamiento no alcanza la comprensión dentro del propio libro. Sus planteamientos no tienen una solución. La desdicha de Occidente, la adicción desesperada a la belleza cuando a uno se le va la juventud, la sociedad de consumo saturada. No se pueden resolver estos temas de manera genérica. Las novelas de Houellebecq no acaban, no tienen solución. Por ello uno suele terminarlas con una sensación de vacío y con el ánimo de flotar en medio de la nada. Para poder resolverlas de algún modo (sin que ello sea precisamente la voluntad del escritor) uno debe apelar a los extremos políticos, a lo normativo, a lo que debería ser el mundo para que la situación houellebecquiana (en caso de reconocerla)  pudiera resolverse.
Y aquí veo el paso a lo politizable. Primero ante un rechazo de lo que Houellebecq plantea y, luego, ante una propuesta por parte del crítico de la necesidad de un mundo diferente. Esta propuesta puede alcanzar la radicalización del propio alegato del autor hasta la postura reaccionaria (viendo en Houellebecq una tendencia consciente hacia una crítica radicalmente de derechas). La postura reaccionaria es la que, precisamente, lo sitúa en la extrema derecha.
Me voy a una isla de vacaciones a hacer el cínico.
Houellebecq no siembra ni dicta con autoridad, lo hace desde la lucidez de aquel que contempla pero se sabe incapaz de poder actuar en cualquier situación para modificar lo existente (ni puede, ni quiere). Pero plantear un mundo apocalíptico no responde a ningún patrón político, siempre y cuando no se plantee una respuesta organizada y coherente de cara a promover el "otro mundo". Sí, afirmar que el mundo se hunde es ya una manera de rechazar lo existente, pero no entrar a definir el manual de instrucciones para resolver el enigma, es saber jugar bien las cartas de la modestia. Y no solo modestia, puedo aceptar que el autor sea considerado como cínico. Cargárselo todo. Las estructuras sociales, la política, los géneros, la ciencia. Plas Plas. Si un cínico es aquel que se levanta ante la miseria del mundo, la infructuosidad de toda acción moral, y es capaz de ubicarse ahí en medio y vivir con relativa dignidad, me parece razonable ubicar al autor francés en este punto. Otra cosa es que te caigan mal los cínicos o creas que son unos hijos de puta, cosa que es una opinión más igual de válida que cualquier otra.
Me temo, pues, que Houellebecq nunca ha pretendido situarse en ninguna parte del pensamiento político reconocible (derecha, extrema derecha, centro...). No. Su denuncia apela más bien a la propia condición del ser humano, su situación el mundo, su historia. Este no es su trabajo. Y jamás ha pretendido proponer otro mundo mejor- de izquierdas o de derechas-, ya que considera (o eso creo) que la especie humana no está capacitada para ello. Criticar el mundo desde el extremo literario no es politizarse hacia el extremo político. Decir que esto es una mierda no conlleva aferrarse a una tendencia política. Hay muchas caras en el rombo del fracaso de Occidente, y la pegatina de la cara de Houellebcq con el cigarro encendido no cabe solo en una de ellas.
Ampliemos el campo de batalla. Comamos partículas elemantales. Busquemos la posibilidad de una isla. Situémonos en la plataforma. Busquemos el territorio con una carta. Vayámonos a Lanzarote.
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