Berghain: 9 horas en el infierno paradisíaco del techno on fire

VDust-7-e1478839772236.jpg

Techno, Berlín y Berghain

El impacto del sello con forma de mano abierta en el antebrazo sacude mi sangre blanquecina. La tinta se expande por el brazo. Respiro hondo, miro al techo y, al fondo, la oscuridad se presenta dándome la espalda. Un segurata de dos metros me cachea y me recuerda que está prohibidísimo sacar la cámara. La memoria, por muy dañada que entre, es la única garante de lo que ocurre aquí dentro.  Si algo define este lugar es que nadie está por historias. Nada de fotos, ni de mamoneos, hay que dejar que los cuartos oscuros y las celdas metálicas funcionen a su ritmo imparable e imbatible. El techno manda y Berghain baila. Sin pausa, sin fin.

El sello me acredita honrosamente para poder estar, si se tercia, de viernes a lunes en el epicentro de la cultura techno más importante de la Historia; el infierno hecho música y el placer liberado y desbocado y sin tregua. Habitar en las catacumbas de la libertad más trash que uno pueda llegar a imaginar: esto es Berghain, Berlín. Sí, hablando en plata, el club abre durante 72 horas sin descanso . Ríete de discotecas alrededor del mundo, de raves en la montaña, de fiestas molonas en casa de amigos. Todo se vuelve un gran FAIL cuando comienzas a caminar por las angulosas salas de la central eléctrica reconvertida en el infierno, de decenas de metros de altura, con suelos de hormigón y columnas que se pierden machacadas por el humo y el sudor. La cúspide de la electrónica, un icono insuperable. Pero ya, entremos de una vez.

Son las 5 a.m del sábado, hora decente para entrar, después de una serena y paciente cola de hora y media. He fumado tres cigarros y el aire sabe a azufre. Desde el exterior del complejo se iluminan, difusos, los ventanales rectangulares de Panorama Bar, en la segunda planta. Es la sala de arriba, la del acid house y el deep techno, en la que todo es posible. Durante la espera en la cola, tíos vestidos con faldas de cuero y con gafas de aviador y sombrero de paja. Hacemos apuestas sobre los futuros rejected.

En Berlín, o en el mundo, existen dos tipos de personas. Las que entran en Berghain y las que son expulsadas al segundo, las que nunca podrán entrar, hagan lo que hagan. Está en los genes de cada uno el ser admitido en Berghain, el club con más estricta política de entrada. En cuestión de dos segundos, con un seco gesto y un dedo índice señalando la nada, te quedas en la calle. Porque en la puerta está Dios. El portero oficial, el que se ocupa del purgatorio; tiene la cara tatuada y una edad indefinida de más allá de cuarenta años. Es como tres armarios del siglo XVIII y posee una mirada capaz de revolver tus entrañas sin pestañear. Tiene un secuaz que interpreta su mirada, y ellos deciden si estás preparado para vivir dentro o mejor te vayas a cualquier otro club de segunda.

 

Todos los clubes son de segunda ante Berghain

Esto ha sido el paraíso de los rejected-comenta Dominik rebuscando su merca en su bolsillo del pantalón militar. Esperaremos un poco para ir al baño. Vayamos a la sala grande. Verás. Levanto la vista, estamos en una sala de paso, con unas escaleras metálicas que llevan directamente a la pista de technobaile. En la misma sala, a lo lejos, un seguido de bancos de cemento se pierden hacia una de las zonas oscuras cuyo acceso puede terminar en un rodeo de gayers en gallumbos dándolo todo. Gallumbos, tatuajes infinitos y cuero. Hay humo a mi alrededor, y sí, unas cervezas medio llenas indican que hay gente trabajando sus anos al final del laberinto. Pasemos de largo, mejor.l llegar arriba, el pecho es lo primero que vibra. Luego, las neuronas revientan y paso a procesar inconexamente los cientos de inputs random que recibo como balazos lanzados por un francotirador licenciado en blackouts. Los altavoces bordean y custodian cada ángulo del espacio. Caras largas, barbas de meses, bailes tribales, movimientos ácidos y camisetas chorreando. El techno que suena no deja respirar, es omnipresente y no me lo quitaré de encima a lo largo de semanas, quizá nunca. Y eso es una buena noticia. Es un techno pensado exclusivamente para este lugar, como que las novelas de Bret Easton Ellis no saben igual si no vives en Los Ángeles. La fiesta aquí se confunde con una penitencia catártica. Un estado superior de la concepción de la existencia.

Lo primero que hacemos Dominik y yo es hidratarnos con birras de medio litro. Las clenchas del hotel nos han sentado de maravilla, pero . Los altavoces petan tanto como Leghman Brothers. Hay tantos pivones como días tiene un año, y eso por metro cuadrado. Pero Dominik hace la pregunta clave.

—Mira estos treinta tíos cachas en gallumbos y cueros atados en el pecho. Ese de ahí es un Skin Gay. ¿Qué hacen durante el resto del día? —Supongo que siguen petándose el culo con fervor, sin descanso- y siento un profundo respeto por los huevos que tienen, nunca mejor dicho. Son unos osos cariñosos en modo psycho. Y, además, juegan en casa, ya que Berghain es, ante todo, un club gay. Me gustaría ver a los panolis hulais del Arena de Barcelona mezclándose con esta fauna, su recto no duraría ni dos minutos. PAM. Por suerte, la fiesta gayer viene a ser un 30% del total de la gente, colectivo con el que nuestra afinidad es más, digamos, natural.

Delante del baño hay unas sillas. Me siento y una chica negra me saluda desde el otro lado. Quiere fuego, se lo doy. Decido sentarme a su lado y se queda dormida en mi regazo. Tiene las pupilas blancas y tiene estertores. A otra cosa vamos. Entramos en Panorama Bar. Son las siete de la mañana. Una chica espera a nada ni nadie de pie, con falda y mirada perdida. Puede ser una dealer, o una chica que viene aquí cada fin de semana y se pasa veinte horas de pie sin hacer nada, ni bailar. Una adicta al infierno berlinés. No me sorprendería.

Un travolo baila enseñando media teta on fire. Y luego los alemanes más aguerridos se plantan delante del DJ con las mandíbulas rollo 11S. Las alemanas se contienen. Bailan, sonríen a medias. Rubias y morenas gozan de un techno con una elegancia que pocas españolas podrian siquiera paladear.

Momento baño

En el baño no hay separación entre tíos y tías. Lo consabido es que entrar mezclado no es para nada un problema de intimidad. Todo lo contrario, de esta manera se puede follar más y mejor, y las drogas no pasan por tantas manos.

Dominik prepara unas clenchas en su pantalla del iPhone4. Mi nariz reluce al barrer el polvo por esta mierda táctil tan multitask que ninguna app puede igualar este nuevo uso Berghain. El club no tiene ningún espejo. Otra decisión sabia, puesto que no debería ser legal mirarse al espejo cuando llevas 15 horas de fiesta. Grupos de cuatro personas salen del baño y entran otras tantas. De dos en dos, tres en tres. Este es el flow. Este es el rollo. Le prometo a Dominik que la próxima vez no entraremos solos.

Regresamos a la sala 1, pero la contemplamos desde las alturas, desde arriba de las escaleras que conectan con Panorama. Lo que veo me retuerce la mente, la potencia visual de los lásers rojos y el humo y los contoneos y los bajos de un indescifrable e inclemente techno me aceleran. Será la coca, será Berghain.

Al mirar el reloj, veo que son las diez de la mañana. Llevamos dos horas sin hablarnos, únicamente bailando Acid. Sin previo aviso las persianas que dan a la calle, las de los ventanales gigantes, se abren y explotan y entra la luz directa del exterior y esto me provoca cierto delirio que soluciono pidiendo la quinta birra y gritando y arañando una columna vertebral. Dos chicas me saludan. Muy afectuosamente.

Van de M y están on fire

Inglesas. Mañana siguen al Club der Visionäire al que, of course, nosotros también iremos. Hablamos de Berlín y una de ellas lleva un vestido de topos que parece que me buscan. Nos situamos en la parte de la barra con Dominik y una alemana morena con los labios pintados de rojo, muy delgada y seria y me está mirando como pidiendo que le diga -Hola morena con los labios pintados de rojo y muy delgada qué tal están tus Berzains esta noche.

Así que la saludo y le digo que soy de BCN y me presenta a su amiga española que va dobladísima y tiene una barriga algo chunga. Así que esta se la endosaremos a Dominik que tiene otro concepto de las mujeres, más generoso, digamos. -¿De qué váis? -Pienso que me está vacilando. Pero no, aquí es una pregunta habitual preguntar de qué va colocado cada uno.

Coca. -Nosotras de M. Y me apetecería mucho algo de coca.

Hablo con Dominik y gestionamos el trato. Lo prometido es deuda, ya nunca más iremos solos al baño de Berghain.

La alemana saca su mini embudo de plástico lleno de piedras de M y chupamos uno a uno apretujados en el baño. Luego Dominik saca su iPhone4 y hace lo propio con nuestra merca. La alemana esnifa a la perfección, con una rigidez y potencia admirable. La felicito. Y luego la patosa de la española hace lo que puede y luego se pone a mear mientras nosotros seguimos dentro. Me ha preguntado ya cuatro veces las mismas cosas. Es la coñazo del grupo pero Dominik parece encantado con ella. No hay churris feas sino drogas de menos.

El techno subsiste en Panorama, ya son las 12 de la mañana y nos hemos perdido todos. Doy una vuelta por las celdas que quedan detrás de Panorama y qué a gusto se queda uno viendo a dos tías pegarse el lote como si les fuera la vida. Nos encontramos los cuatro de nuevo. La tensión sexual con la morena alemana aumenta, y su mirada de psicópata social me fascina. Es seria, elegante, lo controla todo, todo el rato. Es headhunter. Caza talentos por el mundo para las mejores empresas.

A la una del mediodía salimos al jardín.

Techno Garden Berghain

Ahí, a esa buena hora para cambiar de aires, comienza otra fiesta en la que pincha Monika Kruse. Otra perla del techno oldschool. El impacto con el sol directo es criminal. Mis ojos no están preparados para tal paliza. Me dejo caer en el césped y respiro hondo y mi cabeza da vueltas y veo a la alemana secándome el sudor con un pañuelo de seda que ha sacado de su bolso. Dominik ha desaparecido de nuevo con la española. Momento de silencio entre la headhunter y yo. Llega Dominik con la bragueta bajada y una propuesta sensata.

—Vamos a intentar dormir unas tres horas para luego llegar bien al otro club del canal.

—De acuerdo— respondo incorporándome al mismo tiempo que Monika comienza su show.

Hemos estado 9 horas en Berghain seguidas. Entonces recuerdo que hemos pasado por el baño muchas más veces. De dos en dos y de tres en tres o algo así. Nos despedimos de nuestras amigas.

—Qué sea en Berghain donde nos volvamos a encontrar.

—Qué Berghain vaya con vosotros.

VanityDust, Mayo 2012.

• Mi regreso a Berghain, unos meses después... → crónica