Noche con mis editores, un encuentro con el indomable y salido Care y resulta que Eels y su escote tienen ganas de escuchar

—Joder, parezco una puta de lujo saliendo a estas horas con este vestido.
Son las 11 de la mañana y salimos de mi casa. Sin poner en duda lo que piensa Eels, aunque sorprendido por la franqueza y naturalidad de su comentario, ella sale por la puerta junto a su nuevo novio, y yo con ellos. Les he acompañado hasta la calle desde mi piso, y he saludado al portero, que creo que sigue desorientado a la hora de establecer un patrón que le permita predecir mi conducta, mis amistades y mis dealers. Lo que dice Eels de sí misma tiene bastante sentido, puesto que su escote es harina de otro berzal, y su vestido modo Cruella de Vil en fucsia despliega una portentosidad que su pelo teñido de rosa culmina acertadamente con el resultado: look nasty expensive young bitch; sus tetas parecen querer comerse el mundo, todo el rato, y a sus 22 años uno casi diría que le está saliendo bien. La he conocido hoy.
Despedir a los últimos invitados a las 11 de la mañana es prudencial y relajado, y ha sido una noche ciertamente plural. Se ha presentado un libro en Gràcia. He llegado tarde, pero quedaba Cerveza Moderna gratis y luego me he colado en el baño con R para hacer un tentempié nasal. Es la primera vez que me he drogado en una librería, tiene menos appeal de lo que parece. Luego he visto a mi editor y a mi editora, a quienes he rendido pleitesía y me han comentado que Lady Grecia va camino de ser traducido al catalán. Se ve que una editorial local se ha motivado con el libro, y quiere llamarle 'Senyoreta Grècia'. Quieren pagarnos con banderas esteladas y con libros del Noucentisme, incluso con algunas primeras ediciones de Eugeni d'Ors. El dinamismo del sector editorial, a pesar de la movida esta de la crisis y de la atrofiada mentalidad empresarial del sector, sigue pareciéndome fascinante. Pero que te ofrezcan una traducción de tu libro pagándote al estilo trueque indentitario me parece algo disfuncional. El problema reside en que cada uno da un valor determinado a las cosas, y claro, mis inquietudes no se encuentran especialmente cerca de las banderas ni de los retretes públicos. Cuando me hacen este tipo de ofertas o propuestas, o me comentan cosas como '¿Qué tal el sistema de aire acondicionado de tu piso?' Siempre, desde hace algunos meses, invoco algún set de Ben Klock. En mi mente el dj berlinés mete un vinilo detrás de otro sin cesar y a destajo, puliendo el techno darky y bestia que tanto me complace, y mientras tengo delante algún pagafantas hablándome de vete a saber qué movida. Senyoreta Grècia. Antes que las señoritas, me quedo con las putas de lujo.
Después de la presentación he tenido que sacar dinero. Me ha acompañado R. He sacado 100 pavos pero podrían haber sido menos. Ya sabemos que los seres humanos tenemos especial predilección por los números redondos, y los escotes ambiciosos. Le he dado algo de dinero a R, pasta que ha aprovechado para comprar comida y unos cartones para tapiar una ventana de su casa. Un tipo pragmático, cualquiera se hubiese puesto ciego a chupitos de güisqui. Lo jodido es que R se ha gastado toda la pasta en estas movidas y, olé su tocha, he tenido que pagarle toda la bebida hasta que nos hemos retirado. Caminamos hacia un bar que no existe en Foursquare. Mala señal.
Logo de Foursquare en japonés.
Es impresionante el appeal de R, casi tenemos que amordazar e intimidar a una creepy perroflauta que no paraba de interesarse por nuestros asuntos.
—¿En serio sois escritores?
—Nunca he entendido exactamente qué significa eso. ¿Tú, Vanity? —R me mira expectante y la chica se arregla un tornillo que tiene en una de sus rastas de perímetro delirante.
—Perdonad que pase del rollo —aclaro—, pero estoy mentalmente en el minuto 18 de un set de Ben Klock en Berghain, y es MUY importante que nadie de menos de metro cincuenta y con el pelo sin alisar me interrumpa. Así que, no, no somos escritores ni tenemos ni puta idea de qué coño quieres decir con eso.
R parece envalentonarse con mi respuesta, y pilla un cartón de los que le ha comprado a un homeless y lo levatana y grita:
—¡Escribir es de nenas! ¡Abajo los putos libros y esas mierdas! ¡Bienvenidos a la era de la viralidad con frases cortas y guays!
En respuesta a tamaño desafío verbal e ideológico, la perroflauta se mete dentro de una alcantarilla y no vuelve más. 
Vamos en tropel hacia ese garito desconocido. Entramos y está a petar. R y yo, con una cogorza distendida, nos sentamos en la barra. Nos traen unas tapas de pan con roquefort y también unas chuletas de cerdo. Y cerveza. Todo bien. 
Mi editor quiere ir al baño conmigo, y como siempre es un auténtico maestro en todo lo que hace —incluso en reventar cristales de las librerías que devuelven nuestro libro—, así que no tengo un no por respuesta y allá vamos con el rulo y las tarjetas y el onfireismo.
Cuando la cosa se pone algo más aburrida, R se retira a seguir construyendo una pequeña cabaña en el patio de su casa, y yo me escapo hacia el centro, y comienzo la ronda de mensajes y llamadas. Como siempre, responde Care, ese colega que siempre anda pillando cacho y mareando la perdiz por la zona indie de la ciudad.
Vente, que aquí estoy con una peña y a ver qué hacemos. Paso por casa y escucho una sesión del sello Crosstown Rebels y soy bastante feliz durante unos minutos y leo algo y salgo hacia Plaza del Rey. Me alucina que las calles y rutas de las ciudades tengan nombres tan genéricos como Rey o Diputación. Vamos, que tan pronto como hubo calles los burócratas se ocuparon de ponerles nombres con su deslumbrante creatividad. En vez de llamarle calle de la peña pro, zona para petarlo, espacio chill, paseo del ciego de mañaneo. Qué desperdicio. 
Salgo a la caza de mi colega Care y de la supuesta gente que va con él. Efectivamente, está con gente. Varios tíos random y luego dos chicas, una de ellas la ya mencionada Eels. La otra es un cruce entre emo de culto y gótica chic, con un resultado satisfactorio e incluso favorecedor. Se llama Fila, y pasa de mi cara pese a los esfuerzo de Care por venderme como un tipo interesante y con algo que contar. Nadie sabe cuál es el plan, ni a dónde hay que ir, así que acabamos en un bar de un primer piso de la plaza, caro y lleno de guiris imbéciles y prescindibles. Paseo arriba y abajo por el local, y no veo nada de sentido en el rollo del asunto. Ni se va a ligar ni se va con los colegas. La cosa nada en una mezcla entre buenrollismo-a-ver-si-pillo y colegas-de-charletas-uau. 
Care pierde los nervios con Fil. Resulta que la joven emo pasa de su cara y él no tolera este tipo de rechazos, con lo que intenta hacerse el gracioso y manosear el brazo y la cadera de Fil. Ella reacciona con cara de asco y decepción. Y de golpe Care parece mucho mayor que ella. La cuestión en este tipo de situaciones es dejar que pase el tiempo, centrarse únicamente en estar y abandonar cualquier expectativa vinculada a cualquier cosa. Ahora hablas aquí, ahora vas al baño a por más, luego acaricias nalgas de suecas algo perdidas y, sobre todo, no ofreces resistencia al paso del tiempo: que haga lo que le dé la gana.
Ya en la calle, a eso de las seis, hora en la que nos han echado del garito, propongo ir a mi casa Barceloneta Central Sctutinizer. No es una opción que me tome demasiado en serio, pero ahí la suelto y parece caer en gracia. Eels parece especialmente motivada, aunque sigue perdonándome relativamente la vida. Con Fil podríamos decir que ya hemos superado el punto cordial y nos adentramos en el pantanoso terreno del esto-puede-salir-de-cualquier-manera-dios-qué-palo. 
Caminamos hacia Barceloneta Central Scrutinizer (BCS) a buen ritmo y por un momento me da como la impresión de que en realidad hubiese algo que hacer ahí. Los chicos se muestran atentos y me tratan con respeto, nos llevamos esos típicos cuatro años de diferencia que me hacen parecer un puerta demacrado y a ellos unos pajilleros recién salidos al mercado emocional. 
De golpe, a medida que avanzo delante del grupo y me giro y contemplo el panorama, me siento cómodo y de buenas. Hacía tiempo que no me juntaba de manera aleatoria con mayoría de gente joven, y notar que peregrinamos a BCS en comitiva y en son de party flow es casi entrañable.
El otro chico joven se llama Vik, y luego viene un colega de Care que se llama And. Así que somos cuatro tíos y dos tías, un resultado poco relevante vista la poca competitividad que se respira en el colectivo. Solo Care continúa obsesionado con la emo chic, cosa que a mí me divierte y me pone las cosas más fáciles. Con Care hemos hechos tantos numeritos y papeles con las chicas que ya no tengo ni idea de qué hacemos cada vez que volvemos a actuar. Pero Care me está poniendo el terreno muy liso, exponiendo deliberadamente su falta de empatía emocional y dejándome a mí en la retaguardia como un tipo que es casi justamente lo contrario. 
Pongo sesiones suaves y dejo los altavoces bajos, no se trata de alarmar a mi querido compañero El Traductor, que creo que duerme o bien está en fase taoísta. El Traductor es una figura de autoridad en mi vida, un mástil moral y ético que respeto y escucho. Solemos tener poco tiempo para pasar juntos en casa de charlas o petándolo con la Play3, pero siempre hay una especie de fluidez muy Tao Te Ching en versión brisa marina Barceloneta. Así que intentamos no liarla demasiado, pero es inevitable cierto alboroto. 
Saco libros y ponemos techno y, claro, en el 95% de los casos la peña que tiene entre 21 y 23 años está bastante out de absolutamente todo, con lo que comienzo a acelerarme con referencias y curiosidades y detalles y me monto un par de monólogos acerca de mis dos temas favoritos. La gente escucha y Care a metiendo mano a Fil, que se deja jugando a un nivel de sorprendente frivolidad. Su falda es negra y la tiene prácticamente subida, un panorama esperanzador. 
Llega el novio de Eels, y su escote ya es el amo y señor de BCS. Care y su colega se retiran, dando la batalla por perdida. Me quedo, pues, con la juventud y el novio de Eels, que resulta ser más feo y pureta que yo. Mola tener extraños en casa, gente con ganas de amorrarse a las portadas de tus libros y con la que un rulo significa sigamos que esto se pone chachi. Eels flipa con un libro de poesía ilustrado que le saco. Imagino que no ha tenido en las manos un libro de tapa dura en meses. Es emocionante, la verdad, sin llegar al rollo de sentirme útil con los desfavorecidos. El escote de Eels y su curiosidad no requieren ese tipo de inputs. Por sorpresa, se retiran Vik y Emo Chic, así que nos quedamos el triple Eels, novio viejo y yo.
Ultimamos las últimas clenchas, ha sido vigorizante ver cómo los jóvenes traían su gramito de coca, es un signo de independencia esencial en el desarrollo de toda cultura politoxicómana de noche. Además, se han empeñado en darme varias, gentil gesto que no he rehusado.
Ya en plena charla a tres bandas, dándole al puto sentido del percal que nos rodea, llega la hora del despliegue final. Entre el novio pureta y yo lanzamos algunos temazos al aire, de entre los que destacan,  pongamos, Big Fun, de Inner City. Es brutal cómo va cambiando la cara de Eels a medida que saco conclusiones pilladas con pinzas sobre la publicidad actual —ella estudia publicidad—, y le comento la relación que hay entre leer, el techno, hacer las cosas bien e invertir a la contra en mercados emergentes. Sus pupilas se dilatan, quiere saber más cosas. Desconocía en mí esta faceta pedagógica onfireista. Parece que la moza está descubriendo asuntos interesantes, y asiente y su escote continúa también su propio discurso exhibicionista. 
Dan las 11 de la mañana y Eels recuerda que tiene que sacar al perro a pasear. Así que ambos se van a su casa y yo bajo con ellos para comprar más tabaco y ver la luz del sol. El portero, otra vez confuso y dormido, nos saluda con cara de desolación. Me fijo por primera vez en varias horas en la esbelta y decidida figura de Eels. A ver si resulta que esta chica es un diamante en bruto y todavía hará algún bien en el lado sexy-funny-flow de la vida. Al notar de manera más bien inconsciente mi repaso visual, comenta en voz alta la valoración de su aspecto, que ya sabemos.
—Joder, parezco una puta de lujo saliendo a estas horas y con este vestido.
El novio baja la mirada y yo les aguanto la puerta para que salgan a la calle primero. Nos despedimos. Eels, sonriente y festiva, me abraza y me da un beso en la mejilla. Posiblemente es la muestra de afecto más sentida, espontánea y honesta que he recibido en las últimas semanas, o meses. Le beso la mano y me despido acaricándole el cuello, en un discreto gesto que es, también, un adiós. Pásame las referencias del libro ese, me dice. Veámonos el próximo finde, susurra.
Al regresar al salón de mi casa, mientras pongo orden, veo que Eels se ha dejado, encima de la mesa, la tarjeta de crédito, emblanquecida. Por el bien de su juventud, su economía, su escote y mi avidez nasal, prometo hacer un uso responsable de ella.
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