No gain, no pain at Rex Club / Paris Set Week VI /

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Terminamos la sesión de fotos con mi bastón y las Ray-Ban y apuramos la botella de champagne. La noche se abre ante nosotros. El cielo se muestra despejado, oscuro, absorbente, y nuestra naturaleza embriagada sintoniza con la noche gélida de la ciudad. Enfundo mis pitillos Diesel y Ballarine su chaqueta negra y su pañuelo atigresado.
Tomamos el metro, y la policía nos espera en la entrada y nos pilla con nuestras cervezas Leffe abiertas. Trago a trago, gentilmente, en un acto de respeto por la autoridad local, apuramos la cerveza hasta la última gota y la tiramos educadamente en la papelera. Luego sacamos la siguiente cerveza y la bebemos dentro del vagón. Todo va en buena dirección, una fiesta que confabula con nosotros para dar lo mejor de sí. El humor suele ser contagioso, y el vagón se rinde ante las peripecias de Ballarine, con su maquillaje Audrey Hepburn y pelo rizado bañado en espuma.
Me duele ligeramente el pie izquierdo, por culpa de mi salto mortal delante de la Tour Eiffel. Una mala caída que podría haber terminado peor. Pero ya se sabe, mis 15 minutos de fama diaria (no me basta con tener 15 min para toda una vida, lo siento Warhol) suelen tener un precio, a veces alto. Ya se sabe que la American Express puede ser útil en estos casos.
Renqueando y con varios transbordos y cambios de estación a las espaldas, bajamos en Bonne Nouvelle. Rex Paris se planta ante nosotros. Con su ancianidad y su leyenda, el abordaje está al dente.
Entramos pasando la cola. Saludo a los porteros en modo rapero. Ballarine se pone el pañuelo como un velo occidental de los años cincuenta.
La sala nos propone un techno suave, pasado por el house, con Donnacha Costello a punto de aparecer en los plantos. No está lleno, tampoco vacío, el típico día de baja intensidad en París durante agosto. Delicioso. Pedimos un chupito de vodka y brindamos en ruso.
Ballarine se postra ante la pista baile con su toque Michael Jackson, y yo la acompaño contorsionando mi cadera a cámara lenta. Algunas personas se interesan por nuestro savoir faire. Un tipo que tiene una botella de Jack Daniels en su mesa y lo mezcla con Coca-Cola. Nos invita y se presenta. Lleva un jersey gris Fred Perry.
-Me llamo Clemençau y soy superdotado y rico. Estoy a punto de conseguir descifrar el número algebraico que predice la bolsa.
-Fantástico, ¿entonces podré comprar maíz y explotar la venta de agua privatizada?
-Bueno, yo soy comunista y quiero destruir el sistema.
-Destrucción, ¿eh? En este caso también me interesa.
Luego nos invita a ir a su casa a ver la salida del sol comiendo croissants.
Acto seguido un hombre de mediana edad nos graba con su móvil:
-Soy cocinero y os invito mañana a un aperitivo (Apéro) en mi casa.
-Lo celebro, ya veremos, cocinero senil.
La música se acelera y nos sentimos cómodos con nuestro entorno aletargado y poco enérgico. Es algo habitual en París. Destacas, sin más.
Vamos a la sala de fumadores.
-Hola, yo vivo en Marruecos y tengo muchos hoteles. Os invito a mis oasis.
-Fetén, compañero.
Bailamos y bailamos y bailamos y pasan las horas. El equipo de sonido se rinde ante la delicadeza hip-hop de Ballarine. Sus movimientos de pies y Converse desafían la propia solidez del suelo.
Ya en la salida, exhaustos, Ballarine me invita a una Crêpe Nutella. Una vez más, París supera mis expectativas, ya de por sí bastante altas.
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