Nietszche, Buda, beatniks, opio y la superación de la identidad corporal

Hoy hace justamente una semana que salí de BCN con una furgoneta VW de 125CV del año 2004 color metalizado hacia tierras tarragonesas. Al volante estaba mi viejo amigo Vallend. Cruzamos las rondas excediendo el límite de velocidad y compartiendo cervezas y porros. Teníamos prisa por llegar a nuestro meeting internacional. Dos chicas suecas esperaban nuestra llegada. Habíamos quedado en medio del monte, en la segunda residencia de la familia de Vallend. Evidentemente, los 2 pisos, la piscina cubierta y la sauna quedarían única y exclusivamente a nuestra disposición hasta el domingo.

El encuentro distaba del mero contacto sexual, que se daba por hecho desde el momento de la preparación del viaje. Tanto H como T llevaban viviendo en España desde los 18. Ahora tenían 24 y 26, y una trayectoria vital y creativa a la altura de la hiperactividad beat. En nuestro haber, a parte de sendas cajas de condones, había libros y libretas, portátiles y mi mesa de mezclas, todo ello dispuesto para ser usado hasta la extenuación material.
Traíamos algunas ideas vagas acerca de proyectos experimentales que queríamos poner en práctica. Contemplar las estrellas con ácido circulando a toda velocidad por nuestro sistema nervioso, aprovechar el súbito crecimiento exponencial de la sensibilidad para otorgar aleatoriamente a cada destello blanco una palabra y relacionarlas entre sí para escribir relatos entrecruzados que perderían todo sentido a la mañana siguiente. Potenciar la des-realidad y adentrarse en lo imaginario para copular e impregnar el cuerpo con letras que lameríamos por puro placer, conceptualizando y pervirtiendo el lenguaje corporal con el intangible poder de la palabra. Otra fructífera idea era pinchar discos y mezclarlos durante penetraciones indefinidas, uniendo el ritmo musical y sexual condecorado con leves dosis de coca en prepucios y clítoris, succionados a discreción.
Llegamos colocados, y fuimos recibidos con unos fideos con verduras al wok y dos botellas de vino. H y T se desnudaron ante nosotros mientras comíamos, se besaron y se tocaron. Su cabellera rubia y lisa se mezclaba por entre sus caricias. Sus pezones siguieron duros las 48h siguientes.
Improvisé una sesión con Live en mi Macbook, hasta que todo se convirtió en puro ruido y H gritó durante 10 minutos. Saltaba y se arañaba, sonriendo para si misma. Todos gozamos con su enérgica locura. 
Decidimos bañarnos en la piscina, climatizada a 28 grados. T se prestó a chuparnos la polla. Asombrosamente, era capaz de mantenerse varios minutos debajo del agua, tragando agua y semen con deleite y dedicación.
Hacia las tres de la mañana, nos relajamos fumando opio en el salón del piso superior, y hablamos de nuestros miedos más profundos a modo de catarsis.
El dolor forma parte de la existencia, y la ausencia del mismo no es la liberación. Rememoramos a Kerouac y su insistencia en aceptar el sufrimiento, como una vía para alcanzar a Buda. Ellas comprendían y nos acariciábamos y mordíamos. La pérdida es connatural a la vida. Constantemente perdemos personas, amores, dinero, luchas, trabajos, años de vida. Si nacemos sin nada y morimos dejándolo todo, la vida solo puede ser un camino intermedio entre la esencia y la desintegración. El paso terrenal conlleva poseer un ente que articula una realidad cognitiva y gestiona un orden ficticio. Quizá la única meta que merezca la pena es comprenderlo y desprenderse de la frustración inherente al deseo. Todos deseamos, forma parte de nuestra naturaleza en vida. No queríamos rechazar eso, sino comprender la futilidad de todo ello, y lanzarnos al vacío rompiendo el poder del ojo dictatorial de Dios y relevarle siguiendo los postulados de Nietszche.
En silencio, los cuatro nos sentamos en el césped del jardín trasero, de cara al Este, en posición de loto, para recibir al astro sol y fundirnos con su calor y claridad. La energía fluía entre el espacio y el tiempo y todos nos sentimos bien. Abrí los ojos y pude contemplar los rostros de Vallend, T y H esbozando simultáneamente una media sonrisa. Mi piel se erizó y un pájaro cruzó el horizonte. Sentí como poseía cada uno de los átomos que componen el Universo, desapareció mi concepción del yo y pude avistar el mundo a través de los ojos del pájaro, notar el viento atizando mis plumas y sentir el frescor del alba en los infinitos poros de mi nuevo ser.
Pensé en la canción de Mathew Jonson, Marionette.
Una lágrima se deslizó por mi mejilla izquierda, y comprendí la relatividad y polaridad de mi cerebro, y no supe distinguir entre blanco y negro, derecha e izquierda, frío y calor. 
Cerré los ojos y un destello me recordó que ya había estado en este planeta y que mis vidas anteriores y futuras concatenaban el hilo argumental del azar.
Nos abrazamos los cuatro. Nuestros corazones palpitaban al mismo tiempo.
El crepúsculo y la extinción de nuestra corporeidad desembocaron en una perfecta visión desde el cenit diáfano y puro de la suprema revelación.
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