Montar una estantería y desatar la ira zizekiana de El Filósofo: mi inigualable compañero de piso

—Van, ¿Por qué has montado la última estantería de Ikea que nos quedaba? Llevaba meses así desmontada en el comedor y me gustaba por dos motivos: amo el deconstruccionismo y le había encontrado un nuevo uso —solo dejo que me llamen Van dos tipos de personas: la gente de la que suelo aprovecharme sistemáticamente y las groupies que me mandan postales por San Valentín.
—Pues precisamente por eso la he montado. Si quieres deconstruir, comienza por tu nariz y métete un buen filete, que ya toca. Y, segundo y quizás más importante, es inquietante verte comer en la cocina, sentado en una silla del comedor, enfrente de tu ordenador que tiene seis meses pero parece el que usaba Platón, y con un audio peor que la trompeta de un ciego de 200 años. Y luego encontrarme la estantería, ahí suelta, apoyada en uno de los impolutos armarios, con una manchas de café y de comida sin animales muertos. Haz feliz a un chino, anda, y cómprate una maldita bandeja por 5 pavos.
—¡CHINO!¡Malditos chinos! ¡Traicionaron a Mao! ¡Destrozarán el mundo! AHHHHH, UUUHHH QUE ZIZEK ME PILLE PELÁNDOMELA!
—Creo que es hora de que vayas a hacer tus vueltecitas corriendo por el parque, en modo paseo heideggeriano pero en modo footing. Eres un renovador, de veras que lo eres. Pero la estantería es mía y ver la estantería en la cocina con todo lo random que ello implica es demasiado carveriano para mi gusto. ¿Una clencha antes de salir al trote?

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