Monegros

La rave se celebraría igual. A los 40.000 jóvenes drogadictos, alienados y fiesteros hasta la médula nadie, ni las severas amenazas de la policía, podía decirles lo que deben hacer y lo que no. Irían igual a bailar, a drogarse y bailar bajo el sol abrasador del desierto. 

El concurrido festival, nacido en los años 90 y celebrado durante 13 años seguidos, había sido prohibido por las autoridades por fuerza mayor. La fuerza mayor del capital. El nuevo macro-complejo turístico estaba ya en construcción. Un centenar de hoteles, 3 campos de golf y una veintena de casinos surgían en pleno centro del desierto, como un espejismo futurista; el nuevo Las Vegas de Europa. El cambio climático, la sequía, la escasez de agua poco tenían que decirle a los inversores del mundo entero que un proyecto de tal envergadura no podía llevarse a cabo. Los gobiernos cedieron ante la sustanciosa cantidad que sus cuentas percibirían gracias a los permisos y los impuestos del nuevo parque temático. Era bueno para la región; empleo, prosperidad y negocio, ¿quién con dos dedos de frente puede negarse a la suculenta propuesta?

Los inversores, de Dubai, EE.UU., Alemania, ni se inmutaban por las posibles represalias que distintos grupos ecologistas pudieran ocasionar. Y solo algunos, los que tenían hijos metidos en el mundo de la música electrónica y las drogas de diseño, oyeron hablar de cuatro colgados que se juntaban en verano para bailar.

Si el festival no lo organizaban oficialmente, lo celebrarían “extraoficialmente”, una rave Off-monegros, alterfestival.

Los menajes circulaban de móvil en móvil a la velocidad de los beats. “Rave en monegros, trae tu gente, tu coca, tu coche, tu equipo para pinchar y tus altavoces”, en realidad el sms decía “rave n l dsiert mnogrs, peña, coca, buga, djs y subwoofers”.

Centenares de coches, autobuses, caravanas y motos partieron de toda la península con un solo propósito, reventarlo todo. El sol, rojizo y ardiendo, presidía la llegada al desierto de una caravana que se perdía en el horizonte. Rugidos de motor y techno a todo volumen emanaban de todos y cada uno de los vehículos. Sus ocupantes, tíos con gorra, piercings, tatuajes y chicas en bikini y shorts, ansiaban meterse en medio de la ciudad casino para reventar, reventarlo todo. Algunas discográficas independientes, salones de tatuaje y tiendas especializadas aportaban algo de dinero y material para asegurar espectáculo. El equipaje de los ravers, contaba con un surtido de drogas y alcohol suficiente para morir intoxicado; Bates de béisbol, puños americanos , botas y demás utensilios completaban lo necesario para asegurar la diversión.

Una legión de policías en caballo, todoterrenos y helicópteros aguardaba, flanqueando y sobrevolando el parque, a los miles de ravers. Objetivo: detener y extorsionar al primero que intentase entrar en el complejo.

Por mucha seguridad que hubiera preparada, oponerse a 40.000 descerebrados drogados no es tarea sencilla.

Un alubión de piedras cayó encima del primer grupo de agentes que se interpusieron en el camino de los recién llegados. 4 heridos, cristales rotos y sirenas sonando fue el balance del primer roce. Una cola de coches tuneados a 150km/h atravesó la barrera de seguridad, desbordando, desorientando a los caballos y dejando a los polis de los todoterrenos pasmados. En medio del parque en construcción, 20 coches colocados en círculo encendieron sus equipos de sonido; sus ocupantes, gritando extasiados salieron a bailar y bambolear sus cuerpos. La fiesta había empezado. Detrás de los 20 coches, una procesión de autobuses se coló dentro del complejo. Los balazos de goma solo consiguieron romper algunos cristales. Cientos de ravers estaban en el ojo del huracán, inaugurando la rave más sonada del puto planeta. Una competición de deportivos tenía lugar en uno de los campos de golf. Un grupo de borrachos combaban los palos de cada hoyo. 4 chicas con mdma en sus venas daban vueltas en círculo con los cochecitos de golf hasta que cayeron dentro de uno de los estanques de agua. Una multitud golpeaba con bates de béisbol las puertas de cristal del hotel “Riviera Maya”. Entraron en búsqueda de las suites con jacuzzi para esnifar coca encima del mármol del baño y hacer orgías hasta que sus cuerpos cayeran exhaustos encima de las camas.

Una batalla campal tenía lugar en la plaza central; 40 policías disparaban pelotas de goma desde la torre Pisa; 300 ravers protegían a 4 técnicos de sonido que instalaban una decena de altavoces en la torre Eiffel. En el balcón del casino “Star Palace”, el Dj Meff Jills iniciaba su sesión de hard-techno aclamado por decenas de seguidores sudados y con las pupilas dilatadas. Las manos de Jills se movían con rapidez y destreza; un vinilo detrás de otro. El sol llegaba a su cenit. 5 ambulancias atendían a los policías heridos. Brazos rotos, derrames cerebrales, perforación de pulmones. Los ravers también caían, pero no es fácil dejar de bailar con 1 gramo de coca en sangre.

Los ravers unidos jamás serán vencidos. Llegó la tarde y con ello la puesta de sol. Algunas nubes surcaban el horizonte, el sol se deslizaba lentamente, dejando paso a la oscuridad. La confluencia de público no hacía más que crecer, los telediarios de toda Europa hablaban sin cesar de la locura, del combate libertad-control que se estaba llevando a cabo en el desierto. Algunos pájaros sobrevolaban la escena. Por encima, varios helicópteros filmaban y retransmitían el acontecimiento.

El gobierno provincial había presentado su dimisión en bloque.

No contentos con la iluminación de los focos de los helicópteros y los todoterrenos, un grupúsculo de ravers consiguió encender las luces de colores que se proyectaban en el cielo desde distintos puntos del parque. Una plantilla con el motivo del “Happy Face”, el emblema del movimiento del Acid House, alumbraba casinos y hoteles.

Varios incendios se expandían por el parque, los cócteles molotov disuasivos lanzados por los ravers se encargaban de asegurar la noche de fiesta.

Sin descanso, la fiesta se alargó hasta la mañana, el orgullo techno había triunfado, aplastando sin piedad las resistencias del cuerpo policial. Música, drogas, sexo y sangre. La rave en el desierto, el parque temático convertido en la mayor fiesta de la península, en la libertad sin concesiones. Una sola voz gritando al unísono que le jodan a los casinos, a los hoteles, a los campos de golf y al puto capital. La rave del desierto.

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