Mentir. A base de Tao Lin

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Es realmente jodido saber si alguien te está mintiendo. Nunca me he creído el "te conozco, me estás mintiendo". Es decir, eso solo funciona con la gente que no sabe mentir. A la gente que engaña con nivel nunca le dirán a) "te conozco" y menos b) "me estás mintiendo". Es obvio que tus novias mienten, las amantes, tus amigos que dicen haber dejado la coca y haberse pasado al crack, tu ordenador, los cienciólogos (aunque algo de razón tienen), el color de la tipografía en la que escribes, el orden alfabético de tu biblioteca de libros. Todo huele, apesta a mentira. Ante esta conjetura, posiblemente establecida por Adán cuando regresó de pelársela del bosque y le dijo a Eva que estaba dando un paseo, me la suda que la gente mienta. Mentir es, en realidad, algo natural. Es natural que las cosas vayan mal, o que uno se porte mal, y necesite o (mejor y más importante todavía) quiera mentir para tapar agujeros (metáfora muy útil en el campo sexual). Algo así dijo Maquiavelo cuando sentó las bases de la mentira política, y a los políticos por fin les comenzaron a ir bien las cosas (sin que yo me alegre especialmente por ello). Los DJs mienten cuando dicen que no se drogan y que sus groupies son "simpáticas". Los escritores mienten cuando dicen que no les importa ganar un Nobel (¿qué escritor que rechaza un Nobel diciendo "no es mi estilo" no desearía reventar la ceremonia borracho e idolatrando a escritores suicidas?).
Si mientes, por lo menos haz ¡shhhh!
Posiblemente ella me ha mentido en varias ocasiones. De hecho, es posible que ahora mismo lo esté haciendo. Pero no la culpo por ello. De hecho, no recuerdo demasiado su segundo nombre. No sé si es María o Tanga. Yo puede que le mintiera en alguna ocasión. O quizá no, pero si hubiera sido necesario, hecho estaría. Las mentiras allanan el camino del conflicto. Como mínimo, lo postergan, que ya es mucho. Es posible que ella me mintiera. Y ello me preocupa en cierto modo. Si me mintió es porque, sin pensarlo, la dejé mentir, porque ya no me importaba. Ella siempre me preguntaba ¿Es verdad lo que dices? Y yo fumaba y sonreía. Y ahí quedó todo. Lo otro fue verdad. Pero, en realidad, todo esto me viene porque estoy llegando a las flipantes últimas páginas de Richard Yates, de Tao Lin. Joder, por si alguien piensa que el libro se pasa de trivial, que lea sobre la página 190, y no vomite, de verdad.
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